Publicado el viernes 20 de julio de 2007 a las 7:53

Una presentación informal, caballeros

Durante la primera mitad de mi adolescencia tuve más o menos claro que era un verdadero conservador, convicción que, por un lado, me facilitaba las cosas, pues no me veía forzado a plantearme las difíciles preguntas que he debido abordar más tarde, y por otro, me situaba en una posición muy delicada, dado que si ser un conservador en España resulta complicado, sostener esa ideología en la edad de los granos y las poluciones nocturnas se vuelve doblemente difícil. Y el cielo sabe que bastantes arqueros me tenían por diana de sus disparos sin necesidad de darles razones demasiado abstractas. Ya sabéis, la caza es un deporte mucho más extendido de lo que todos nos sentimos motivados a reconocer.

Con el transcurso de los años, sin embargo, las cosas se complicaron un poco dentro de mi cabeza, aunque supongo que eso se debía en parte al asunto que gira siempre como una peonza en la cabeza de los hombres: el sexo. Tampoco las dudas de fe le ayudan a uno a mantenerse firme en el navío de los conservadores, y la compañía que uno encuentra en dicho transporte, ancianos, pelmas y trogloditas, rara vez resulta seductora. Puede que, a fin de cuentas, el mito de que la fiesta se ubica en el lado de los ímprobos se hubiera inoculado en mi cerrada mollera.

Las «preguntas difíciles» a las que aludí en el primer párrafo tienen que ver con qué lo convierte a uno en un conservador (y si me permitís la pequeña indulgencia, pospondré para otra ocasión los conflictos semánticos y morales conservadurismo versus neoconservadurismo). ¿Basta con ser un antiabortista moderado para que la etiqueta conservadora te encaje como un traje confeccionado a la medida? De hecho, ¿se puede ser antiabortista y moderado? A fin de cuentas, si uno acepta que liquidar al embrión es exterminar a un ser humano, ¿no debe uno asumir una posición auténticamente comprometida para detener esa forma de asesinato consolidada por la comodidad?

Así que, mientras te preguntas si eres un verdadero conservador y te esfuerzas en hacer entender a tus semejantes que, bueno, a pesar de todo soy guay, ¿no?, declaras delante de las jetas de tus rojas compañeras de clase que eres liberal, y entonces te conviertes en un verdadero paria. Creo que nunca antes en mi vida había asistido a una reacción histérica tan refleja y, a pesar de mi negligente confesión e ingenuidad, previsible. Por aquella época yo estaba rodeado de comunistas y expertos en manipulación y propaganda, como demostró aquel apuesto muchacho de pelo negro y piel tostada que lamentó, ejercitándose en una teatralidad bastante pobre, dicho sea de paso, que todo el mundo temía al comunismo, oh, mamá, qué miedo. Fue un asunto de vida o muerte que me limitara a apretar el canto de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos y los finos músculos de la mano se tensaron como cuerdas de piano, en lugar a recurrir a algún sarcasmo para hacer entender al chaval que, de hecho, el comunismo es el Ogro, y que conviene temerlo con la misma voluntariedad con la que tememos a la enfermedad, a la muerte y, de acuerdo, a todos esos terribles capitalistas que han convertido el mundo en, digamos... un lugar un poco mejor y más libre.

Me figuro que, llegados a este punto, conviene informar de que soy homosexual. No es que lo considere un dato relevante --al menos, extramuros de mi círculo íntimo--, pero dado el contexto de este blog, pienso que advertirlo puede prevenir un par de malentendidos.

En fin, me doy por satisfecho con esta entrada a sabiendas de que no he conseguido mi objetivo. Pero, ¡ey!, es sólo un primer paso...

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