[Primera parte del post, aquí.]
–Finalmente todo quedó reducido a dos cartas –dijo ella–. Insistían en que, en lugar de llamar a la pizarra «tablón negro», la llamara «tablón de tiza». Todo se había reducido a las palabras «negro» y «tiza». No podía creer, y sigo sin podérmelo creer, que una persona sensata, cualquiera que sea el color de su piel, pueda poner objeciones a la designación de «tablón negro». Es un tablón y es negro. La palabra negro en sí no puede ser ofensiva. Yo he llamado así a ese objeto toda mi vida, así que no veo por qué han de obligarme ahora a modificar la manera de hablar mi propia lengua.
P.D. James, Intrigas y deseos.
El gran triunfo, y al mismo tiempo la principal ventaja con que cuentan los marxistas culturales y en general los izquierdistas en toda sus variantes fue persuadirnos de emplear las armas de su elección. Como escribí ayer, se infiltraron en la sociedad a través del sensible costado de la cultura, esa amalgama abstracta e impenetrable de ideas en la que casi cualquier cosa es posible, o por lo menos lo parece. Lo que quiero decir es que resulta muy difícil convencer a un ciudadano de que renuncie a las comodidades materiales a las que se ha habituado, y que son fruto del progreso capitalista, mientras que embaucarlo haciéndole creer que determinada idea artística es digna, incluso sublime, es una tarea muchísimo más sencilla. Después de todo, el arte es un concepto demasiado alejado de la vida cotidiana de la mayoría de las personas, y los supuestos artistas modernos están tan convencidos de que la porquería que producen tiene algún mérito, que uno apenas encuentra fuerzas suficientes para llevarles la contraria. Siempre pienso en un tipo al que conocí, pero cuyo trato perdí hace ya varios años, un muchacho larguirucho y desprovisto de energía vital que hablaba con una voz sorprendentemente grave y siempre parecía sumido en profundas meditaciones interiores. Pues bien, era un sibarita del Arte, una de esas personas con un sentido refinado y a un tiempo pedante de la belleza. El chico sostenía, para mi alborozo, que ni siquiera haría el esfuerzo de cruzar una calle para meterse en uno de esos museos modernos donde las escobas clavadas en un mazacote de materia fecal se considera arte. Si debo ser honesto, yo nunca he tenido ni la más remota idea de las disciplinas plásticas, así que me limito a reaccionar naturalmente a los estímulos que recibo; y mientras las abstracciones me producen tedio, incluso desconfianza, las pinturas antiguas me conmueven. Puede decirse que mi instinto es también mi premisa.
El problema reside en que mi conocido era considerado una especie de paria reaccionario en su facultad, y de vez en cuando se citaba a escondidas con una profesora para discutir lo que ambos consideraban verdaderamente Arte, Velázquez y etcétera. Los demás alumnos, decía mi colega, se correspondían con el tipo de esnob y falso excéntrico retratado en aquel episodio de Los Simpsons en el que Homer se convertía accidentalmente en escultor. Pero los demás alumnos, los esnobs, eran mayoría, y la verdad se había impuesto con tal determinación en la facultad, que todos los esfuerzos por abrir un debate intelectual estaban abocados al fracaso. Permitidme reproducir algunos párrafos extraídos de El periodismo canalla y otros artículos, de Tom Wolfe:
Frederick Hart murió a la edad de cincuenta años, el 13 de agosto de 1999, dos días después de que un equipo médico del hospital Johns Hopkins le diagnosticara un cáncer de pulmón. De esta forma repentina concluyó uno de los episodios más extraños de la historia del arte del siglo XX. Cuando contaba poco más de veinte años, Hart se propuso, consciente y deliberadamente, recuperar la suprema tradición de la escultura occidental, lo consiguió con asombrosa facilidad y acto seguido se volvió invisible, igual que el hombre invisible de Ralph Ellison, que era invisible «simplemente porque la gente no quería verme».
[...] Hart estaba tan abstraído en su «triunfo» que no sabía prácticamente nada del mundo del arte en los ochenta. De hecho, el mundo del arte existía sólo en Nueva York, y no era exactamente un «mundo», en la medida en que ese término involucra a un gran número de personas. En el único estudio sociológico sobre el tema, The Painted Word [presumo que se trata de La palabra pintada, del propio Tom Wolfe] el autor calculaba que el «mundo» del arte estaba compuesto por unas tres mil personas, entre galeristas, comerciantes,, coleccionistas, estudiosos, críticos y artistas. Incluso en los puntos más remotos del país, los críticos de arte estaban perfectamente satisfechos con su papel de sumisos propagadores del mensaje que recibía de Nueva York. Y el mensaje era que la escultura de la escuela renacentista, como la de Hart, no podía considerarse arte.
Las revistas especializadas abrieron los ojos de Hart hasta colmarlos de perplejidad. Las esculturas clásicas eran «imágenes en el aire». Utilizaban un truco artero, la --habilidad-- para engañar a la vista y sugerir al espectador que el bronce o la piedra se habían transformado en carne humana. En consecuencia, eran artificiales, falsas, ostentosas. En 1982, ningún artista ambicioso se habría atrevido a demostrar habilidad, suponiendo que la tuviera. Los grandes escultores de la época se aplicaban en grandes proyectos como dirigir a un grupo de payasos sindicados que alineaban piedras o ladrillos en el suelo, objetos que ellos, los artistas, jamás habían tocado (Carl Andre); o vertían hierro fundido en los bordes del suelo de una galería (Richard Serra); o sacaban tubos fluorescentes directamente de la caja de la ferretería y los disponían de una forma u otra (Dan Flavio); o soldaban vigas y trozos de metal (Anthony Caro) [y Homer Simpson, nota del blog]. Todo esto expresaba la verdadera naturaleza del material, su «gravedad» (nada de imágenes de piedra flotando en el aire), su «objetualidad».
Era la genialidad hecha escultura. Como dijo Tom Stoppard en su obra Artist Descending a Staircase: «La imaginación sin destreza nos ha dado el arte contemporáneo».
De acuerdo, si transcribo una sola palabra más es posible que los abogados de Ediciones B empiecen a ladrarme, morderme y sacudirme como a un trozo de carne correosa.
Saco a colación este tema porque ha llegado el momento de que extraigamos nuestros valores del maletín de las vergüenzas y pongamos al descubierto la evidencia. La habilidad, el talento y el arte son cosas diferentes, e incluso si no lo fueran, incluso si admitiésemos por un segundo que aun las peores procacidades producidas por chiflados holandeses son arte, eso no cambiaría nada. El arte es un instrumento de expresión humana tan falible y patético como cualquier otro. Y todo lo humano debe regirse por las mismas reglas a las que nos sometemos nosotros, los propios humanos. ¿De dónde diablos salió la idea, propagada como un virus maléfico que licua y pudre lentamente nuestras entrañas, de que el arte está más allá del bien y del mal, por encima de la moral, exento de juicios espirituales? ¿Debemos transigir frente a la teoría de que las peores fechorías están justificadas si sirven al supremo objetivo del Arte? La idea es demasiado estúpida para tomárnosla en serio, aunque ciertamente no faltan catetos dispuestos a apoyarla. Han sustituido los valores espirituales absolutos por los valores absolutos del arte, aunque ni siquiera ellos sepan muy bien a qué diablos se están refiriendo.
Pero de hecho esto es mucho suponer. Los excrementos de un drogadicto que tan sólo abandona su mugriento loft londinense para agenciarse una raya de coca no son arte. Un crucifijo metido en un frasco de orina no es arte. Es todo lo contrario: Degradación. Donde el arte sublima nuestra naturaleza imperfecta, la eleva graciosamente a niveles de los que sentimos orgullosos, donde el arte nos conmueve mediante flirteos de la realidad y la fantasía, la materia y el espíritu, la corrupción pseudo artística expone lo más pútrido que albergamos en nuestras entrañas, lo menos honorable y más enfermizo de nuestra humanidad, y trata de presentarlo como una insignificancia cotidiana, como si lo peor fuese irrelevante y lo mejor ni siquiera existiese.
Sin embargo, algún diabólico juego del destino ha conferido ventaja a los rojeras kulturales y, tal y como están las cosas, ellos deciden el peso de cada palabra, el valor de los significados. Incluso han determinado el significado del Arte y de expresiones tan jabonosas como las de «libertad de expresión», «libertad de elección», etc. Como decía, han sido ellos quienes han confeccionado y seleccionado las armas con las que luchamos, algunos de los principios sociales con los cuales nos interrelacionamos; desde este punto de vista, ¿qué posibilidades de éxito tenemos? Ninguna, si les seguimos el juego. Muchas, si rompemos la baraja y les arrojamos a la jeta los naipes marcados con los que nos han engañado durante tanto tiempo.
Me viene a la memoria la pregunta que un usuario de elmundo.es le realizaba a un crítico cinematográfico que había escrito una biografía del héroe español Nacho Vidal, un célebre actor porno que hace una temporada recorrió los platoes de buena parte de los programas de televisión españoles. La pregunta de marras, parafraseada, era la siguiente: «¿piensa usted que el cine porno será respetado algún día como lo merece?». El crítico de cine adoptó un hilarante tono beatífico y respondió que ojalá los españoles reconsiderásemos nuestra actitud con respecto al porno, como si la obscenidad fuera en realidad un bien cultural largamente oprimido por el rancio moralismo cristiano. Pues bien, ese mismo tipo es el responsable de ilustrarnos sobre la calidad de las películas, sobre el valor moral que poseen, sobre lo que merece la pena y lo que no. ¡Nada menos que un hombre convencido de que el porno debería empezar a ser respetado como una... sí, como una expresión artística!
------
El episodio del templo católico transformado por los políticos ibicencos en el museo de los horrores pornográficos constituye un ejemplo perfecto de la hipocresía tanto de los artistas como de los politicastros que los alientan. Y no se trata tan sólo, que sin duda también, de que estos iconoclastas de medio pelo jamás se atreverían a romper las verdaderas normas que nunca se han agraviado --la imaginería islámica, por ejemplo--, sino de que fabrican su falso arte partiendo de premisas falaces.
Hace unos momentos he echado un vistazo a un artículo bastante bobo y complaciente sobre un artista británico vestido de mesa camilla publicado hoy por elmundo.es. El virtuoso de marras, Lindsay Kemp, además de ponernos al corriente de que mantuvo una relación homosexual con el cantante David Bowie, nos explica lo siguiente:
Todos los artistas rompemos las normas, somos inconformistas, sobre todo porque esta sociedad es una mierda.
Habría sido magnífico que precisara a qué normas se refiere, aunque no tuvimos esa suerte. El inconformista se limitó a pronunciar una teoría que nunca antes ningún humano expresó: «la sociedad es una mierda y yo me revelo contra eso». Para ser honesto, debo decir que no entiendo muy bien por qué tiene en tan baja estima a la sociedad; pero quizá sería excesivo exigirle una mayor hondura de análisis. Son artistas, las frases hechas bastan para darse a entender. ¿Cómo casar ese convencionalismo con el instinto ácrata del que presumen? A eso que responda Pérez.
Hasta donde yo sé, los artistas se sienten impulsados a recluirse en ghettos sumamente elitistas, pedantes y esnobs, a elaborar sus propias micro sociedades dentro de las cuales vivir sin trabas demasiado convencionales. Quizás haya llegado el momento de que, tal y como hizo Hart, el malogrado escultor que mencionaba Wolfe, rompan las normas del propio falso arte en el que se hallan sumidos. Quizás haya llegado el momento de que empiecen a realizar trabajos que causen verdadera admiración, que hagan mella en nuestros corazones, y no esa sensación de pasmo y estafa que experimentamos al contemplar la Torre Eiffel envuelta en látex o alguna cosa parecida.
Volviendo a la exposición obscena ibicenca, me asaltan todo tipo de dudas sobre la honradez de los responsables de la misma. La propia concejal de cultura, Sandra Mayans, saltó a la palestra mediática hace un tiempo debido a unas oscuras acusaciones de uso de dinero negro en el PSOE de Eibissa. Por aquella época ostentaba el cargo de concejal de Fiestas. Y es que se trata de una mujer muy festiva, como se puede deducir de sus declaraciones sobre el sucio espectáculo que ampara. Afirma que llevaría a su hijo a contemplar el material expuesto en la galería: la sodomía zoológica, la humillación del Santo Padre Juan Pablo II, la profanación de la figura de Nuestro Señor Jesucristo. Quién sabe, puede que el crío reconociera a su madre retratada en alguno de los collages. Y no es que desee ofenderla, por supuesto: sé muy bien que ella lo considera «lo más natural del mundo».
Afirma también la Mayans, esa chica guapa, decente, virginal, confiable, el tipo de mujer fatal que se deja ver en no pocas novelas negras, que en las Iglesias («y más arriba», lo que quiera que eso signifique) se observan cosas peores que las exhibidas en el museíllo. Lamentablemente la muchacha sigue la estela de Kemps, el ex amante de Bowie, y no entra en detalles. Las iglesias están plagadas de porno, muy bien. Es una teoría clásica que todos aprendimos durante las clases de catecismo. Porno por todos lados, una obsesión salvaje que provoca convulsiones espirituales. Por fortuna, existen todavía personas decentes, ejemplos de honor y dignidad, como la Mayans. Una concejal a la que, ni en lo más oscuro de mi rencor, relacionaría jamás con el porno. A ella no.
Es divertido escuchar a toda esa patulea de enfermos mentales, así, en abstracto, animales despojados de moral, exigir respeto. Sin embargo, ¿qué hay de nosotros, de quienes experimentamos a Jesucristo como un órgano más de nuestro cuerpo, como una parte fundamental de nuestro espíritu? ¿Qué hay del derecho a la dignidad que arropa a todas las personas, incluyendo a Juan Pablo II?
Creo sinceramente que la hipocresía se ha inflamado tanto que se encuentra al límite del punto de ruptura, al borde del colapso. Hemos sido pacientes durante demasiado tiempo. Ardo en deseos de pasar a la acción.
Etiquetas: conservadurismo, Cristianismo, islamismo, izquierda, kultura, marxismo cultural, paganismo, religión


