Que no soy un tipo guay, cool, enrollado ni moderno lo demuestra el hecho de que me chiflan las fronteras, creo que existen naciones diferenciadas, civilizaciones superiores y culturas tan retrasadas que apenas hay modo de diferenciarlas de una familia de cocodrilos sumergidos en un pantano. También me molan las banderas, por lo menos algunas de ellas: la española me emociona y la americana me causa una profunda nostalgia. Dicho sea de paso, la bandera europea, con sus estrellitas dibujando un círculo sobre fondo azul, sería bastante útil como mantelillo en una fiesta de cumpleaños repleta de ese tipo de niños malcriados incapaces de meterse una cucharada de tarta en la boca sin arrojar la mitad sobre la mesa. Una bandera europea sucia es una bandera europea verosímil. La verdad es que de adolescente me consideraba un europeísta fervoroso, supongo que porque no sabía que ese compromiso comportaba una especie de adhesión a la masonería, al anticristianismo y al desprecio a las propias tradiciones, como todos sabemos a estas alturas. Por aquella época yo solía pensar que la Europa actual era la misma Europa de la Cruz, los caballeros, los cruzados y la avanzadilla cultural mundial de los siglos pasados, pero resulta obvio que estaba cometiendo un grave error. En el mejor de los casos, Europa no es nada; en el peor, se trata de una ciénaga de corrupción y decadencia.
Recuerdo cierta noche de hace varios años que pasé navegando por Internet. No sé muy bien de qué forma terminé con una página fascista mejicana cargada en mi navegador. La página en cuestión tenía uno de esos insufribles diseños oscuros tan difíciles de leer, con símbolos que parecían deformaciones fetales de la esvástica y mensajes pseudo–solemnes que causaban simultáneamente repulsión, vergüenza ajena y un intenso desprecio. El autor lanzaba una incendiaria y estúpida monserga sobre la superioridad de la civilización mejicana, teoría que en su momento me sonó tan risible como me lo suena ahora. No querría ofender a esa nación, desde luego, pero ¿superior? ¿Se refieren al Méjico de hoy, el país que depende de Estados Unidos para subsistir, o al territorio precolombino, antes de que los españoles nos apropiáramos de todo lo que encontramos a nuestro paso, a cambio de lo cual les legamos un idioma extraordinariamente hermoso y, lo que es más importante, el Evangelio de Cristo?
Sé muy bien que no conviene tomarse demasiado en serio a estos nazis de medio pelo, pero hace unos minutos me asaltó el recuerdo de aquella majadera página web mientras consultaba el archivo de columnas de Pat Buchanan en Human Events; el buen hombre siempre tiene cosas interesantes que decir, pero un texto en particular atrajo poderosamente mi atención. Se titula Buenas noches, América (en español en el original), y analiza la actitud arrogante de los mejicanos y la flácida autoindulgencia de algunos líderes estadounidenses respecto de los incendiarios mensajes de los primeros, quienes sostienen que la nación mejicana excede sus fronteras legales y se extiende allí donde hay mejicanos, cuya primera parada suele ser, como es evidente, Estados Unidos. Últimamente es fácil leer artículos que relatan cómo los mejicanos residentes legal o ilegalmente en tierras yanquis enarbolan las banderas de su país de origen en lugar de las useñas. Yo suelo reaccionar con indignación, como es lógico. Es de suponer que los mejicanos deben de seguir lamentándose del mordisco territorial que los USA le propinaron antes de la invención del árbol melocotonero, pretensión nacionalista que exalta mis propias pretensiones patriotas: tal vez nosotros deberíamos reconsiderar la independencia de todas las naciones que unos vez pertenecieron a la Corona española. A continuación los italianos reclamarán España, por supuesto, y a finales de siglo todos residiremos en una especie de flagelante magma multicultural muy del gusto de los progres. Ellos se sentirán satisfechos, desde luego, pero para ese momento ya no quedarán leyes que cumplir, ni códigos morales que respetar: el cerebro reptiliano se habrá impuesto sobre la personalidad humana, y todo serán guerras, fuegos y violaciones. Lo cual encaja a la perfección con el constructivo proyecto de los izquierdistas.
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