Publicado el jueves 18 de octubre de 2007 a las 9:09

Opresión estatalista y los tres terrores

Alguien me dijo en cierta ocasión que el riesgo de educar a un niño residía en el hecho de que estos son como adultos pequeñitos, lo cual constituye una contradicción en los términos. Los niños son eso, niños, y no deberíamos esperar de ellos más de lo que nos dicta el sentido común; si optamos por pasarnos por el forro la evidencia y empezamos a tratarlos según nuestras teorías psicológicas, es probable que obtengamos resultados muy poco alentadores. Recuerdo cierta escena sucedida en la puerta de un conocido bar del ambiente sevillano. Ocupábamos una de las mesas desplegadas sobre la acera una pareja de lesbianas con las que yo tenía una relación más o menos correcta, una amiga suya, madre de un crío de unos siete años, y yo. En cierto momento nos quedamos solos la madre y este servidor, y ella, a quien la embriaguez le había soltado la lengua, empezó a explicarme el método que empleaba para educar a su hijo, un niño rubito y delgaducho que no dejaba de alborotar y correr de un lado para otro. La mujer me habló en tono monocorde de la escuela de Summerhill, cuya doctrina consiste más o menos en educar a los muchachos con suma liberalidad, y de cómo ella trataba de que su hijo exteriorizara lo que llevaba dentro, en cierto modo que se educara a sí mismo. Sin reparar en la pobre imagen que proyectaba, pedante, borracha y aburrida, la mujer cayó en los mismos comprensibles errores que cometen todas las madres: que si su hijo era especial, que sí, que esto lo decimos todas, pero que en mi caso es verdad, etc. Yo hice de tripas corazón y me limité a escuchar su perorata mientras me esforzaba en no bostezar y en no consultar la hora más de lo que el buen gusto aconsejaba. Entretanto la señora, de aspecto bastante triste, como una de esas deprimentes profesoras de sociología que de vez en cuando entran en nuestra vida y que siempre se lamentan de lo mal que va el mundo, me retenía, su hijo corría hacia aquí y hacia allá hasta que él y el coche que estuvo a punto de atropellarlo se detuvieron en seco y todos los presentes, con excepción de su madre, dimos un respingo con el corazón desbocado.

Debe de ser bastante sencillo convertir a un niño pequeño en un desgraciado y en el tipo de adulto disfuncional con el que nadie querría compartir la oficina y menos aún la vida. He pensado en este asunto hace un rato mientras leía la noticia de que, en la opresiva Noruega, algunos profesionales desean que los pequeños puedan manifestar abiertamente su sexualidad, masturbarse en el jardín de infancia y demás. Es el tipo de falaz teoría liberal con la que los profesionales más necios se sienten revolucionarios y que los políticos apoyan con la idea de hacer mella en la historia. ¿Quién sabe? Puede que lo próximo sea que los adultos ayuden a los menores a conocer y disfrutar de su cuerpo. Eso lo explicaría todo.

A propósito, he pasado un buen rato buscando cierto artículo sobre la vida cotidiana en Noruega que leí hace varios meses. El autor enumeraba muy juiciosamente los motivos por los que a Noruega puede considerársele cualquier cosa menos un estado de ciudadanos libres, pues apenas si existe parcela de la vida en la que Madre Burocracia no meta las narices. Sin embargo, me temo que no he dado con el texto.

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Mientras realizaba el último esfuerzo de encontrar el mencionado artículo fui a parar al sitio web de un periódico alemán que publica sus noticias en múltiples idiomas. He leído algunas cosas curiosas sobre las que ya tenía noticia, claro, pero está bien refrescarse la memoria. Por ejemplo, me divirtió echarle el ojo a una especie de ranking desorganizado de los monarcas europeos con mayores fortunas --a Don Juan Carlos se le atribuyen mil setecientos millones de euros--, y también fue interesante votar en una encuesta sobre la utilidad de la monarquía española, que en conjunto sale bastante bien parada.

Con todo, mi texto favorito fue el siguiente: La caída de la muy rubia y obstinada Eva Herman, una locutora que quiso salvar los “valores morales”, en el que el autor, en un tono situado entre la arrogancia y el sarcasmo, describe la caída en desgracia de una célebre periodista alemana que ha cometido el error de mencionar que incluso los nazis hicieron cosas buenas. Estaría bien conocer todos los detalles antes de sacar conclusiones que luego podrían revelarse equivocadas, pero la cosa es que en Alemania la infamia de Hitler sigue pesando lo suyo. No me malinterpretéis, se trata de una reacción histórica comprensible. Hace días pasé un rato leyendo entradas de la Wikipedia sobre diferentes autoridades del nazismo, y muchas de las historias me hicieron pensar que el Demonio asistió en persona a los campos de concentración, a los quirófanos donde se practicaban los terribles experimentos y a todo demás. Me heló la sangre. Dicho sea de paso, la autora norteamericana Donna Leon hizo alusión a este asunto, el de la «memoria histórica» alemana ,en su libro Muerte en la Fenice, novela que lamentablemente aprovechó para desarrollar la tesis de que el conservadurismo y la hipocresía son dos caras de una misma moneda.

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También los españoles tenemos nuestros propios conflictos con la historia, aunque al menos en Alemania han identificado al enemigo, lo cual es una verdadera suerte y ciertamente les evita muchísimos problemas. Me temo que aquí las cosas no están tan claras, pese a lo que los perdedores de la Guerra Civil, maestros de la propaganda, nos hicieron creer durante décadas. Pero no es de eso sobre lo que quería escribir para terminar este post, sino del programa de Televisión Española Tengo una pregunta para usted. Las únicas imágenes del mismo que he visto han sido los clips que pasaron ayer a mediodía en el debate de Concha Socialista Campoy en la CUATRO, y en las que se observaba a un José Luis Carod–Rovira terriblemente enfurruñado porque dos ciudadanos se habían dirigido a él por su nombre en español, José Luis, en lugar de por su versión catalana, Josep–Lluís. Carod enfatizó que su nombre era el mismo aquí y en la China popular (República Popular China, se entiende). Pero claro, China no es España, a diferencia de Cataluña, que sí lo es.

José Luis Carod Rovira.

Yo no tendría inconveniente en satisfacer sus preferencias y llamarlo Josep–Lluís si no fuera porque no tiene ningún derecho a exigírmelo. Él no respeta el español en la región catalana. Él no respeta a España. Él no respeta nuestras instituciones, no respeta que eso de tomarse cafés con terroristas es un gesto terriblemente sucio. Así que, justamente él, José Luis Carod Rovira, no tiene legitimidad para impartir lecciones ni de respeto ni de historia --300 años de imposición del español, decía teatralmente--. Así que vamos a dejarlo así, José Luis.

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3 Comentarios:

Por Blogger Javi, el 19 de octubre de 2007 4:31 

Tus comentarios tienen cada día más retranca, John Doe...

La verdad es que tus posts cada día me parecen mejores...

De verdad que me gusta mucho leerte (aunque personalmente, por mi forma de leer, a veces eche de menos un poco más de puntos y apartes, porque a mí, que ya tengo una edad, me cuesta mucho leer párrafos muy largos en pantalla)

Saludos

Javi

Por Blogger Javi, el 19 de octubre de 2007 4:39 

Por cierto...

John Doe; por arriba, por abajo, por todos lados he buscado una dirección de correo...y nada!

Imagina que soy el gerente de un Think Tank...¿Cómo me pongo en contacto contigo?

Por Blogger John Doe, el 19 de octubre de 2007 11:40 

Humm, ¡no me hagas desconfiar, Javier! Sé que mi estilo no es el más apropiado ni práctico para escribir blogs, pero en fin, ahí estamos. De todas formas, con 30 años no te hagas el viejo...

Por cierto, mi dirección aparece en el menú superior, en la pestaña inicio, donde dice: "Dirección de contacto".

¿Think Tank? En ese caso algún contacto tendrías en la CÍA, ¡y la CÍA lo sabe todo, incluso mi dirección de correo electrónico!

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