Creo que hoy es el día de los muertos vivientes o algo parecido, y eso muy bien podría explicar el temblor de mis piernas y el profundo horror instalado en mi estómago. A la espera de que los comunistas fallecidos durante las últimas décadas levanten sus lápidas y regresen de ultratumba para tomarse su propia venganza, al margen de la ley de la Memoria Histérica y todo lo demás, permitidme que le dedique unas pocas líneas sintéticas a los asuntos que habría tratado durante las dos últimas semanas de no haberme mantenido al margen de mi blog y, a decir verdad, de todos los blogs.
Lady Vorzheva me memeó encima con uno de esos ominosos virus psicológicos que consisten en responder alguna cuestión por lo demás completamente irrelevante. Me encuentro en el incómodo compromiso de explicar por qué asumo la temeridad de escribir un blog, pero la verdad es que no conozco ninguna razón que justifique semejante acto de arrogancia. Ni siquiera estoy seguro de que me guste escribir un blog, y tampoco es que considere leerlos el no va más del placer cotidiano. Quiero decir que prefiero los mejillones a los blogs, y las gambas a los mejillones, y unas vacaciones lejos de aquí a las gambas, y un coche deportivo a las vacaciones, y una primorosa casita de estilos colonial, tudor o modernista al automóvil. Así hasta el infinito. Si alguno de mis improbables lectores desea incorporarse a esta cadena bloguera monomaníaca, que lo haga por su propia voluntad.
Por cierto que antes de ayer por la mañana Míster Proper leyó con voz temblorosa la sentencia del juicio por los crímenes del 11M. Todos seguimos manteniendo férreamente los posturas que sostuvimos durante la instrucción primero y el juicio después.
No recuerdo si fue ayer o esta misma mañana cuando tuve noticia del enojo de nuestros vecinos marrocoquíes a causa de la prevista próxima visita de Sus Majestades los Yeyés a Ceuta y Melilla. Será como sentarse desnudo a tomar el sol en el jardín trasero de nuestras casas mientras los perros de la calle ladran, babean y se mueren por hincarnos el diente. Con un poco de suerte, de mordernos ya se ocupan otros.
Por otro lado, no sería justo terminar esta entrada sin dedicar un caritativo recuerdo amoroso a María Antonia Iglesias, quien acusa a la Madre de Occidente de ostentar una obscena falta de misericordia al beatificar a la que ella considera una parte política de las persecuciones religiosas ocurridas en España cuando las peras crecían de los melocotoneros. No obstante, la Iglesias tuvo la bondad de informarnos de que rezará por los beatificados si es necesario, oferta que, además de poco seductora, carece de mucho sentido: más valdría orar por quienes, no habiendo muerto por Cristo, sino contra Cristo, no tienen reservado un asiento de lujo en las proximidades del Padre. Pero, ah, amigo mío, el truco de la Mari surtió efecto: ahora todos estamos al corriente de que es una mujer piadosa. (Que no lo es.)
(Interludio: tengo la puerta de al lado abierta y el aire helado me ha dejado insensibilizado el brazo izquierdo. ¡Mientras conserve sano el derecho, seguiré machacando comunistas!)
Hablando de televisión, me viene a la cabeza la publicidad nocturna de La Sexta, que tuve ocasión de contemplar (con cara de pasmo) mientras cenaba muy tarde hace varios días. Hemos cruzado el límite de la procacidad situado entre los antirreumatoides derivados de alguna hierba exótica y completamente inútil, a los alargadores de pene por tracción, que consiste en un armatoste sadomaso que te hace clic en el Poderoso y, uuuuuuAP!!!, empieza a tirar supongo que hasta que la cosa crece o se fractura, en cuyo caso ha llegado el momento de plantearse sumarse a las misiones o adoptar el rol homosexual más complaciente y pasivote.
En fin, la televisión sigue siendo lo que fue siempre: una auténtica bazofia. Lo mismo que este blog, pero en el extremo opuesto. Nos vemos.

