Tom Wolfe alcanzó la celebridad hace varias décadas gracias a su habilidad para emplear todo tipo de recursos originales en sus descripciones del mundo que lo rodeaba. Incluso lo encumbraron como padre del llamado --y no siempre bien definido-- «nuevo periodismo», aunque se vio obligado a compartir ese honor con Norman Mailer, con Truman Capote y con el bonzo Hunter S. Thompson, quien, por cierto, se descerrajó un tiro en la boca hace algún tiempo, suicidio que motivó un delicioso y sentido obituario de Wolfe.
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Roger L. Simon, autor de novelas de misterio, bloguero y CEO de PajamasMedia.com publicó hace unos días una interesante columna en la que disertaba sobre la conveniencia y la legitimidad de los boicots en el contexto de los medios de comunicación. Era su reacción a determinados acontecimientos sucedidos durante las semanas previas: por un lado, el influyente comunicador de derechas Bill O’Reilly había invitado a la aerolínea JetBlue a abandonar su patrocinio de YearlyKos, la convención anual de izquierdistas organizada en torno al blog DailyKos.com. Por otro lado, el responsable principal de este blog, Markos Moulitsas, animó a los numerosísimos lectores de su bitácora a confeccionar una base de datos con todos los anunciantes que invertían su dinero en el programa de O’Reilly y, más genéricamente, en todos los programas de la cadena Fox.
Resulta obvio que, dependiendo tanto unos como otros de los ingresos publicitarios para subsistir, el éxito de las respectivas campañas era inversamente proporcional a las posibilidades de supervivencia de los distintos medios. Y siendo como es que tanto Kos como O’Reilly representan, digamos, a amplios sectores de la población, si su voz era acallada, muchísimas opiniones dejarían de ser vertidas. En resumidas cuentas, nos enfrentamos a un problema de libertad de expresión. Si bien es cierto que no se coarta específicamente una opinión, el hecho de que se frustren los vehículos mediante los cuales esta se propaga suscita un serio dilema moral. Debemos añadir por otro lado que, a juicio de no pocas personas, los boicots constituyen un método accesible de hacerse valer y darse a entender. A fin de cuentas, es fácil sentirnos incómodos cuando consumimos productos de una compañía comercial que despreciamos. Pongamos por ejemplo al cine español: ¿Quién quiere perder el tiempo con esa bazofia cuando los directores, los actores, los guionistas, los productores y hasta el último técnico se esfuerzan en darnos a entender que los conservadores en particular, y los derechistas en general, estaríamos mejor sepultados bajo una tonelada de cal?
Como decía, sostiene Simon que aniquilar las fuentes de financiación de un medio es la causa primera de que determinadas ideas no puedan manifestarse. Es un conflicto ético que yo mismo me planteé hace un año o así mientras leía cierto blog colectivo muy popular entre los modernos. Había saltado la liebre de Bush y, como era de esperar, hubo unanimidad respecto a que el Presidente de los Estados Unidos era un idiota malvado. Yo no lo tenía tan claro, por supuesto, y se inició una discusión sobre la identidad del pueblo estadounidense y sobre la raigambre de la democracia. Yo mantenía la teoría de que básicamente cualquier opinión tiene derecho a ser pronunciada por quienes consideran que es la correcta, pero que eso no implicaba la obligatoriedad de escucharla. Es decir, yo respeto que los cineastas kulturetas españoles piensen lo que quieran sobre el capitalismo que los ha hecho ricos e hipócritas, pero me inclino a no perder el tiempo oyéndolos expresar la mezquindad que los inflama como insectos preñados de sangre. Di lo que quieras, tío, pero a mí déjame en paz.
El problema, claro, es que al margen del dilema moral que acabo de exponer, debemos admitir algunas premisas más o menos evidentes. Un par de hechos base sobre los que al parecer todos estamos de acuerdo: que hay una lucha salvaje por implantar un modo de ver el mundo, y que no existe alternativa: nuestra posición es la única válida. La democracia está muy bien para los tiempos de paz, pero en este momento histórico, amenazados como estamos por el terrorismo islamista, por naciones dispuestas a reducir el planeta a cenizas y por quintacolumnistas del Enemigo infiltrados en nuestras filas, dejar el control en manos del adversario supone un suicidio en toda regla. Por tanto, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conquistar la primera posición, cuántas de nuestras posesiones éticas más preciadas podemos invertir en tomar ventaja?
No me malinterpretéis. No estoy discutiendo la posibilidad de recurrir a técnicas fascistas para ejecutar un triple salto mortal que nos sitúe a años de ventaja del Enemigo, sino la opción de utilizar herramientas cotidianas que nos garanticen, si no la victoria, al menos ciertas comodidades durante la lucha sin cuartel a favor de los valores clásicamente occidentales.
Creo que boicotear al enemigo, frustrar sus fuentes de financiación, es un método fantástico de asumir cierto control de la situación. Sobra decir que nuestros adversarios pueden recurrir, con más o menos éxito, a las mismas estratagemas, como ocurre en el caso O’Reilly – Kos. Confío en la supremacía moral e intelectual de quienes defendemos la libertad del sujeto incluso cuando lo que se hace con esa libertad nos parece repugnante. (Y el cielo sabe lo a menudo que eso sucede.) Siempre y cuando, claro está, la libertad del tercero no interfiera en la nuestra. Digámoslo así: todo el mundo tiene derecho a la vida, pero si un criminal trata de asesinarme, eso me confiere el derecho a emplear todas las armas necesarias para reducirlo; y, si es necesario, para matarlo.
No hablo de liquidar a los quintacolumnistas, pero sí de privarlos de todas sus herramientas de propaganda. Si aislarlos y asfixiarlos desde el punto de vista económico funciona, entonces manos a la obra. Al fin y al cabo, ¿no consiste en eso la lucha de los liberalconservadores españoles por hacerse oír, tras años de silencio obligado por la ventajosa posición de los izquierdistas? Ellos han atacado. Ahora es nuestro turno de acción.
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Posdata: comprendo que nos encontramos en una situación sumamente delicada, y esta carta publicada por NewsMax.com da que pensar. Un trabajador de la Ford trata de persuadir a los lectores de NewsMax.com de que abandonen su boicot a la mítica compañía automovilística, boicot motivado por los guiños realizados por el fabricante de coches al mercado homosexual.
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Segunda posdata: no me pasa desapercibida las diferencias que existen entre boticotear un medio de financiación externo --publicidad y patronazgo, digamos--, y los medios de financiación internos --evitar consumir los bienes y servicios ofrecidos por el mismo sujeto que nos ofende--. Desarrollaré el asunto en otra ocasión.
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Vibrante jornada de mamporros en SmackDown. Da comienzo con Mr. Kennedy vs. Matt Hardy, quien cruza la pasarela sumido en uno de esos trances de chulería urbana a los que nos tiene acostumbrados. Sin embargo, sería injusto omitir que el muchacho ofrece buenos espectáculos y luchas muy emocionales. El combate comienza pastoso y a no mucho tardar Matt se cobra la delantera, salvo que, como todos sabemos, poco dura la alegría en la casa del pobre, y Kennedy, consciente de que su oponente flojea de una pierna, lo somete a todo tipo de torturas, tijeras, golpes contra las esquinas del cuadrilátero, torsiones y demás dolorosas fruslerías a fin de impedir que pueda seguir oponiendo resistencia. Pero lo hace, e incluso da Hardy media vuelta al combate para vencer finalmente, aunque sale renqueando y apoyado sobre el árbitro. El triunfo cuesta, muchacho; supongo que eso ya lo sabes.
Por cierto que MVP, fanfarrón entre fanfarrones, había pedido días atrás a Theodore Long, manager general de SmackDown, un combate con el pitbull, asesino y hoy día fallecido Chris Benoit. Pues bien, Long hizo hoy acto de presencia para materializar sus deseos. Baste decir que Benoit redujo a MVP en cosa de dos minutos, y tras un chaparrón de golpe va golpe viene, éste se dio el piro. Cobarde y ridículo.
Un combate de parejas cubrió la tercera parte de la sesión, si bien nada memorable sucedió. Eso sí, la lucha entre las divas Ashley y Melina, una vez que Mercury y Nitro pulverizaron a los Vitamínicos, fue una verdadera gozada: ¡que alguien calme a esas gatitas, leñe!
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Para terminar, una cámara nos muestra a Rey Booker y Sharmell contemplando un combate por televisión en los minutos previos al enfrentamiento del monarca negro y el Enterrador. El caso es que Finley se dejó ver por allí mientras buscaba a su enano, y Booker pidió consejo al irlandés antes de someterse a la Furia de Undertaker. El gaitero se limitó a gritarle RUUUUNNNNNNN, corre, en plena jeta.
Todo lo que ocurrió a continuación fue auténticamente ESPECTACULAR. De lo mejor que he visto.
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La escena es la siguiente. Rey Booker sube la escalerilla del cuadrilátero con paso solemne, una expresión de dicha inocente y petulante alojada en su rostro de grandes facciones. A su espalda, la Reina Sharmell sujeta graciosamente la capa roja de bordes algodonosos. Suena el gong, se apagan las luces, le cambia la cara a Booker: el ademán de sutil arrogancia lo abandona en un suspiro, y el pobre tipo se limita a acelerar el paso y subir al ring. No querría estar en tu pellejo, colega.
Mientras tanto, el crack de negro se aproxima ceremoniosamente al ring, si podemos considerar ceremonia el poderoso movimiento de un león envuelto en las notas lúgubres de una guitarra eléctrica.
Comienza el combate, los dos gigantes se la juegan. Se golpean, se arrojan a la lona, Undertaker toma la delantera, Booker se la arrebata, se la arrebata, se la arrebata... el Enterrador la recupera con el cielo sabe cuánto esfuerzo, eleva al monarca negro para practicarle su parte–cráneos, por así llamarlo, pero...
... el bastardo Finley sube al ring enarbolando el makelele, que estrella contra la espalda de Undertaker, quien cede. Finley, rencoroso y escaldado de su anterior combate con el Enterrador, lo somete a un suplicio de mamporros hasta que Undertaker se precipita fuera del cuadrilátero. Sin embargo, la cosa no ha terminado, y tanto Finley como Booker abandonan la luna y propinan una paliza brutal a Undertaker, quien para entonces ya parece perdido.
Undertaker realiza un par de sabios movimientos de lucha libre y recobra parte del control. Machaca la cabeza de Booker contra la escalerilla, lo aferra y lo arroja de vuelta al cuadrilátero. Acto seguido, sorpresa para todos. Undertaker levanta a Finley y lo lanza a peso muerto contra Batista, quien, vestido elegantemente con traje y corbata, realizaba labores de comentarista a guisa de invitado. Impacto brutal, Batista y Finley muerden el polvo.
Undertaker regresa al ring, pero Booker está cadáver. Si el Enterrador ejecuta un golpe final, lo mata, de modo que se limita a marcharse. A su espalda, un Batista fuera de sí se encumbra en el cuadrilátero, se arranca la ropa, crispado como no se ha visto antes, INCREÍBLE, ESPECTACULAR, SOBRECOGEDOR, amenaza a Undertaker, quien, ya lejos, se limita a girar el macizo cuello y a mirarlo por encima del hombro. Alza el brazo, el pulgar extendido, todos comprendemos el mensaje, que se percibe alto y claro en el ambiente: MUERTE.
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Espectacular celebración de SmackDown la de hoy a mediodía en CUATRO, con una lucha extrema Batista versus Kane --a quien el primero considera el hermano menor de Undertaker, y que parece formado por una estructura de módulos de goma y musculatura unidos mediante articulaciones de acero, menudo tiparraco--. Batista, a quien escucho hablar por segunda vez en una entrevista con Kristal previa al combate, el súper escotado bombón afroamericano, una muchacha verdaderamente preciosa --bonita, la llama golosamente Héctor del Mar--, Batista, decía, parece un tipo encantador y muy carismático: tiene un punto español que debe de venirle de su ascendencia filipina. Un buen espécimen que, tras ejecutar su impresionante ametralladora de fuego y luces y subir al escenario, da lo mejor de sí. ¡Qué caídas, cielos, qué caídas!
Iniciada la lucha, puede que el campeón diera rienda suelta a su furia contra Kane, pero lo pagó caro: un dolor que apenas lo dejaba erguirse se le había alojado en los riñones, y una expresión propia de una víctima de la tortura china se había instalado en su maciza jeta de granito. Verdaderamente fue una lucha espectacular, con tanta pasión por centímetro cuadrado en el cuadrilátero que uno temía que el ring se prendiera envuelto en llamas. Batista venció, pero Kane le cobró cara la gloria del triunfante con abundancia de caídas y lanzamientos contra el suelo y un sobrecogedor salto desde la esquina que debió dejar a David Batista viendo estrellas, cometas y la colección completa de cuerpos celestes de Planeta DeAgostini.
Para colmo, Batista se vio obligado a recibir un acojonante mensaje de vídeo de Undertaker, así como a contemplar una asombrosa recopilación de las grandes victorias del Enterrador, escenas que le ponían a uno los vellos de punta. ¡Es cosa de muy pocos hacerte temblar las piernas con una mirada, y los ojos delineados en la mitad superior del enorme, ENORME cráneo del Enterrador te aceleran el corazón a mil!
Menos notable, sin embargo, fue la lucha Misteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeer... KEEENEEDYYYY!!! versus [¿quién diablos era el otro?], que se resolvió rápidamente con una buena sesión de golpes, empellones y comidas de esquina. Nada memorable; y para colmo de males, al siempre arrogante Mr. Kennedy no le dieron oportunidad de cometer trampas. (Que, como todos sabemos, es su estilo.)
Por otro lado, resultó maravilloso asistir a un intenso combate entre Matt Hardy y el Rey Booker, siempre acompañado por la preciosa Reina Sharmell. Dicho sea de paso, Sharmell Sullivan realizó labores de comentarista... y algo más, como se vería más tarde. No me pareció un combate igualado, y tras un comienzo un poco tosco, con ambos contendientes apretando las cabezas del adversario y tratando de tomar el control de la situación, Hardy asumió la delantera y derribó al gigante negro, que, como era de esperar, se desplomó como la Torre de Pisa en un mal día. El pobre Booker terminó con cara de bobo a causa del esfuerzo y la paliza recibida. Hardy aprovechó varias ocasiones para cubrirlo y hacer cantar al árbitro, pero el Monarca reaccionaba siempre a tiempo, sacando fuerzas de flaqueza y, en determinada ocasión, lanzando a Hardy contra las cuerdas. Pero estaba claro que el Rey se hallaba en el límite del agotamiento, con expresión de piedra rodada y los movimientos espásticos de un muñeco de látex. Sin embargo, ya sabíamos que Sharmell no se dejaría amilanar por convenciones que deben de parecerle estúpidas, como a todos, y tras encararse con Hardy, con el árbitro y con cualquiera que tuviese la osadía de mirarla de mala manera, dio un soberano golpe de zapato en toda la jeta al luchador que se enfrentaba con su marido, y niñato–Hardy cayó en redondo. Demonios, ¡si hasta un muerto tendría más conciencia que él!
De este modo, combate para el Rey, quien sin embargo no se encontraba para muchas fiestas. De hecho, haría bien en consultar a un neurólogo, porque su cara no era normal. Y no es que eso le importase un bledo a Sharmell: la chica estaba lo que se dice eufórica.
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Y llegamos así al apoteósico combate final, la cumbre del Himalaya a lomos de un jamelgo cojo, ¡¡¡Undertaker contra Finley!!! Ok, ok, sé lo que queréis decir, ¡¡¡Undertaker contra Finley, su makelele y su leprechaun!!! Cielo santo, a ese duendecillo irlandés --el Pequeño Bastardo-- deberían expulsarlo: ¡no respeta nada!
Los primeros segundos de combate fueron muy favorables a Finley Cara de Poli Corrupto, quien se libró graciosamente de las embestidas iniciales de Undertaker, pero el Enterrador es perro viejo y se las sabe todas, y no tardaría en propinar un barrido de derechazos y izquierdazos al irlandés. Realizó Undertaker un fantástico trabajo cuando apresó el brazo derecho de Finley y lo sometió a todo tipo de torturas, con profusión de saltos, mordidas de lona y, para arreglarlo todo, un formidable brinco desde las cuerdas, sobre las cuales Undertaker se mueve con la soltura de un león aproximándose a su presa. ¡Bendito Finley, ya ves donde te has metido! El rubio debió desear encontrarse a miles de kilómetros de distancia, seguramente en su amada Irlanda, tocando la melancólica gaita en la cima de una hermosa y verde colina.
Pero el negocio es el negocio, muchachos, y ni siquiera el ridículo golpe de makelele propinado por el leprechaun a Undertaker logró aliviar el sufrimiento de Finley. Si debo ser honesto, la furiosa confianza del enano en causar algún daño al Enterrador resultó más bien ridícula, y tuvo que correr y resguardarse bajo el cuadrilátero para no ser reducido a cenizas. Pero vaya si volvería, y se llevaría tremenda patada de Undertaker que lo lanzó, al enano verde, fuera del ring. Un día me lo desgracian.
En determinado momento, con el aire cargado de la hormona de la cólera, ardiendo las gradas, enfervorizado el público tucsoniano por un combate increíble, Finley fue a parar fuera del ring. Y claro, Undertaker lo siguió. Mal asunto, amigo mío, para unos y para otros, porque Undertaker sacó provecho de la escena y arrojó al irlandés contra unas sillas situadas junto a la mesa de los comentaristas.
En fin, el combate terminó con Finley machacado y sorpresa final para Undertaker. Batista hizo acto de presencia en el extremo del pasillo con la gracia de un rey de espada y brujería, y desde allí extendió sus poderosos brazos y bajó los pulgares en señal de derrota. Undertaker, que no se arredra frente a nada de este mundo, realizó los expresivos gestos que lo caracterizan: cuello cortado, lengua fuera y, amigos, furia, mucha FURIA.
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Acabo de apagar la radio. La COPE. Ha sido un movimiento brusco con los labios fruncidos, el corazón acelerado y la sangre caliente. Me pregunto si ha empezado a salir humo de mis orejas; y supongo que rige escribir una breve entrada sobre el asunto para liberarme de esta inopinada reacción nerviosa. El caso es que soy oyente habitual de la emisora que se ha hecho fuerte en torno a Federico Jiménez Losantos, y como le ocurre a tantos otros radioyentes de derechas, una especie de identificación íntima con la COPE se ha instalado en mi cerebro. Así que cuando las cosas se ponen feas, es decir, cuando le ofrecen el micro a algún tarado previsiblemente progre, reacciono como si hubieran proferido contra mí una ofensa personal. Y aunque sé que no debería, que habría de abstraerme y respetar la diversidad --incluso cuando la diversidad resulta tan poco decorosa--, que tendría que forzarme a escuchar tanto a los que piensan como yo como a los que piensan diferente --a menudo, el Enemigo--, me falta fuerza de voluntad.
Tengo en mente al corresponsal de la COPE en Nueva York, un perfecto [omitir insulto, memo] que, pese a esa memorable frase suya según la cual tenía una opinión muy favorable de los estadounidenses a su llegada a la capital del planeta, hoy se limita a reproducir los tópicos antiamericanos de simpleza intelectual y sumisión al Poder como un loro biónico confeccionado por Chomsky & Moore Microelectronics, Inc. Cielo santo, ¡que lo expulsen de la COPE! Y no se trata de que [ironía] haya osado forjarse una visión del mundo diferente de la mía, sino que reduce a los estadounidenses al nivel de las hormigas obreras. Todos conocemos el axioma antiamericano de que los estadounidenses constituyen una pandilla de maleables ignorantes movidos por el materialismo como motivación, y los medios de comunicación de masas como conciencia. ¡Que lo expulsen, que lo defenestren, que lo lancen escaleras abajo, que le den el finiquito, puerta, aire, chaval, a tomar por el culo! Diablos, ni siquiera podré poner la COPE sin que me provoque una crisis de histeria.
Ya no se trata tan sólo de Andrés Arconada, ese tipo untuoso infiltrado por la progresía escatológico/ cinematográfica española aficionado a besar el trasero de todos sus amigos de la kultura: «Te quiero, y lo sabes», afirma siempre con voz meliflua . Caray, ese gigante verde ama a tantas personas que uno se pregunta si queda en su interior algún centímetro cuadrado libre de almíbar. Ya no se trata sólo de Arconada y su «esto sólo puede venir de Estados Unidos», iba diciendo, ni de Juan Fierro, sino también del sustituto de Enrique Campo durante las vacaciones de agosto, otro ejemplo de perfecto antiamericanismo maniqueo, y de la melosa tropa de La Luna en COPE, para quienes los Estados Unidos de América son una especie de monstruo de siete cabezas. ¡Y hortera, tan kitsch que casi dan pena!
Lo veis, ¿verdad? Yo soy un buen chico, un tranquilo muchacho del profundo Sur. Es sólo que esos iluminados --«lo que les obligan a tragarse», sostienen, ¡como si aquí no existiese PRISA--, es sólo que esos primorosos iluminados condescendientes me sacan de mis casillas... ¡¡¡que lo echen, puerta, aire, a tomar viento, colega!!!
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¿Qué hay de un libro cuya primera lectura, desde la que han transcurrido varios años, fue una masoquista combinación de la dureza del whisky ardiendo contra las paredes de la garganta y un chorro de suavísima crema de nata? Estoy hablando de la novela Casa de arena y niebla, que hace un par de semanas leí por segunda vez. (Aunque mis afición a la relectura sorprende a menudo a mis conocidos, tengo mi récord en unos diez barridos de Cementerio de animales, ficción zombífica de Stephen King que incluso a día de hoy, cuando el adorable gigantón de Maine se ha desplomado del Olimpo de mis escritores súper ultra mega favoritos --o sea, Tom Wolfe y P.D. James--, me sigue suscitando un placer tan pacífico como la sonrisa de un niño.)
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Leí esta mañana una columna publicada por Aaron Hanscom en Pajamas Media en la que el editor disertaba sobre una frase bastante maniquea pronunciada por la célebre show–woman Rosie O’Donnell. Decía O’Donnell lo siguiente:
Radical Christianity is just as threatening as radical Islam in a country like America.
Establecía así Oronda O’Donnell una equivalencia muy poco sibilina entre ambas religiones. A decir verdad, nunca espero demasiado de las glotonas estrellas de Hollywood, ya se trate de la pizpireta Gwyneth Paltrow, siempre hermosa y sonriente , ya se trate del Atractivo Actor de Un Solo Registro, George Clooney, ya se trate de... bueno, de una lesbiana militante anticatólica a favor del control de armas y de una dieta rica en grasas... como decía, Rosie Oronda O’Donnell.
De acuerdo, uno de los lectores de la columna de Hanscom, un tal Gerald Gibson, firmó un comentario que resultaba sencillo rebatir incluso antes de leerlo. El problema reside en que cuando fui a contestar al muchacho, descubrí que los comentarios habían sido bloqueados. He pensado que estaría bien aprovechar mi blog para desahogarme un poco. Reproduzco a continuación el argumento propuesto por Gibson:
If it wasnt for the seperation of church and state in the USA Christianity would also put gays to death. Apparently none of you have read the history of Christianity. Radical RELIGION whatever its name is a danger to a free country. Christianity has been pacified. Once Islam is pacified under the rule of law it too will be more like Christianity is today. If Christianity is allowed to mold our laws in its image then we will once again see free people being put to death for exercising their freedom. This should not be seen as a knock against Christianity but rather a PROOF from history that radical religion and freedom do not mix.
Ni que decir tiene que Gibson empieza especulando de manera bastante aparatosa, ejercitándose en ese estilo esotérico izquierdista de «el planeta está a punto de saltar por los aires, de calentarse tanto que se volverá inhabitable, de contaminarse con los residuos de las centrales nucleares y... bueno, ya me entendéis, Bush debe de estar maquinando una de las suyas», empieza especulando, decía, sobre lo que ocurriría en un mundo que no es real, y sobre el que nada estamos en condiciones de saber De acuerdo, hombre, tómate tu píldora neuroléptica, empieza a babear y prosigamos.
Yo, que a diferencia de Gibson carezco de poderes sobrenaturales, no sé muy bien qué sería de Estados Unidos de no hallarse sujeto a la separación Iglesia–Estado. Tampoco sé si los homosexuales americanos tendrían alguna oportunidad de sobrevivir bajo ese sistema político–religioso, y si dicho sistema sería específicamente teocrático. Sin embargo, veo muy claro que los Estados Unidos no serían lo que son en la actualidad, es decir, la nación más grande que ha alumbrado el Sol, de no contar con un sentido tan preciso tanto de las libertades individuales como del sentido de la vida en sociedad y de la democracia. Por otro lado, resulta evidente que los homosexuales no son asesinados en el Vaticano, estado habitado por ciudadanos a los que podríamos calificar de «cristianos radicales», por lo menos si entendemos por radical la profundidad de las convicciones, en lugar de la intensidad con que éstas se manifiestan. A fin de cuentas, ¿no es precisamente el Vaticano un fervoroso promotor de la paz en el mundo? La respuesta objetiva es que sí. ¿No fue el cardenal Etchegaray enviado por Su Santidad Juan Pablo II a Washington, capital de Estados Unidos, para tratar de encontrar una solución negociada a lo que llegó a ser la Guerra de Irak? Lo que quiero decir es que, bueno, resulta muy difícil situar en el mismo grupo moral a quienes promueven ese oxímoron llamado Guerra Santa y a los que se esfuerzan en combatirla mediante la palabra y la inteligencia.
No obstante, eso no responde a la pregunta especulativa de qué sería de los homosexuales en unos improbables Estados Unidos donde no existiese separación Iglesia–Estado. Así que en este momento pienso en todos esos homosexuales cristianos organizados, en muchos casos conservadores, hombres y mujeres temerosos de Dios y respetuosos de Su Majestad, que luchan a favor de sus derechos como humanos, que han de ser los mismos que sus derechos como homosexuales. Hay abundantes ejemplos de este tipo de ciudadanos honorables, y por si la realidad no es suficiente, incluso tienen alguna representación en la a menudo infame industria del espectáculo: por ejemplo, David Fisher, protagonista de la «degradada» A dos metros bajo tierra, producida por la corrupta HBO, es un chico homosexual serio, responsable... y religioso. (Tristemente, el muchacho se convierte en una auténtica puta, lo que resultó bastante decepcionante, pero no esperaba otra cosa. No de Alan Ball.) Sería verdaderamente magnífico identificar grupos de musulmanes que lucharan tan valientemente por conciliar su fe y su religión. Claro que si se pronuncian en voz alta, los matan. Literalmente. Y he ahí una diferencia. Punto para los cristianos.
Afirma asimismo Gibson que «la religión radical, cualquier que sea su nombre, es una amenaza para un país libre». La trampa planteada por el muchacho es tan obvia que siento un gran pudor de mencionarla, pero entiendo que es mi obligación hacerlo. Y es que los radicalismos constituyen todos ellos, religiosos o no, una amenaza para los ciudadanos. Sin embargo, los países democráticos*, en su inmensa mayor parte de tradición judeocristiana, cuentan con sus propias herramientas específicas destinadas a combatir los radicalismos, sean de origen musulmán, sean de origen ateo, sean de origen no–religioso. No sé si los grupos antiglobalización profesan convicciones espirituales, pero ¿alguien duda de que conforman una amenaza real al orden público y a las libertades de los ciudadanos? Lo que trato de sugerir... no, de expresar abiertamente, es que existe la trampa, la gran impostura, de situar el foco de atención de toda agresividad social sobre la religión, cuando de hecho la hostilidad humana es una forma de energía disfuncional susceptible de manifestarse en una amplia variedad de formas. (*La verdad es que los islamistas cuentan con patente de corso para expresar su furia, a diferencia de los cristianos, que estamos sometidos por los resentimientos de buena parte de la izquierda.)
Otra de las premisas sugeridas por Gibson es que «el Cristianismo ha sido pacificado», lo cual entraña una nueva trampa que puede plantearse en forma interrogativa. ¿Quién y cómo ha realizado el trabajo que el muchacho denomina pacificación? ¿Fueron alienígenas procedentes del planeta Marte, extraterrestres con trompetillas y trajes plateados, los que enmendaron a los cristianos, o fueron los propios cristianos quienes se depuraron mediante el desarrollo social, intelectual, cultural y religioso? Lo cual es lo mismo que decir: mientras que el cristianismo tiende a ordenarse y democratizarse, muchísimos musulmanes se disipan y se vuelven violentos. Pongamos por ejemplo a los islamistas–terroristas–bomba de Londres; recuerdo específicamente a uno de ellos, un muchacho nacido en Inglaterra en el seno de una próspera familia árabe. Su padre conducía un automóvil alemán de lujo. Pero el chico asesinó a varias personas y, debo decir que esto me importa un bledo, se suicidó. No fue pacificado por una sociedad avanzada y democrática, ni siquiera por la disponibilidad de dinero y de todas las oportunidades que se despliegan para gozo de los hombres libres.
El resto del mensaje escrito por Gibson es redundante, de modo que no seguiré examinándolo. Su teoría no es sólo inexacta, sino también injusta. El problema estriba en que esas mismas premisas, esos mismos axiomas del biempensante pseudoprogresista, están tan extendidos hoy día que resulta muy difícil combatirlos. Y mientras eso ocurre, ¡BUM!, los cinturones y los coches bomba continúan estallando...
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- Nunca pegues a un hombre con gafas. Utiliza algo más duro".
- "Nunca pidas por favor lo que puedes lograr por la fuerza".
- "Paul Burchill, el pirata de los siete mares, incluidas las piscinas".
- "Perdono siempre a mis enemigos, pero nunca nunca olvido sus nombres".
- "Por favor, no intentes esto en casa. Y si lo intentas, grábalo".
- "¿Qué le dice el 3 al 30? Para ser como yo, debes ser sincero".
- "¿Qué le dice un techo a otro techo? Te echo de menos."
- "¿Qué le dice un gato a otro gato? Miau."
- "Quien me insulta siempre no me ofende jamás".
- "Quien sabe de dolor, todo, todo lo sabe".
- "¿Quieres horchata?¡Toma chufa!
- "Recuerda, el elefante se deja acariciar, el piojo, no".
- "Recuerda que algunas personas están vivas, solamente porque el asesinato es ilegal".
- "¿Sabes cuál es el colmo de una silla? Tener cuatro patas, y no poder caminar".
- "Sharmelle me decía que una mujer no comienza a mostrar su edad hasta que comienza a ocultarla".
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Tom Wolfe y el ocaso de las vanidades: "Una vez le preguntaron a Wolfe si todo el dinero que le pagaban por los derechos de sus obras — por ejemplo la editora Farrar, Strauss & Giroux le dio un adelanto de 7,5 millones por Todo un hombre— no era malo para un escritor. 'Sí, pero yo no voy a regalar nada —respondió—. Creo que el dinero afecta más a otra gente de lo que me afecta a mí. Sinceramente, no creo que mi enfoque de la escritura haya cambiado en lo más mínimo. Además, yo siempre he deseado ser un escritor popular'. Y es cierto: su afición por el éxito nunca significó un pasaporte a la buena vida, porque siempre la ha tenido."
Teniendo como tengo una triste opinión del gremio periodístico, nunca me siento demasiado sorprendido cuando leo alguna de las boberías que los profesionales de la información manipulada escriben. Sin embargo, mientras consultaba este artículo publicado por el diario Clarín reparé en la cantidad de ásperas alusiones al dinero y al éxito comercial logrados por el reportero y novelista norteamericano Tom Wolfe, y terminé preguntándome si el autor del texto no sufrirá una fuerte frustración que le hace arder las entrañas. Albergo serias dudas de que un hombre con un sentido maduro de los asuntos monetarios se sienta lo bastante animado e impúdico como para convertir una reseña más social que literaria de un escritor en una columna de chismorreos de sección económica.
Es bien conocida la aspiración de no pocos periodistas a ejecutar un triple salto mortal que los encumbre en la industria editorial. Tom Wolfe lo consiguió, y con nota: escribió la maravillosa La hoguera de las vanidades primero, la magistral Todo un hombre a continuación y la difícil aunque golosa Soy Charlotte Simmons para terminar, al menos de momento. Personalmente, me muerdo las uñas a la espera de que publique la prevista novela sobre la inmigración en Estados Unidos.
Tom Wolfe, que además de brillante y sagaz es todo un experto en controvertir cualquier situación para analizarla con ese capacidad de penetración que Dios le ha dado y que lo ha hecho célebre, resulta bastante más polémico por cuanto afirma cosas como que Estados Unidos es la mayor nación que el mundo ha conocido, que él votó a Bush y que acudiría al aeropuerto para despedir a todos aquellos amigos suyos que sostenían que abandonarían el país si Bush era reelegido.
No creo que eso le hiciera mucho bien a la popularidad de Wolfe entre los demás periodistas, raza tendente a la izquierda-más-maniquea donde las haya, ni entre los críticos literarios situados también en el extremo político de la hipocresía y la vaciedad intelectual. Por otro lado, cuando Wolfe mantiene que la Universidad americana es un fracaso, uno infiere que se trata de un auténtico fracaso de izquierdas, pues, junto con los medios de comunicación de masas, los claustros académicos son el bastión más hostil de los izquierdistas. Y así aparece en cierto pasaje clarividente verdaderamente inolvidable de Soy Charlotte Simmons.
Así pues, Tom Wolfe se había ganado tantos enemigos que resultaba providencial que, cuando tuvieron oportunidad, se lanzaran contra su cuello con un voraz apetito de carne conservadora. (Por otro lado, el propio Wolfe no se considera un conservador, aunque ése es otro asunto.)
¿Estoy diciendo que Soy Charlotte Simmons es una obra maestra demonizada por los izquierdistas y esa feminista radical del New York Times, Michiko Kakutani? De hecho, no. La última obra de Wolfe es peor que sus dos novelas previas, aunque ciertamente mejor de lo que los roñosos de las letras tratan de hacernos creer. Muchas de las críticas destructivas vertidas sobre SCS pasan por alto la teoría novelística de Tom Wolfe, según la cual la novela debe ser un reflejo honesto de la sociedad y debe ser asimismo fruto de una profunda investigación previa. Por tanto, sus argumentos se encuentran con el muro de hormigón de los principios de Wolfe; a veces da la sensación de que Uno y otros hablan de cosas completamente distintas.
Soy Charlotte Simmons es una hipérbole clínica cuyo objeto consiste en hacer comprender la sociedad, o por lo menor una fracción específica y bien definida, mediante técnicas que van desde lo puramente periodístico, como las precisas descripciones arquitectónicas de los espacios universitarios, hasta lo sociológico y zoológico, como por ejemplo la cárnica narración de la iniciación sexual de Charlotte con un verdadero depredador de féminas. E incluso esto se ha pasado por alto, debido quizá a que Tom Wolfe es el Enemigo.
Posdata: releeré SCS y entonces escribiré mi propia crítica de la novela.
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