Ha amanecido un día con nubes naranjas. De hecho, acabo de darme cuenta de que tengo naranja el flanco del brazo derecho, pues la puerta abierta da a Naciente: si me inclino un poco hacia atrás puedo contemplar directamente el sol, que todavía no brilla lo suficiente, como una burbuja de líquido flamígero, rodeado de algodones. Supongo que será un día cálido, y de repente echo de menos el invierno.
------
Hace un par de días mencioné la larga barbacoa que mi familia celebró durante el pasado fin de semana, desde el sábado noche hasta el domingo tarde, e hice alusión a lo feliz que me sentí al asistir a tantas muestras de desprecio al presidente Zapatero. Recuerdo también una breve conversación que mantuve con uno de mis primos, él sentado en una silla y yo acomodado en una mecedora junto a la chimenea. Mi primo se quejaba de lo mal que andaban las cosas, e indirectamente de la inoperancia de los políticos. Bueno, supongo que lamentarse de los políticos es el recurso que todos empleamos para justificar nuestros males y el mal de la sociedad, y aunque no cabe duda de que se trata de una simplificación muy satisfactoria pero poco funcional, no está exenta de buen juicio. A fin de cuentas, ¿no cuentan ellos, en primer lugar y por encima de cualquier otro, con el poder inmediato para cambiar las cosas? Aznar utilizó sus facultades para apoyar la Guerra de Irak, algo que, al menos en apariencia, fue muy poco popular, y Felipe González nos metió con el trasero por delante en la OTAN, incluso aunque aquello le valió un par de críticas de sus sectarios compañeros de cama. Lo que quiero decir es que en las manos de los políticos reside la posibilidad de llevar a la práctica las iniciativas que ellos consideran más apropiadas para la nación. Claro que, en el caso de Zapo, no existe el más remoto interés en contribuir al bien nacional, una abstracción de la que él desconfía plenamente --debe de ser la única: ese tipo engulle mitologías climáticas y pacifistas con una voracidad sorprendente--.
Cuando mi primo expuso su preocupación sobre los problemas derivados de la inmigración ilegal, y muy especialmente del riesgo que asumimos al acoger en nuestro territorio a inmigrantes islamistas, y sobre cómo desconfiaba del futuro de este país tanto para su hijo pequeño como para el que viene en camino, yo respondí que existían ciertas esperanzas teóricas, pero que difícilmente podríamos sacar provecho de ellas. En resumidas cuentas, le dije que estamos sometidos a los designios de un santo bobo, un farsante, un beato de la new age, y que dado que cuenta con el apoyo de millones de personas que admiran «su calidad humana», los hombres de bien, los ciudadanos preocupados por las libertades, el bienestar y la estabilidad estructural del país, teníamos las manos atadas. Lo cual no es del todo exacto, pero se aproxima. En democracia, bendita sea, nos vemos forzados a respetar incluso a nuestro peor enemigo. (Un adversario dispuesto a condenarnos al vacío político.) Supongo que el problema de Zapo es su limitada capacidad de ver la realidad tal cual es, y gobernados como estamos por un ciego tonto y malvado, nosotros pagaremos las terribles consecuencias.
En fin, he terminado por divagar y he pasado casi completamente por alto aquello que tenía intención de decir.
Si aludí antes a la potestad de los políticos para ejecutar todo tipo de iniciativas enojosas fue como reacción a la noticia que he escuchado esta mañana en la radio: y es que el alcalde de Bilbao ha ordenado retirar del balcón del Ayuntamiento la bandera nacional tras sólo un día ondeando en el mástil. Y eso me hizo pensar en la obtusa displicencia de tantos políticos, en su abominable desidia, en cómo se desentienden de los compromisos más básicos de cualquier estado decente y respetable. Siento una profunda repugnancia, un odio que hace sacudirse mis entrañas, por todos esos politicastros lerdos e impotentes como viejas madames de burdeles de lujo... cerdos bien vestidos y aficionados a los canapés que rezongan, se rascan las espaldas y ríen como chiflados... mientras los exaltados del nacionalismo hacen de las suyas una y otra vez, impulsados por el resorte de su propia mezquindad, y libres como gorriones porque conocen el estilo español: no hacer nada.
Etiquetas: España, nacionalismo, Zapatero
Javier me pidió la viñeta que yo mencionaba en la sección de comentarios de la entrada Precario equilibrio moral (hoy). Aquí está:
Por cierto que la sección Funnies de Townhall cuenta con un delicioso archivo de humor conservador. Recomendado.
Etiquetas: humor, outer-space, progres
Mi profesor de sociología del instituto era un tipo sobrio y más bien bajo, de poblada barba negra y expresión triste, que hablaba con voz queda y detestaba por encima de todo que los alumnos siseásemos en clase. Yo era una especie de serpiente y raramente lograba detener el cimbreo de mi lengua ni el movimiento de mi bolígrafo sobre la libreta, el principal método que mi compañero comunista radical y yo empleábamos para comunicarnos. Pero la verdad es que este asunto nunca me causó demasiados problemas, y se convirtió en una especie de dogma que yo era el alumno predilecto de aquel instructor. Tal vez. Pero debo reconocer que ninguna otra asignatura me influyó e interesó jamás tanto como la sociología impartida por un profesor inflexible y, según sentía yo en ocasiones, completamente indiferente, como si su exigencia de silencio no fuera más que una pose destinada a conferirle carácter humano. (De repente me vienen a la memoria las dos sociólogas con las que me vi obligado a lidiar durante mi primer año universitario, una flácida izquierdista y una hosca imitación de Kathleen Turner.)
En fin, el profesor nos explicó en cierta ocasión que los hispanos emigrados a Estados Unidos habían empezado a exigir en determinadas áreas del país que las clases se impartiesen en español, petición que a mí me dejó perplejo. Pero el profesor debió pensar que nosotros nos sentiríamos inclinados a darles la razón a los hispanos, de modo que se apresuró a trasladar la situación a la sociedad española. ¿Seríamos favorables, nos preguntó, a conceder la misma indulgencia a los marroquíes que estudian en nuestros colegios?
No guardo el recuerdo específico de haber respondido a aquella cuestión, pero supongo que lo hice. Por aquella época yo interpretaba el papel de «cerdo capitalista», lo cual era una reducción absurda, casi pueril, de mis verdaderas convicciones políticas y morales, pues yo siempre he sido un conservador. (Precisamente la sociología contribuyó a limar mi perfil reaccionario, que cedió paso a una especie de áspera comprensión de las libertades ajenas, por así definirlo.) Me figuro que en aquel momento mi corazón debía de estar galopándome en el pecho, embistiendo contra las paredes del tórax como un animal enfurecido. A diferencia de mi colega comunista, yo nunca he llevado bien experimentar en mi propia carne la máxima «de fuera vendrán, que de tu casa te echarán». Por no llevar bien, ni siquiera me siento motivado a reconocer el derecho de los marroquíes a acceder a España. No tiene nada que ver con el racismo, por supuesto --qué precisión tan tonta--, sino con la respuesta que ofrezcan a la siguientes preguntas: ¿apoya usted el terrorismo islamista? ¿Apoya usted la soberanía española de las ciudades de Ceuta y Melilla? Soy gay, ¿desea usted colgarme de una grúa?
No es preciso que diga que encuentro repulsiva la idea de que el dinero español se invierta en educar en idiomas no oficiales --el árabe lo será a no mucho tardar--, y absurda la posibilidad de que un extranjero, en lugar de comportarse respetuosamente y adoptar los hábitos nacionales, se muestre descarado y arrogante y de lecciones de lo que nosotros debemos hacer en nuestra propia casa. Me irrita esa falta de humildad. Siempre he pensado que el delito cometido por un extranjero es doblemente grave: a la infracción legal se le suma la desconsideración moral.
Durante los últimos meses he leído algunos artículos y columnas en los que los autores se lamentaban de la insolencia de los inmigrantes ilegales que se manifiestan en Estados Unidos enarbolando orgullosamente las banderas de sus países de origen. Caray, hace cincuenta años a eso se lo hubiera considerado la avanzadilla de una invasión y toda la gente de bien se habría levantado en armas para detenerla. Por llevarlo al extremo, así fue como Marruecos se apropió del Sahara.
Sugería Oriana Fallaci, símbolo de la perfidia fascista blanca en el beatífico imaginario izquierdista, que los extranjeros no habrían de acceder tan fácilmente al derecho al voto en los países de destino. He reflexionado sobre ello y me siento inclinado a darle la razón. Me figuro que cualquier progre se sentirá cómodo definiéndome como un fanático de las fronteras: bueno, me gustaría que así fuera. Tienden a equivocarse, y ahora se equivocarían de nuevo, lo cual le proporciona a uno una cierta paz de espíritu. A pesar de todo, pensaría yo, las cosas siguen estando como siempre. Por lo menos no han empeorado.
Hace un par de semanas leí una columna verdaderamente magnífica escrita por Larry Elder y reproducida en Libertad Digital. En ella, un inmigrante idealizado firmaba una carta en la que sostenía su postura respecto a su calidad de recién llegado. La lástima es que en la realidad esas cartas no se leen. Determinado tipo de inmigrantes se sienten cómodos en su papel de víctimas: proceden de países pobres y nosotros somos los responsables de esa miseria. Ni siquiera puede culpárseles con justicia de los delitos que cometen, pues han sido empujados por nuestro egoísmo e incomprensión. Y es que no basta con que los medios de comunicación se hayan zambullido en esa fosa séptica que consiste en ofrecer una imagen benigna tanto de los inmigrantes honrados como de los inmigrantes ímprobos. Supongo que, para encajar en esta nueva sociedad multicultural, a todos nos conviene asumir neutralmente que el hombre blanco está pagando por sus pegados, que se está diluyendo en un maravilloso magma donde cada calle tiene ciudadanos subvencionados de todos los colores. ¿Por qué no? Es importante contar con algún vecino islamista, incluso si se da el caso, Dios no lo quiera, de que ese vecino islamista, junto con el vecino islamista de tu primo, deciden que no soportan por más tiempo la opresión a la que los sometemos, y que protestarán prendiendo fuego a cuanto vehículo encuentren. Estoy pensando en Francia.
Desde niño he deseado vivir en Estados Unidos, pero si me animo a llevar a cabo ese proyecto más me vale realizarlo lo antes posible, o puede que para cuando descienda del avión, ya no quede nada de la tierra prometida que siempre soñé.
Etiquetas: inmigrantes, islamismo, izquierda, progres
The truth is that Mozart, Pascal, Boolean algebra, Shakespeare, parliamentary government, baroque churches, Newton, the emancipation of women, Kant, Marx, and Balanchine ballets don’t redeem what this particular civilization has wrought upon the world. The white race is the cancer of human history.
Susan Sontag justificando el racismo. Tom Wolfe le respondió.
Se trata de "una oda a la lucha de la mujer por la vida". Es Caótica Ana, la nueva película con la que el director vasco Julio Medem pretende homenajear a su hermana, que falleció en un accidente de tráfico en el año 2000, y a todas las mujeres que se rebelan "contra la tiranía del hombre blanco".
En ABC. Julio Medem, delimitando.
Etiquetas: citas, outer-space, progres
Los tiempos modernos nos han conferido la libertad de manifestar nuestras opiniones sin temor a que nos apliquen el tipo de represalias que aparecen en la sección de sucesos de los periódicos. Sin embargo, contar con la oportunidad no era suficiente, pues los principales canales de comunicación seguían estando en manos de La Élite, gente elegantemente vestida --cuando iba vestida-- que, según mis sospechas, no tenía un interés especial en que las personas hablasen demasiado.
Pero la llegada de Internet nos proporcionó las herramientas necesarias para expresarnos en plena grandeza: ahora incluso sabemos que el porno es lo único importante en esta vida. Todos somos lo bastante desvergonzados como para despreocuparnos de las limitaciones de nuestra gramática, de nuestra inclinación a la pedantería y de las normas de cortesía más elementales, y equipados con un ordenador y un módem, damos el salto a la piscina de lo que podríamos denominar «el parque acuático de las opiniones libres», un centro público maravilloso, lleno de toboganes y lagos artificiales y fuentes y piñas coladas en donde... bueno, en donde podemos mover la sin hueso como si la supervivencia dependiese de ello.
No obstante, los problemas de siempre no han pasado a mejor vida; de hecho, siguen tan presentes en nuestra vida cotidiana como los envases de leche y los teléfonos móviles.
Estoy pensando en lo sencillo que resulta ofender a las personas que se mueven a nuestro alrededor, y lo mejor de todo es que estas personas se sienten agraviadas incluso cuando carecen de motivos para hacerlo. Hoy día, la ofensa flota en el aire lo mismo que las partículas contaminantes y el griterío de los niños que juegan al fútbol.
En este sentido Internet es como los coches: cuando nos subimos en uno y aferramos el volante, ¡nos convertimos en auténticos súper hombres! ¡Abrid paso, puedo arrollaros! ¡Tengo conexión de banda ancha y muy malas pulgas, apartaos!
Así que para evitar meternos en charcos demasiado profundos debemos movernos como en un campo de minas. Cuando menos te lo esperas, un explosivo con rostro de homosexual te grita «homófobo» sin dejar de blandir la revista Zero frente a tu cara, o una chica con problemas de obesidad te acusa de machista recalcitrante porque se te ha ocurrido decir alguna inconveniencia. Para evitar este tipo de conflictos conviene renunciar a expresar las propias convicciones con demasiada fuerza, pues en caso contrario te arriesgas a que algún sectario te cuelgue del cuello el sambenito de fascista. Esto me recuerda cierta ocasión en un blog homosexual. El autor del post que los visitantes estábamos comentando mencionó que, en su opinión, todas las religiones eran fruto de una fantasía, una especie de indulgencia a la que los débiles recurríamos para abordar la mortalidad. Puede decirse que soy un hombre religioso, y ciertamente mi cristianismo es mucho más que una adscripción sociológica, de modo que me propuse responderle conciliadoramente. Le dijo que, ey, tío, en eso casi estamos de acuerdo: todas las religiones son una milonga, desviaciones de la verdadera Realidad Trascendente, pues ésta se materializa exclusivamente en el cristianismo. De modo que el autor del post salió de su caseta y se puso a ladrar como si yo hubiese tratado de robarle el hueso del almuerzo. Digamos que no me dejó en buen lugar, aunque desde luego la respuesta que yo le di a continuación no le dejó en buen lugar a él, pero a lo que voy: el muchacho había constituido su derecho a despreciar todas las formas de la fe, pero mi propia reflexión, la de que una religión era cierta entre todas las demás, lo sacó de sus casillas y me convirtió en una especie de exaltado.
Esta noche me vino a la memoria cierta polémica suscitada por una entrada que publiqué en el mes de febrero pasado. En dicha entrada yo ofrecía una opinión muy poco favorable sobre los cuartos oscuros, ya me entendéis, ese tipo de salas sin luz donde algunos varones gays acuden para practicar sexo con desconocidos. No me malinterpretéis: yo respeto eso. No es que sienta deseos de prohibirlo: francamente, no me interesa. Si esos centros tienen clientes, pues bien, que se reúnan y copulen como les venga en gana. Incluso pueden hacerlo sin tomar precauciones. No es mi negocio. Mas en ningún momento he renunciado a tener una opinión moral sobre ese hábito, y no tengo intención de hacerlo ahora.
Ni que decir tiene que un lector abandonó por un momento lo que quiera que estuviese haciendo y me acusó de ofensivo e irrespetuoso: adoptó una cómoda posición equidistante y, tras tildar de memos mis argumentos, explicó que todos seríamos un poco más felices si dejásemos de juzgar a los demás. Reflexión que me hace preguntarme si la felicidad no será una discoteca situada más allá de la ética. Lo interesante es que otro lector del blog se dejó ver también y dio toda la razón al primero, sugiriéndome que mi opinión podía resultar insultante. ¡Me estaba pidiendo que cerrase el pico... o por lo menos que moderase mi lenguaje... para que los usuarios de cuartos oscuros no se sintiesen disgustados! Reduciéndolo a su esencia más pura, lo que se me pedía era no sólo que aceptase pasivamente esa conducta, sino que renunciase a mis convicciones morales con respecta a ellas. Harvey Mansfield lo decía así en un artículo publicado por The Weekly Standard:
But today the tolerant are expected not merely to tolerate evil but also to stop thinking of it as evil.
Y ésa es la clave: no se trata de aceptar comportamientos desviados, sino sencillamente que debemos dejar de considerarlos desviados. ¿El riesgo de resistirte a hacerlo? Bueno, no sé: claro que yo soy tan sólo un homófobo machista y fanático religioso. ¡Cuidado, que voy!
Etiquetas: conservadurismo, gay, outer-space
Fue muy curioso: la primera vez que leí un libro de P.D. James, decidí que no le daría una segunda oportunidad. Claro que mi palabra no vale absolutamente nada, de modo que al cabo de un tiempo compré un ejemplar en edición de bolsillo de otra de sus novelas, y la entrañable reina de la novela negra se convirtió en mi segunda escritora favorita, por detrás sólo de Tom Wolfe.
Sigue en CabezaBorradora.info.
Durante los últimos años, cuando una especie de paz nacional se impuso en nuestro país en lo concerniente al terrorismo... cuando todos reconocimos la dignidad de las víctimas y la vacuidad moral de ETA... cuando el PSOE interpretaba todavía el papel de combatiente por las libertades... a mí solía sorprenderme que en el pasado las cosas hubieran sido de otro modo. Por aquella época las familias de los muertos y los heridos sumaban a su dolor la vergüenza social de llevar en sus venas la misma sangre que un condenado por ETA, lo cual me hace suponer que, a juicio de toda esa gente, la banda terrorista vasca poseía alguna cualidad benéfica. Algo habrá hecho: polis, políticos, transeúntes. Ése es un buen motivo para sentirnos avergonzados los españoles, pensaba yo, estupefacto por la iniquidad que se había instalado en España durante tanto tiempo.
Cuando me hice consciente de que existía algo llamado política, las cosas ya habían comenzado a mejorar, de modo que tuvieron que recordarme que el pasado no fue igual de justo.
El secuestro de Miguel Ángel Blanco suscitó una fuerte reacción entre los españoles, quienes nos echamos a las calles para exigir su liberación y el fin de aquel chantaje. Una compañera de instituto me escribió una carta en la que decía que había sido aquélla una de las escasas ocasiones en que se había sentido verdaderamente orgullosa de ser española. Yo respondí que estaba de acuerdo, que la fervorosa explosión de la voluntad popular había sido lo bastante conmovedora para hacerme saltar las lágrimas.
Terrible engaño.
Tiempo después, otra compañera de instituto afirmó en clase que la sociedad había sido manipulada durante el secuestro, tortura y asesinato del concejal popular. No precisó los detalles de la presunta manipulación. La chica era una comunista hija de comunistas. Un segundo compañero, también fieramente rojo, defensor de Castro y de las dictaduras soviéticas, solía mostrarse bastante indulgente con respecto a los etarras. ¿Escribí «indulgente»? Lo suyo era puro activismo proterrorista. Luego estaban aquellos otros comunistas, a quienes yo conocía muy de cerca, funcionarios del Ayuntamiento municipal en algún caso, que compartían siseantes llamadas telefónicas cada vez que ETA cometía algún crimen: los asesinatos motivaban las mejores sonrisas.
No sugiero que todos los comunistas piensen así, pero sí que, según sé, no pocos sufren esas inclinaciones sanguinarias. Castro, Stalin, sus fusileros os observan.
Con el paso de los años las cosas se fueron aclarando. El engaño que mencioné líneas atrás, quiero decir... el baile de máscaras llegó a su fin y las caretas se fueron retirando... así, muy bien. Bajo los rostros de caimán, ojos de sapo. Pensé que la monstruosidad había empezado a manifestarse en obscena procesión. Tras las masacre del 11M, un golpe de viento hizo darse la vuelta a los naipes desplegados sobre la mesa, y las primeras justificaciones indirectas del terrorismo empezaron a sonar. La culpa es del PP, sostenían, ellos nos han puesto en el punto de mira: ¿cobardía o pretexto? El PP les había dado una razón. Ergo el terrorismo tiene sus razones. Y muchísimos españoles las comprenden.
Luego llegó Zapatero, cuya sonrisa de payaso cautivó a millones de personas. Es tan guapo, aseguraban. Tiene tanta calidad humana. Tanta grandeza. Es bueno. Todo eso mantienen.
No me siento nada cómodo admitiendo que se puede negociar con los terroristas, pero ofrecerlo todo a cambio, permitir a las bestias llevar la iniciativa, hace que me tiemble el pecho. Y Zapatero contó con múltiples apoyos. Todos los ojos de sapo se confabularon graciosamente para alentar al beato presidente.
------
Este fin de semana he asistido a una reunión familiar que celebramos anualmente: los tíos y los primos nos congregamos para beber cerveza, comer carne, reír, cruzar conversaciones, saborear un whisky que hace arder cuerpo y alma y comprobar que todos seguimos vivos, algo maravilloso.
De alguna forma salió a colación Zapatero. Entre los hombres, apiñados en torno a la barbacoa de hierro, ninguno lo apoyaba. Me sorprendió y me alegró; me gustaron todas aquellas muestras de desprecio.
Etiquetas: España, terrorismo, Zapatero
Los articulistas españoles suelen adjetivar al movimiento de derechas nacional como «liberalconservador», en alusión a esa especie de pacto de intereses que se ha firmado entre quienes defienden el libre mercado por un lado, y los conservadores sociales–religiosos por el otro. Todos sabemos que muchísimos conservadores son partidarios del comercio sin restricciones, y conocemos también que no pocos liberales abogan por el aborto libre, eutanasia a precio de saldo y ese tipo de cosas que a los cons nos ponen los vellos de punta. Algunos de ellos incluso se animan a promover la creación de un partido político que los represente. Es de suponer que dicho partido nacería fruto de una escisión del PP, grupo parlamentario que aglutina desde a miembros del Opus Dei hasta a traidorzuelos PSDN (populares solo de nombre).
Me hago una idea de la clase de emociones que deben de experimentar los liberales radicales --llamémoslos así-- cuando se encuentran en compañía de quienes ellos consideran los carpetovetónicos, católicos más bien rancios y poco divertidos que defienden con obcecación los valores tradicionales, es decir, cierto tipo de principios que pasaron a mejor vida hace ya mucho tiempo. Este tipo de liberales adopta a menudo una actitud condescendiente con respecto a nosotros, los conservadores, y se sienten satisfechos cuando se les presenta la oportunidad de mostrarse equidistantes: los conservadores somos tan peligrosos para las libertades civiles... sí, eso he dicho, libertades civiles... como los izquierdistas. Igual de ofuscados que los rojos, arropados por una fe escasamente ilustrada, los conservadores exigimos cosas como que TVE no proyecte imágenes pornográficas con dinero público, algo así. Los conservadores somos tan terribles como inquisidores envasados en cámaras de hibernación y descongelados y dispersados por el mundo gracias a la vieja astucia de la Iglesia de Roma.
Personalmente me encuentro en una situación todavía más comprometida. Despreciado por la izquierda como agente del diablo capitalista, por los liberales sociales como conservador, por determinado tipo de gays resentidos como homosexual vendido al bando opositor, por algunos conservadores que no llevan nada bien la compañía de un varón capaz de [amar] practicar sexo con otro varón... dos penes en la misma cama... diablos, eso con un poco de suerte; normalmente fornicamos en grupos de quince sátiros adictos al sexo... Bien pensado, se me ocurre que debería abastecerme con latas de atún suficientes para varios años y con algunas herramientas de supervivencia, y fugarme a las profundidades del bosque para vivir una existencia de ermitaño.
Lo interesante es que en España los conservadores solemos colgarnos de la solapa el pin de Liberal para evitar reconocer públicamente lo que de verdad somos, es decir, fanáticos papistas de mil tentáculos. En los párrafos anteriores me he permitido introducir algunas ironías para describir la opinión tan poco favorable que los liberales políticos tienen de nosotros, pero me he privado de manifestar la imagen mental que de ellos me he formado. No puedo decir que resulte muy caritativa, así que debería avergonzarme de ella, claro está. Dejémoslo en que me inspiran lo que podría denominar un ominoso desinterés, una falta de curiosidad reforzada por la suspicacia: prefiero no tratar con ellos, aunque por supuesto me veo forzado a hacerlo. Ellos nos necesitan y nosotros los necesitamos, aunque ni los unos ni los otros hemos logrado forjar lo que consideramos nuestras sociedades ideales: el multicéfalo PP nos ha frustrado a todos con una alegría de vivir tan festiva como un tablao flamenco de lo más profundo de Sevilla.
Hace unos minutos dediqué un rato a leer por encima los posts de un republicano estadounidense opuesto al aborto que, sin embargo, sacaba provecho de que esa práctica está legalizada y justificaba que el Estado sufragase las costas de la extirpación del bebé. De este modo, argumentaba el muchacho, las arcas públicas se ahorrarían los millones de dólares que de otra forma se invierten en alimentar, educar y, en resumidas cuentas, en mantener con vida a un ciudadano. A mí la propuesta del autor me pareció como un perro sucio jugando encima de las sábanas recién lavadas. Hace tiempo me pregunté aquí en Neoconservador.com si cabía la posibilidad de ser un antiabortista moderado, pues ¿cómo abstraerse de lo que uno considera un asesinato? Pero, ahí lo tienes, hombre: el bloguero americano ha hallado una solución de consenso: el aborto es un crimen moral, pero dado que a todos se nos exige obediencia a las leyes, seamos prácticos. No le veo mucho sentido --de hecho, me parece perverso; esta palabra se utiliza tanto que ha perdido todo su significado, pero me gustaría que, al menos por una vez, se interpretase por su significado original--, no le veo mucho sentido, decía, pero eso me hizo pensar que los derechistas formamos una asociación tan compleja como los circuitos de un ordenador. Está claro que nos vemos obligados a luchar contra un adversario común, pero ¿qué sucedería si un día el enemigo se fuese al infierno, como todos deseamos, y tuviésemos que vernos las caras los mismos que una vez combatimos en bandos aliados? Incapaz de ofrecer una respuesta, empiezo a afilar los sables: ya casi oigo el fluir de la sangre.
Etiquetas: conservadurismo, liberalismo
El siempre macabro Stephen King demostró su habilidad para actualizar y barnizar de un matiz cotidiano los relatos de horror clásicos con El misterio de Salem’s Lot, novela con la que aprovechó la magnífica oportunidad que se le brindaba de extirpar al conde Drácula de los escenarios victorianos en los que Bram Stoker lo había situado, y suturarlo en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. El resultado fue, según recuerdo --presté mi ejemplar y jamás me lo devolvieron, de modo que nunca lo he releído--, espectacular.
Sigue en CabezaBorradora.info.
Etiquetas: literatura, outer-space