Publicado el sábado 22 de septiembre de 2007 a las 13:53 || Permalink

Mientras escribo -- Stephen King

Sobre Mientras escribo, de Stephen King:

Suele ocurrir que las vidas vividas por las celebridades resultan mucho más interesantes a ojos del público que las mismas vidas vividas por un don nadie. La fama reviste la existencia de quienes la disfrutan de un aura de sofisticación a la vez terrenal y espiritual (por poco sentido que esto tenga). Ocurre lo mismo con la belleza física: el rostro que en mitad de la calle apenas motiva una segunda mirada, se vuelve tan apuesto que le hace a uno sentirse irresistiblemente atraído cuando se proyecta en el televisor o encima de un escenario. De idéntica forma, un hecho aparentemente prosaico cobra una importancia inusitada cuando ha intervenido, aunque sea sólo de un modo circunstancial, en la vida de un escritor, por poner un ejemplo.

Mientras escribo, el libro de Stephen King que tengo encima de la mesa en este momento, es una magnífica biografía trufada de buenos consejos sobre el difícil oficio de escribir. [Sigue aquí.]

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Publicado el viernes 21 de septiembre de 2007 a las 11:53 || Permalink

En el espacio exterior

Sobre El periodismo canalla y otros artículos:

Leyendo los artículos de Tom Wolfe recopilados y publicados en varios volúmenes a lo largo de los últimos tiempos, uno tiene la impresión de que se encuentra a bordo de una cápsula del tiempo que le permite transportarse en cuestión de segundos desde la década de 1960 hasta los primeros años del siglo XXI. Y es que el escritor de blanco ha sido siempre el gran cronista de América, uno de esos raros ejemplares de escritores equipados con todos los instrumentos necesarios tanto para observar la sociedad --la presente, la pasada y la que se aproxima --, como para analizarla con lucidez y a continuación dejar constancia de ella por escrito. También en esta última fase Wolfe es un maestro, un astuto demiurgo de la recreación sociológica, como demuestran sus legendarios reportajes --El coqueto aerodinámico color caramelo de ron , por ejemplo-- y sus tres novelas editadas hasta el momento: La hoguera de las vanidades, Todo un hombre y Soy Charlotte Simmons. [Sigue aquí.]

Sobre La casa infernal:

El prócer de la industria editorial Rolf Rudolph Deutsch está postrado en cama a la espera de que la Descarnada venga a cobrarse su vida. Tiene cáncer y sus expectativas de vida se reducen a días. Sin embargo, antes de exhalar el último aliento desea conocer la respuesta definitiva a una vieja pregunta: ¿existe vida después de la muerte? Para recibir contestación a esa inquietud inmortal contrata los servicios de uno de los más reputados especialistas estadounidenses en fenómenos paranormales, el escéptico Lionel Barrett. Deutsch lo reclama en su aposento y le ofrece una gran suma de dinero a cambio de que resuelva el enigma sobrenatural, tanto si la respuesta es afirmativa, como si concluye que la muerte marca el final de la existencia humana. Cuando Barrett acepta la oferta de trabajo, que deberá realizarse en la Mansión Belasco, la única casa encantada que se ha resistido a todos los intentos por desacreditarla practicados hasta el momento, Deutsch le informa de que otras dos personas lo acompañarán durante su estancia en el terrible edificio: Benjamín Franklin Fischer, ex celebridad del mundo de la parapsicología y superviviente de un dramático experimento previo en la Mansión Belasco; y Florence Tanner, médium. Además, la esposa del doctor se incorpora finalmente a la expedición. [Sigue aquí.]

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Publicado el jueves 20 de septiembre de 2007 a las 14:48 || Permalink

El cerdo una trampa sembró, II

[Primera parte del post, aquí.]

–Finalmente todo quedó reducido a dos cartas –dijo ella–. Insistían en que, en lugar de llamar a la pizarra «tablón negro», la llamara «tablón de tiza». Todo se había reducido a las palabras «negro» y «tiza». No podía creer, y sigo sin podérmelo creer, que una persona sensata, cualquiera que sea el color de su piel, pueda poner objeciones a la designación de «tablón negro». Es un tablón y es negro. La palabra negro en sí no puede ser ofensiva. Yo he llamado así a ese objeto toda mi vida, así que no veo por qué han de obligarme ahora a modificar la manera de hablar mi propia lengua.

P.D. James, Intrigas y deseos.

El gran triunfo, y al mismo tiempo la principal ventaja con que cuentan los marxistas culturales y en general los izquierdistas en toda sus variantes fue persuadirnos de emplear las armas de su elección. Como escribí ayer, se infiltraron en la sociedad a través del sensible costado de la cultura, esa amalgama abstracta e impenetrable de ideas en la que casi cualquier cosa es posible, o por lo menos lo parece. Lo que quiero decir es que resulta muy difícil convencer a un ciudadano de que renuncie a las comodidades materiales a las que se ha habituado, y que son fruto del progreso capitalista, mientras que embaucarlo haciéndole creer que determinada idea artística es digna, incluso sublime, es una tarea muchísimo más sencilla. Después de todo, el arte es un concepto demasiado alejado de la vida cotidiana de la mayoría de las personas, y los supuestos artistas modernos están tan convencidos de que la porquería que producen tiene algún mérito, que uno apenas encuentra fuerzas suficientes para llevarles la contraria. Siempre pienso en un tipo al que conocí, pero cuyo trato perdí hace ya varios años, un muchacho larguirucho y desprovisto de energía vital que hablaba con una voz sorprendentemente grave y siempre parecía sumido en profundas meditaciones interiores. Pues bien, era un sibarita del Arte, una de esas personas con un sentido refinado y a un tiempo pedante de la belleza. El chico sostenía, para mi alborozo, que ni siquiera haría el esfuerzo de cruzar una calle para meterse en uno de esos museos modernos donde las escobas clavadas en un mazacote de materia fecal se considera arte. Si debo ser honesto, yo nunca he tenido ni la más remota idea de las disciplinas plásticas, así que me limito a reaccionar naturalmente a los estímulos que recibo; y mientras las abstracciones me producen tedio, incluso desconfianza, las pinturas antiguas me conmueven. Puede decirse que mi instinto es también mi premisa.

El problema reside en que mi conocido era considerado una especie de paria reaccionario en su facultad, y de vez en cuando se citaba a escondidas con una profesora para discutir lo que ambos consideraban verdaderamente Arte, Velázquez y etcétera. Los demás alumnos, decía mi colega, se correspondían con el tipo de esnob y falso excéntrico retratado en aquel episodio de Los Simpsons en el que Homer se convertía accidentalmente en escultor. Pero los demás alumnos, los esnobs, eran mayoría, y la verdad se había impuesto con tal determinación en la facultad, que todos los esfuerzos por abrir un debate intelectual estaban abocados al fracaso. Permitidme reproducir algunos párrafos extraídos de El periodismo canalla y otros artículos, de Tom Wolfe:

Frederick Hart murió a la edad de cincuenta años, el 13 de agosto de 1999, dos días después de que un equipo médico del hospital Johns Hopkins le diagnosticara un cáncer de pulmón. De esta forma repentina concluyó uno de los episodios más extraños de la historia del arte del siglo XX. Cuando contaba poco más de veinte años, Hart se propuso, consciente y deliberadamente, recuperar la suprema tradición de la escultura occidental, lo consiguió con asombrosa facilidad y acto seguido se volvió invisible, igual que el hombre invisible de Ralph Ellison, que era invisible «simplemente porque la gente no quería verme».

[...] Hart estaba tan abstraído en su «triunfo» que no sabía prácticamente nada del mundo del arte en los ochenta. De hecho, el mundo del arte existía sólo en Nueva York, y no era exactamente un «mundo», en la medida en que ese término involucra a un gran número de personas. En el único estudio sociológico sobre el tema, The Painted Word [presumo que se trata de La palabra pintada, del propio Tom Wolfe] el autor calculaba que el «mundo» del arte estaba compuesto por unas tres mil personas, entre galeristas, comerciantes,, coleccionistas, estudiosos, críticos y artistas. Incluso en los puntos más remotos del país, los críticos de arte estaban perfectamente satisfechos con su papel de sumisos propagadores del mensaje que recibía de Nueva York. Y el mensaje era que la escultura de la escuela renacentista, como la de Hart, no podía considerarse arte.

Las revistas especializadas abrieron los ojos de Hart hasta colmarlos de perplejidad. Las esculturas clásicas eran «imágenes en el aire». Utilizaban un truco artero, la --habilidad-- para engañar a la vista y sugerir al espectador que el bronce o la piedra se habían transformado en carne humana. En consecuencia, eran artificiales, falsas, ostentosas. En 1982, ningún artista ambicioso se habría atrevido a demostrar habilidad, suponiendo que la tuviera. Los grandes escultores de la época se aplicaban en grandes proyectos como dirigir a un grupo de payasos sindicados que alineaban piedras o ladrillos en el suelo, objetos que ellos, los artistas, jamás habían tocado (Carl Andre); o vertían hierro fundido en los bordes del suelo de una galería (Richard Serra); o sacaban tubos fluorescentes directamente de la caja de la ferretería y los disponían de una forma u otra (Dan Flavio); o soldaban vigas y trozos de metal (Anthony Caro) [y Homer Simpson, nota del blog]. Todo esto expresaba la verdadera naturaleza del material, su «gravedad» (nada de imágenes de piedra flotando en el aire), su «objetualidad».

Era la genialidad hecha escultura. Como dijo Tom Stoppard en su obra Artist Descending a Staircase: «La imaginación sin destreza nos ha dado el arte contemporáneo».

De acuerdo, si transcribo una sola palabra más es posible que los abogados de Ediciones B empiecen a ladrarme, morderme y sacudirme como a un trozo de carne correosa.

Saco a colación este tema porque ha llegado el momento de que extraigamos nuestros valores del maletín de las vergüenzas y pongamos al descubierto la evidencia. La habilidad, el talento y el arte son cosas diferentes, e incluso si no lo fueran, incluso si admitiésemos por un segundo que aun las peores procacidades producidas por chiflados holandeses son arte, eso no cambiaría nada. El arte es un instrumento de expresión humana tan falible y patético como cualquier otro. Y todo lo humano debe regirse por las mismas reglas a las que nos sometemos nosotros, los propios humanos. ¿De dónde diablos salió la idea, propagada como un virus maléfico que licua y pudre lentamente nuestras entrañas, de que el arte está más allá del bien y del mal, por encima de la moral, exento de juicios espirituales? ¿Debemos transigir frente a la teoría de que las peores fechorías están justificadas si sirven al supremo objetivo del Arte? La idea es demasiado estúpida para tomárnosla en serio, aunque ciertamente no faltan catetos dispuestos a apoyarla. Han sustituido los valores espirituales absolutos por los valores absolutos del arte, aunque ni siquiera ellos sepan muy bien a qué diablos se están refiriendo.

Pero de hecho esto es mucho suponer. Los excrementos de un drogadicto que tan sólo abandona su mugriento loft londinense para agenciarse una raya de coca no son arte. Un crucifijo metido en un frasco de orina no es arte. Es todo lo contrario: Degradación. Donde el arte sublima nuestra naturaleza imperfecta, la eleva graciosamente a niveles de los que sentimos orgullosos, donde el arte nos conmueve mediante flirteos de la realidad y la fantasía, la materia y el espíritu, la corrupción pseudo artística expone lo más pútrido que albergamos en nuestras entrañas, lo menos honorable y más enfermizo de nuestra humanidad, y trata de presentarlo como una insignificancia cotidiana, como si lo peor fuese irrelevante y lo mejor ni siquiera existiese.

Sin embargo, algún diabólico juego del destino ha conferido ventaja a los rojeras kulturales y, tal y como están las cosas, ellos deciden el peso de cada palabra, el valor de los significados. Incluso han determinado el significado del Arte y de expresiones tan jabonosas como las de «libertad de expresión», «libertad de elección», etc. Como decía, han sido ellos quienes han confeccionado y seleccionado las armas con las que luchamos, algunos de los principios sociales con los cuales nos interrelacionamos; desde este punto de vista, ¿qué posibilidades de éxito tenemos? Ninguna, si les seguimos el juego. Muchas, si rompemos la baraja y les arrojamos a la jeta los naipes marcados con los que nos han engañado durante tanto tiempo.

Me viene a la memoria la pregunta que un usuario de elmundo.es le realizaba a un crítico cinematográfico que había escrito una biografía del héroe español Nacho Vidal, un célebre actor porno que hace una temporada recorrió los platoes de buena parte de los programas de televisión españoles. La pregunta de marras, parafraseada, era la siguiente: «¿piensa usted que el cine porno será respetado algún día como lo merece?». El crítico de cine adoptó un hilarante tono beatífico y respondió que ojalá los españoles reconsiderásemos nuestra actitud con respecto al porno, como si la obscenidad fuera en realidad un bien cultural largamente oprimido por el rancio moralismo cristiano. Pues bien, ese mismo tipo es el responsable de ilustrarnos sobre la calidad de las películas, sobre el valor moral que poseen, sobre lo que merece la pena y lo que no. ¡Nada menos que un hombre convencido de que el porno debería empezar a ser respetado como una... sí, como una expresión artística!

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El episodio del templo católico transformado por los políticos ibicencos en el museo de los horrores pornográficos constituye un ejemplo perfecto de la hipocresía tanto de los artistas como de los politicastros que los alientan. Y no se trata tan sólo, que sin duda también, de que estos iconoclastas de medio pelo jamás se atreverían a romper las verdaderas normas que nunca se han agraviado --la imaginería islámica, por ejemplo--, sino de que fabrican su falso arte partiendo de premisas falaces.

Hace unos momentos he echado un vistazo a un artículo bastante bobo y complaciente sobre un artista británico vestido de mesa camilla publicado hoy por elmundo.es. El virtuoso de marras, Lindsay Kemp, además de ponernos al corriente de que mantuvo una relación homosexual con el cantante David Bowie, nos explica lo siguiente:

Todos los artistas rompemos las normas, somos inconformistas, sobre todo porque esta sociedad es una mierda.

Habría sido magnífico que precisara a qué normas se refiere, aunque no tuvimos esa suerte. El inconformista se limitó a pronunciar una teoría que nunca antes ningún humano expresó: «la sociedad es una mierda y yo me revelo contra eso». Para ser honesto, debo decir que no entiendo muy bien por qué tiene en tan baja estima a la sociedad; pero quizá sería excesivo exigirle una mayor hondura de análisis. Son artistas, las frases hechas bastan para darse a entender. ¿Cómo casar ese convencionalismo con el instinto ácrata del que presumen? A eso que responda Pérez.

Hasta donde yo sé, los artistas se sienten impulsados a recluirse en ghettos sumamente elitistas, pedantes y esnobs, a elaborar sus propias micro sociedades dentro de las cuales vivir sin trabas demasiado convencionales. Quizás haya llegado el momento de que, tal y como hizo Hart, el malogrado escultor que mencionaba Wolfe, rompan las normas del propio falso arte en el que se hallan sumidos. Quizás haya llegado el momento de que empiecen a realizar trabajos que causen verdadera admiración, que hagan mella en nuestros corazones, y no esa sensación de pasmo y estafa que experimentamos al contemplar la Torre Eiffel envuelta en látex o alguna cosa parecida.

Volviendo a la exposición obscena ibicenca, me asaltan todo tipo de dudas sobre la honradez de los responsables de la misma. La propia concejal de cultura, Sandra Mayans, saltó a la palestra mediática hace un tiempo debido a unas oscuras acusaciones de uso de dinero negro en el PSOE de Eibissa. Por aquella época ostentaba el cargo de concejal de Fiestas. Y es que se trata de una mujer muy festiva, como se puede deducir de sus declaraciones sobre el sucio espectáculo que ampara. Afirma que llevaría a su hijo a contemplar el material expuesto en la galería: la sodomía zoológica, la humillación del Santo Padre Juan Pablo II, la profanación de la figura de Nuestro Señor Jesucristo. Quién sabe, puede que el crío reconociera a su madre retratada en alguno de los collages. Y no es que desee ofenderla, por supuesto: sé muy bien que ella lo considera «lo más natural del mundo».

Afirma también la Mayans, esa chica guapa, decente, virginal, confiable, el tipo de mujer fatal que se deja ver en no pocas novelas negras, que en las Iglesias («y más arriba», lo que quiera que eso signifique) se observan cosas peores que las exhibidas en el museíllo. Lamentablemente la muchacha sigue la estela de Kemps, el ex amante de Bowie, y no entra en detalles. Las iglesias están plagadas de porno, muy bien. Es una teoría clásica que todos aprendimos durante las clases de catecismo. Porno por todos lados, una obsesión salvaje que provoca convulsiones espirituales. Por fortuna, existen todavía personas decentes, ejemplos de honor y dignidad, como la Mayans. Una concejal a la que, ni en lo más oscuro de mi rencor, relacionaría jamás con el porno. A ella no.

Es divertido escuchar a toda esa patulea de enfermos mentales, así, en abstracto, animales despojados de moral, exigir respeto. Sin embargo, ¿qué hay de nosotros, de quienes experimentamos a Jesucristo como un órgano más de nuestro cuerpo, como una parte fundamental de nuestro espíritu? ¿Qué hay del derecho a la dignidad que arropa a todas las personas, incluyendo a Juan Pablo II?

Creo sinceramente que la hipocresía se ha inflamado tanto que se encuentra al límite del punto de ruptura, al borde del colapso. Hemos sido pacientes durante demasiado tiempo. Ardo en deseos de pasar a la acción.

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Publicado el miércoles 19 de septiembre de 2007 a las 12:42 || Permalink

El cerdo una trampa sembró, I

A menudo menciono en el blog las relaciones que he mantenido a lo largo de mi vida con diversos izquierdistas, pues nada más eficaz para ponerlos en evidencia que desplazar a un lado toda la teoría anticomunista y colocar sobre el expositor un ejemplar del verdadero rojo: la ventaja no es sólo que una imagen vale más que mil palabras, según dicen, sino que los comunistas tarde o temprano se muestran siempre tal y como son. Diríase que sucumben a la pesada gravedad de su paranoia. Me figuro que se sienten incapaces de disimular el ímpetu genuinamente fascista que albergan en sus entrañas, y tarde o temprano, más temprano que tarde, empiezan a delirar abiertamente sobre la conveniencia de erradicar el capitalismo, la Iglesia y los agentes opresores mediante métodos violentos: ¡y es que resulta tan difícil aplacar el instinto revolucionario! Creo que tan sólo los necios y los predispuestos para ser embaucados se dejan seducir a estas alturas por los cantos de sirena de los seguidores de Castro, de Lenin, de Marx, de Chaves, etc.; los demás saben reconocer la monomanía histérica que sacude el alma (o el no–alma) de los commies en cuanto a estos les empieza a temblar la voz y una pasión malsana se manifiesta en sus ojos.

Recuerdo cierta conversación que mantuve durante el instituto con uno de mis compañeros de clase, un chico encantador pero bastante flácido que sostenía que llegados a este punto de la historia ya no tiene sentido preocuparse por la amenaza comunista. Pero mucho me temo que el muchacho había cometido un error de terrible magnitud al utilizar aquel argumento: los rojos, pese al papel infame que Llamazares y los de su calaña interpretan en la vida política española, han depurado y perfeccionado el instrumento de corrupción social que han venido usando durante las últimas décadas: el de la propaganda en todas sus variantes. Desde el cine, por ejemplo, y desde luego también desde la televisión. Existen asimismo aquellos comunistas organizados en asociaciones cívicas, generalmente incendiarias, que se arrogan una alta dignidad moral y catalizan las frustraciones y el deseo de justicia que sienten amplios sectores de la sociedad.

La expresión marxismo cultural alude al modo en que los rojos se han infiltrado en el mundo Occidental a través del flanco más blando y desprotegido, el de la educación, tanto la artística como la académica. Son ellos los que determinan qué cine es bueno y de qué cine podemos prescindir: el primero suele retratar familias disfuncionales, el lado menos benéfico del capitalismo, los errores óptimamente aumentados de la Iglesia católica, y así hasta que han carcomido como termitas las estructuras más íntimas de la sociedad occidental. La argucia ha consistido siempre en fracturar las herramientas de cohesión y de transmisión libre de valores, esto es la familia, y los métodos de promoción de los principios absolutos, aquellos sobre los que se asienta toda moral sólida, esto es la religión.

En realidad todos estos elementos, buena parte de las noticias más escabrosas y las modas más procaces a las que somos expuestos a través del cine, la televisión, la educación universitaria, las revistas y no pocos libros de ficción no son más que facetas aisladas de un gran fenómeno global, el del gusano que se arrastra bajo la superficie de nuestras vidas devorando las estructuras cívicas elementales, es decir, aquellas piezas sin las que no es posible desarrollar una civilización capacitada para sobrevivir a sí misma y a las presiones externas.

De todos ellos, quizá sea el relativismo el instrumento disuasorio más poderoso que ha caído en manos de la bazofia roja. A fin de cuentas, resulta imposible defender ninguna teoría, ningún modelo de vida constructivo, si llegamos al punto ciego en que no tenemos más que vacío, ninguna referencia prístina a la que aferrarnos. El problema reside en que «todos» hemos terminado por caer en la trampa, o dicho de otro modo, hemos acatado sus reglas de juego. Volar por los aires la gran impostura del relativismo, y de todas sus falaces leyes, es en este momento una cuestión de vida o muerte. Faltos como estamos de convicción en nuestras propias capacidades, de confianza en la dignidad intrínseca de nuestros principios, somos carne de cañón para los fanáticos, tanto en el caso de los comunistas culturales, como en el caso de esa otra creciente e ilimitada amenaza: el islamismo radical.

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Se me ocurre que la deformación del arte puro, es decir, aquél capaz de conmover el espíritu de los seres humanos mediante los estímulos armónicos de la pintura, la escultura, la música, la literatura, etc., no es más que otro ejemplo de los ardides que los decadentes emplean tanto para cuestionar la Gracia humana, como para romper en mil pedazos el sentido tradicional de la pureza. La obscenidad en el arte, la ofensa religiosa, es una de sus manifestaciones. No la única.

Creo que fue en marzo pasado cuando se desató el escándalo de las fotografías pornográficas de escenas bíblicas en un museo extremeño subvencionado por el gobierno de Ibarra. El autor de las instantáneas, un mercader sin talento y con evidentes disfunciones morales, se complació en llamar arte a la porquería infantiloide nacida de su escaso ingenio y menor sensibilidad espiritual. Posiblemente se trata del tipo de hombre con una visión tan distorsionada de la sexualidad que nunca podrá disfrutar íntegramente de ella. Además de repulsión, el hombre causa una cierta pena.

Sin embargo, este caso no responde a un fenómeno nuevo. Los símbolos sagrados del Cristianismo han sido ridiculizados, mancillados, humillados y reducidos a estiércol con frecuencia durante los últimos tiempos. Biblias enterradas en malolientes excrementos, crucifijos sumergidos en orina humana, Jesucristos aferrados a instrumentos fálicos: la sima de la depravación de esos chimpancés del arte moderno --es decir, primates del no–arte-- es casi tan profunda como el agujero del infierno en el que arderán durante la Eternidad.

De este asunto se habló abundantemente en su momento, a menudo con una lucidez admirable, pero yo deseo rescatarlo por un momento y añadirlo, como en una sucia amalgama, a este nuevo caso de blasfemia y ofensas religiosas que ha estimulado un poco la desazón que experimento, que experimenta la gente decente, cuando las cosas puras son viciadas. Me refiero, claro está, a la exposición pornográfica anticristiana que se ha celebrado en un templo católico ibicenco bajo los auspicios de las autoridades políticas locales. De hecho, me gustaría discutir la falacias que los politicastros de la isla han utilizado para justificar su abstención frente a un ejemplo tan claro y hediondo de perversión, ofensas a la sensibilidad religiosa y depravación. Pero eso, mañana.

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Publicado el martes 18 de septiembre de 2007 a las 13:00 || Permalink

Banderas y vida extraterrestre: una síntesis

Llevo varios días sin escribir una sola palabra para este blog, así que me siento en la obligación de presentar mis disculpas. Pero ya sabéis cómo funciona el negocio, unas veces las cosas marchan bien y las neuronas edifican magníficos palacios a base de prosaicos bastoncillos para los oídos, y otras las células nerviosas se limitan a identificar formas improbables en la geometría de las nubes y a limarse las uñas. Debo decir que tanto las uñas de mis neuronas como las de mis propias manos se encuentran perfectamente recortadas y limadas, subiendo y bajando como bailarinas de danza moderna sobre las negras piezas del teclado. Y aunque el lado oscuro de mi cerebro experimenta en este preciso instante el impulso de recrear escenas verdaderamente trágicas... mis dedos apretados contra los músculos del cuello de algún réprobo... un pequeño esfuerzo basta para liberarme de tan fantasiosa impiedad. (Nota: no me siento de muy buen humor, como podéis figuraros; a fin de cuentas, en condiciones normales yo nunca optaría por una forma de asesinato que requiriese ese tipo de contacto íntimo.)

Supongo que con el párrafo previo he roto el hielo, y en lo sucesivo podré flirtear sin pudor con los obscenos asuntos que tanto los políticos como la necedad generalizada en España han impuesto en nuestras vidas. Pensándolo bien, se pronuncia tanto la frase «esto sólo pasa aquí», casi siempre en referencia al país de la piel de toro, que la engañosa frasecilla ha perdido todo su significado. Suena casi tan flácida e irrelevante como el «buenos días» que le dedicamos cada mañana a la vecina cascarrabias y lesbiana del piso de abajo. (De hecho ya no; la mujer de piel tostada y cabello corto al estilo concejal etarra quedó atrás hace años, como mis compañeros de apartamento, las vacías frustraciones que festonearon mi vida durante aquella época y todo lo demás.) Sin embargo, a pesar de la tendencia española a degradar la patria al nivel de una cucaracha particularmente repulsiva, quizás haya algo de cierto en ella, pues ¿acaso existe algo parecido a Zapatero en alguna otra nación del planeta? ¿La misma vaciedad revestida de buenismo, la misma egoísta terquedad con traje y corbata, la misma capacidad de superar una y otra vez los excesos de la propia insensatez? Zapatero, como todo lo peor, no tiene parangón; ni siquiera un Pepe Blanco plantado, regado y recolectado como una hortaliza rechoncha y fea, y finalmente colocado en la casa presidencial de alguna republica bananera caribeña, lograría las mismas proezas de inversión moral y mezquindad que Zapo se cuelga de la solapa de la americana como condecoraciones de guerra. De una guerra secreta, por supuesto, nada que sus pacíficos votantes puedan echarle en cara.

El caso es que han transcurrido dos o tres semanas desde que me lamenté por primera vez de la inoperancia de los políticos respecto de los símbolos nacionales. Por supuesto, me refiero tan solo a los representantes públicos del PSOE en la arena interregional, pues Regina Otaola ofreció a sus pares un finísimo ejemplo de la valentía y, consecuentemente, la elegancia con que puede uno ejercer sus responsabilidades. Tampoco estaba pensando en los líderes separatistas, sanguijuelas amantísimas de los escudos, escudos inflamados por las fantasías tribales de sus portadores, que siempre se muestran de lo más dispuestos a enarbolar sus banderas muy por encima de las nubes, como si el escenario terrestre no fuera suficiente: y es que el necio siempre se muestra orgulloso de sus carencias. Que no suelen ser pocas, precisamente. Es fácil imaginarse una expedición extraterrestre sobrevolando las alturas siderales en sus cápsulas lenticulares y contemplando con civilizada diversión a los más tontos de entre los tontos, los ejemplares más exóticos del género tóxico español: esos alienígenas de cuerpos menudos y cabezas hinchadas --todo lo contrario que nuestros gnomos de la discordia independentista, que suelen tener más panza que cabeza--, esos alienígenas superiores, decía, podrían observar las banderas de todas las regiones con ínfulas soberanistas, y ninguna nacional.

Si sus herramientas telescópicas se encuentran lo bastante desarrolladas, y no imagino por qué no podría ser así, los aliens verían también las fotos de los Reyes de España ardiendo del revés mientras un corro de perros de presa roñosos ladraba a voz en cuello. ¡Guau, guau! Lástima que el servicio municipal de atención a los animales se mostrase tan reacio a atar a los ejemplares y encerrarlos en jaulas. Quién sabe lo que podría suceder a esos pobres animales, enfermos de rabia, tras el periodo estipulado de espera de adopción, cuando han de dejar espacio libre para los cánidos recién llegados.

Resulta muy curioso que en Estados Unidos, y a pequeña escala, sucedan cosas parecidas a las que ocurren en los rincones privilegiados de España. Es difícil figurarse a un Secretario de Justicia norteamericano mostrándose tan condescendiente con el crimen como ocurre aquí en España, pero si se escarba un poco también allí puede uno localizar algunas anécdotas tragicómicas, como ese episodio ocurrido en un instituto de Carolina del Norte donde todas las banderas han sido proscritas. Incluida la nacional. Sostienen que resultaría demasiado complicado filtrarlas una a una, es decir, determinar cuáles son bienvenidas y cuáles no. A eso lo llamo yo multiculturalismo, que es la comunión de todas las estupideces en un mismo tiempo y en un mismo espacio. (Hasta que una de ellas, con plena seguridad el islamismo, degluta a todas las demás y el planeta Tierra queda reducido finalmente a un enorme minarete desde el que cantarle alabanzas a ese tipo al que ni siquiera se puede caricaturizar. Qué hartazgo, señores: qué grima, qué hastío, qué frustración, qué repugnancia sin limites.)

SAMPSON COUNTY, N.C. – On the sixth anniversary of the Sept. 11 attacks, students at one high school were not allowed to wear clothes with an American flag.

Under a new school rule, students at Hobbton High School are not allowed to wear items with flags, from any country, including the United States.

Es una verdadera pena leer que algo así ha ocurrido en Estados Unidos. Me hago un paisaje mental, como es de suponer, del tipo de profesores que componen el claustro que ha adoptado esa estúpida decisión. Feministas radicales, a quienes podríamos definir como el bando de Las Vaginistas; multiculturalistas, fanáticos de Chomsky y nostálgicos de la revolución sexual del 69, esposos de las Vaginistas heterosexuales; profesoras feas, conservadoras en el fondo de sus seres pero incapaces de hacerse valer; iconoclastas de la enseñanza, promotores de la educación para la ciudadanía, fascistas retóricos, comunistas culturales, teóricos del porno duro, fumadores de peyote, mascahierbas... y así hasta que te echas a llorar. O puede que se trate tan sólo de una colección de esnobs cobardes, fenómeno éste que --y he albergado la siguiente sospecha desde mi adolescencia--, constituye la más grave amenaza para la integridad de Occidente. Es decir, de la Civilización más refinada y admirable que, bajo la Cruz, han conocido los tiempos.

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