Mis clases de ética durante el último año de instituto dieron mucho de sí, aunque para llegar a esa conclusión deba olvidar por completo todas los conocimientos que no–adquirí y concentrarme en los diversos episodios grotescos que se escenificaron en el aula. Por ejemplo, tenía un compañero de clase, célebre por su envidiable gusto para el vestir, que solía sufrir ataques de furia cuando le parecía que las cosas se le ponían feas o que el profesor le faltaba al respeto. Durante buena parte del curso yo mantuve una magnífica relación con el pollo... algo muy desconcertante, visto con perspectiva... pero tengo que reconocer que un poco de madurez y estabilidad mental no le habrían venido mal. El caso es que era afecto a abandonar las clasesa media jornada para acudir a unas peleas concertadas que alguna vez lo devolvieron a nuestros brazos con el cuello enrojecido a causa de un intento de asesinato por asfixia, si no lo entendí mal. Creo que su contrincante, y el de otro de mis compañeros de clase, era el novio de una chica rubia, elegante y malencarada de la que uno de ellos estaba enamorado. (Por cierto que el primero pensaba que yo flirteaba con la muchacha; ella, por el contrario, intuía la verdad.) Y por cierto también que esta chica tuvo algún que otro encontronazo con el profesor de ética, pues afirmaba estar dispuesta a cometer un asesinato si a cambio le ofrecían una justa compensación económica. El profesor la acusaba de enferma mental y la amenazaba con hablar con sus padres. Pero estoy absolutamente convencido de que la muchacha se limitaba a fardar, que era su estilo, y jamás se habría prestado al más sucio de los negocios: el homicidio por dinero.
Nuestro profesor de ética era un tipo amable y pacífico que sin embargo encerraba en su interior un temible furor antiamericano: yo lo advertí cuando ya era demasiado tarde y nuestros gritos se escuchaban desde todos los rincones del edificio.
Aquel día una chavala pálida y de pelo corto, una comunista hija de comunistas que experimentaba una fuerte pasión intelectual por Adolf Hitler, se lamentó de que en España ningún político tenía la dignidad suficiente para renunciar a su cargo cuando el decoro lo exigía. Llevaba razón, por supuesto, y lo ilustró afirmando que en otros países, como por ejemplo Bélgica, las cosas funcionaban de otro modo. No sé muy bien por qué yo expresé que para convencerme más valía utilizar como modelo a Estados Unidos, pues Europa me la rapam...
En realidad la discusión con el profesor comenzó en ese preciso instante, cuando me preguntó en tono hostil qué le importaba que yo admirara a los Estados Unidos. Aquella grosería me sorprendió en un primer momento, y enseguida nos enzarzamos en una discusión que recuerdo muy bien por ser completamente absurda y extremadamente ruidosa. Terminamos riñendo a voz en cuello sobre las repúblicas, sobre que él, como votante de Izquierda Unida --¡ah, amigo!--, se sentía ofendido por un comentario muy poco favorable sobre los comunistas que yo había realizado, y sobre el cielo sabe qué más. La verdad es que no era un mal tipo: le iba el rollo ovni, la tabla ouija como medio de comunicación con civilizaciones alienígenas, las sabidurías orientales y su confluencia con los últimos avances en la física cuántica y cosas así.
El caso es que las clases de ética nunca sirvieron para instruirnos sobre Aristóteles, Platón o Sócrates, aunque sus nombres se dejaron caer en alguna ocasión como a guisa de compromiso.
De hecho, nuestro filósofo de elección era Fernando Savater, el barbas que ha fundado el partido pro y a quien España «se la suda», «se la sopla» y se la &xsa^s$. Con unos genitales tan sufridos, no me extraña que haya optado por ese progresismo escatológico que les resulta tan seductor a los izquierdistas de nuestro país.
Hace unos minutos leí en Libertad Digital que varios alumnos andaluces han sufrido las consecuencias de resistirse al fascismo educacional pergeñado por el PSOE. No puedo decir que me sorprenda: a cada persona y objeto le es propia unas serie de características, y el Partido Zerolista tiene como propiedad una inquebrantable propensión al absolutismo político. Reconozco una cualidad heroica en las familias que se han abstenido de enterrar a sus vástagos en el fango moral que el Monclovita Iluminado ha ideado para privar a los ciudadanos de su conciencia. Pero la verdad es que el alineamiento ya fue previsto por no pocos profesores a lo largo de los años. Leer a Fernando Savater en lugar de a Platón es sólo un botón de muestra. Me congratulo de habérmelas visto con aquel educador para la ciudadanía antiamericano cuando tuve ocasión de hacerlo.
Etiquetas: marxismo cultural, personal, progres, Zapatero
Mientras escribía el post La fiesta de El Público el pasado miércoles me vino a la memoria una entrevista que Jesús Quintero realizó a Pedro Zerolo hace cosa de tres años. No la vi entera, de modo que no puedo ofrecer muchos detalles, pero recuerdo perfectamente una de las preguntas que el presentador, envuelto en una nubecilla de humo, formuló al entrevistado: ¿qué opinión tiene usted de los cuartos oscuros? [Salas sin luz a las que algunos homosexuales acuden en busca de sexo casual, por decirlo de algún modo. Uno desliza la mano, abre la boca, se arrodilla u ofrece su trasero, según sus preferencias, a la espera de localizar un amante que lo satisfaga.]
Zerolo, que por aquel entonces no había saltado todavía desde el lucrativo velero del activismo homosexual hasta el no menos rentable buque de la política de izquierdas, no se esforzó gran cosa en elaborar una respuesta que no sonara como lo que era, una frase hecha. Contestó que él no usaba cuartos oscuros, claro, pero que no tenía inconveniente en que los gays que lo deseasen practicasen ese tipo de sexo, o cualquier otro, como les viniera en gana. Lo interesante de este episodio es que si hace unas pocas décadas la gente de bien ponía todo su empeño en demostrar su desprecio a las conductas disolutas que proliferaban a su alrededor, hoy día ocurre justo lo contrario: se ha vuelto prácticamente imposible recabar algún respeto entre tus semejantes si no enfatizas hasta el hartazgo tu compresión hacia todo tipo de conductas depravadas.
La actitud de Zerolo, quien resulta prosaico incluso en su defensa de los cuartos oscuros, no es ninguna novedad. Y es que poner el acento en la sensibilidad hacia la amplia variedad de conductas desordenadas se ha transformado en un patrón social del que resulta muy difícil sustraerse. Cada día cientos de miles de personas en España, y supongo que en el resto de los países occidentales, sacuden con fuerza la cabeza a la vez que aseguran que los cuartos oscuros, el sexo en los urinarios de los centros comerciales o el cruising en los parques municipales son algo así como el no–va–más del estilo de vida liberal (que es a su vez el estilo que todos deberíamos adoptar).
No sería honesto si no reconociera que yo mismo he puesto los pies en uno de esos cuartos oscuros, aunque ni en lo más remoto se me ocurrió jamás emplearlo para fornicar con un desconocido. (Ni, si vamos a eso, con un conocido.) Es sólo que durante tus primeros escarceos por las zonas homosexuales te dejas guiar por lo más experimentados: y claro, los veteranos ostentan con frecuencia ese tipo de filias. Lo que quiero decir es que no existe una línea de transición clara entre los locales de copas sanos, por así definirlos, y los demás; sin darte cuenta te has metido en una discoteca mixta con una puerta secreta que da acceso a todo un universo de placeres prohibidos. «Placeres prohibidos», qué curioso. Ya apenas si existen prohibiciones --no, desde luego, de carácter sexual--, de modo que quien se sumerge en la guarida del dragón lo hace siempre impulsado por sus deseos, y no por esa estupidez de que lo prohibido lo vuelve todo doblemente excitante, como si los humanos no contásemos con ese fastidio al que llamamos «voluntad».
Saco a colación este asunto no sólo porque, en lo concerniente a mí, pensar en Zerolo equivale a sufrir el asalto de escenas mentales de cuartos oscuros, cabinas, parques y demás porquería, sino también a causa de un póster que he visto esta mañana mientras consultaba las páginas del World Net Daily, un periódico extremadamente conservador no siempre de fiar, pero repleto de noticias interesantes que son difíciles de localizar en otros medios. La imagen es la siguiente:
Se trata del póster confeccionado por los organizadores de la Folsom Street Fair para la fiesta de este año, si no lo he entendido mal (o hay nada que entender; aparece bien claro en la imagen). Supongo que sobran las descripciones, pues la intención subversiva resulta bastante evidente: la fotografía muestra una reproducción blasfema de la Última Cena, con Jesucristo representado por un forzudo afroamericano y los apóstoles reducidos a parodias aún más grotescas, incluyendo actores porno, fetichistas del cuero, mujeres, fetichistas de las máscaras, del rollo militar, sadomasos, travestidos y osos situados detrás de una mesa repleta de parafernalia sexual.
Puede que llegados a este punto no quede mucha gente con la sensibilidad necesaria para escandalizarse ante semejante ostentación de perfidia y mezquindad. A fin de cuentas nosotros mismos, aquí en España, organizamos exposiciones pornográficas en el interior de los templos, o retratamos los monoteísmos como una ominosa fuente de conflictos. Claro que en la piel de toro nos limitamos a reproducir las modas y los vicios estadounidenses, sin prestar atención a sus virtudes.
Es curioso que los homosexuales, mis «disimétricos iguales», por expresarlo de algún modo, hayan interiorizado sin oponer la menor resistencia un resentimiento tan profundo contra la Iglesia católica, resentimiento que refleja, sospecho, un profundo anhelo insatisfecho. Dada su actitud, ése es un vacío que no parece probable que logren rellenar jamás. Yo comprendo el rencor producido por el comportamiento de la Iglesia a lo largo de los años, pues todos sabemos que no es perfecta y que no siempre ha sido todo lo comprensiva que le era propio. Ahora bien, los homosexuales que se disfrazan de monjas equipadas con penes de plástico, de cardenales afeminados y de sacerdotes con el trasero al aire, todos esos gays y lesbianas que tachonan las manifestaciones de lo que ellos consideran un orgullo --el exhibicionismo, la promiscuidad, la inmadurez-- no exhiben la misma buena disposición a ridiculizar a los verdaderos enemigos de los derechos de los homosexuales en los países no democráticos. Tampoco se sienten motivados a meterse en la mollera que la homosexualidad ha sido considerada siempre por la izquierda un desorden burgués. Parte del problema reside, yo creo, en que la Iglesia sigue abordando, aún hoy, asuntos tan dolorosos como la dignidad o la responsabilidad sexual. ¡Hablar de sexo maduro a todos esos tipos medio desnudos que bailan música dance en carrozas festoneadas de espumillones, purpurinas y flores de papel charol! Todos sabemos que las manifestaciones del orgullo gay constituyen exhibiciones a gran escala del ego masculino, además de magníficas oportunidades de practicar sexo sin compromiso, como cierto actor español reclamaba durante el euroOrgullo gay celebrado este año en Madrid. ¡Promiscuos de Europa, venid!
Recuerdo una reunión de cierta asociación activista GLBT a la que asistí allá por el 2003. Aquel día teníamos la visita de varias personas religiosas, no necesariamente gays, que nos ofrecieron sus puntos de vista sobre las relaciones de la sexualidad y la religión. Había un muchacho bastante formal, apuesto a su manera, que desplegó los encantos de su amabilidad y tuvo que conformarse con recibir a cambio los comentarios ásperos, si no hostiles, de algunos de mis compañeros. Era previsible, por supuesto. También era de esperar que los invitados se comportaran intachablemente. Otro de los expedicionarios era un tipo homosexual, de unos cuarenta años y calvo incipiente, que nos contó lo maravilloso que era sentirse respetado como hombre en la Santa Madre Iglesia --así la llamaba--. Parecía un hombre constructivo. A su derecha estaba situado un muchacho delgado y pálido, aparentemente muy seguro de sí mismo, que tenía el aspecto de uno de esos francesitos del siglo XIX que fumaban opio entre suntuosos cortinajes, leían la poesía más exquisita y flirteaban impúdicamente con los burgueses adinerados. La soltura con la que defendía a la Madre de Occidente captó entonces mi atención. Me gustó verlo enfrentarse a mis compañeros, que sólo con gran dificultad encontraban las fuerzas necesarias para vencer el impulso de ponerse a gritar como dementes en mitad de la sala.
Etiquetas: anticristianismo, conservadurismo, kultura, marxismo cultural, religión, USA
Quien hace la ley, hace la trampa, y la mayoría mediática de izquierdas confeccionó la ley para ajustársela como un traje cortado a la medida. A nadie debería sorprender a estas alturas que las orugas rojas del marxismo que controlan los medios de comunicación se muestren indignadas, incluso agraviadas en un nivel más personal, cuando la COPE ofrece su propia visión de la sociedad, la política, la economía, la religión y todo lo demás. De hecho suelen preguntarse qué necesidad tiene la Iglesia de contar con su propia radio: ¿es que no le bastan los púlpitos para hacer ostentación pública de sus incorregibles desequilibrios mentales? Procediendo como procede de la izquierda, era inevitable que la interpelación estuviese preñada de mentiras.
La respuesta más sencilla consiste en que la única oportunidad de la Iglesia de expresar sus posiciones políticas sin arriesgarse a que sean impúdicamente manipuladas por los transmisores de la información reside en controlar ella misma el medio de difusión. Basta echar un vistazo a las hemerotecas de los periódicos y las televisiones para apercibirse de hasta qué punto la mezquindad mediática se ha ensañado a lo largo de los años con las predicaciones de la Iglesia. Asuntos tan espinosos como el aborto y la eutanasia, o incluso la posición de la Madre de Occidente con respecto a los derechos de los homosexuales, han sido tergiversados, recortados, deformados y reinterpretados tan a menudo y con tanto descaro, que resulta estúpido preguntarse por qué la iglesia ha prescindido de unos intermediarios de los que no se fiarían ni sus abuelas y ha apostado por comunicarse directamente con la sociedad.
Ni que decir tiene que los izquierdistas y los anticlericales menosprecian a la Iglesia tan sólo cuando las posiciones morales de ésta les son desfavorables. (Lo cual ocurre casi siempre, dicho sea de paso.) Sin embargo, es difícil escucharlos quejarse en las ocasiones en que el Vaticano se opone a una guerra en ciernes, como por ejemplo la de Irak en su momento, y, por supuesto, al capitalismo salvaje. Cuando el Papa habla, El País y sus pares sacan los utensilios de corta, pega y deforma y se aplican concienzudamente a retorcer los argumentos del Sumo Pontífice hasta que el mensaje se vuelve tan hostil y extravagante que incluso no pocos católicos caen víctimas de la confusión.
Por otro lado, los izquierdistas anticatólicos siempre han apostado fuerte por reducir la imagen de la Iglesia a la de una institución anacrónica e insensata que mejor haría en recluirse en los templos para celebrar sus arcaicos rituales. Pero, ¿acaso la responsabilidad de la Iglesia no es también terrenal, no hunde sus raíces en el subsuelo de toda la sociedad, no contribuye generosamente a ayudar a los más desfavorecidos? ¿Habría de renunciar también a eso? ¿Y no es cierto que la Iglesia está formada por hombres de carne y hueso, ciudadanos con los mismos derechos civiles que los directores de los periódicos, los redactores y los reporteros que visitan los burdeles de Roma y desde ahí remiten sus artículos sobre los manejos vaticanos? Si la Iglesia se aparta de la sociedad, es acusada de distante e incapaz de comprender las tribulaciones de la vida moderna; pero si trata de formar parte de la vida cotidiana de los ciudadanos, ¡entonces se entromete, interfiere, abandona su oscura función y se comporta como una onerosa vecina cotilla! ¡Iglesia, reconstrúyete! ¡Santidad, actualícese a los tiempos: promocione el aborto, la eutanasia, las conversiones masivas al islamismo! Con todo respeto, Santidad, ¡esfúmese! Tal y como están las cosas, es un verdadero regalo del cielo que la infinitamente oprobiada Madre de Occidente siga preocupándose por su rebaño. Incluyendo a las ovejas descarriadas.
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Posdata: Ernesto Ekaiser: Las soflamas de la COPE son mil veces más peligrosas e incendiarias que las escenas de quema de banderas. Hoy en el debate de la Campoy.
Etiquetas: ateos, COPE, Corona, cuatro, Iglesia, Prisa, progres, tv
Mi madre me acusa de comer como un «desesperado», y aunque debo reconocer que tengo una faceta bestia que ahora me hace inclinar la cabeza con las mejillas arreboladas a causa de la vergüenza, he de decir también, en mi descargo, que la situación política española va a volverme solo. ¿Qué puedo hacer, si soy un hombre sensible?
Por si no fuera suficiente el estado de confusión generalizada que se ha impuesto en España --en realidad, en todo el Occidente cristiano--, sale hoy a la calle un nuevo periódico de extrema izquierda. Lo dirige Ignacio Escolar, de la estirpe de Escolar, sí, ése, el bloguero al que linkan todos los blogoprogres necesitados de un falso mesías al que rendir culto, y apostó por la polémica y la zafiedad desde el primer momento. Y es que una mujer de edad madura vestida con una camiseta que rezaba Fuck Bush --«invita a Bush a un helado», de fuck, invitar a comer helado-- estaba llamada a reclamar toda nuestra atención. Está bien saber desde el principio lo que podemos esperar de ese periódico: recetas coleccionables para elaborar en casa nuestros propios helados.
Los propietarios del asunto celebraron anoche una súper fiesta a la que asistió lo más granado de la política española, desde la vicepresidenta del gobierno, quien acudió sin su marido y vestida con un traje de Ágata Ruiz de la Prada en forma de cucurucho de chocolate, hasta Pedro Z. Glamour, incansable combatiente por los derechos de los homosexuales con tangas de cuero durante las manifas del orgullo gay. También se dejaron ver por aquel macro cuarto oscuro, por eso de que había poca luz y menos dignidad, el ministro de justicia, la chica de educación, el muchachote del tema cultural y el chaval de los recados de la comunicación, Moraleda. El bando conservador tuvo el rostro de Zaplana, tostado y vacilón, como es él.
Adjunto foto de Pedro Z. Glamour con una miniatura de una fiesta agrícola previa. Creo que celebraban la cosecha anual del pepino.

Pedro Glamour, del Partido Zerolista Obrero Español (PZOE), causó sensación en la fiesta de inauguración de El Público celebrada anoche.
Etiquetas: izquierda, progres, PSOE
Tenía intención de darme un respiro después de escribir tres reseñas literarias para mi otro blog, CabezaBorradora.info, y dejar Neoconservador al habla sin actualizar por un día, pero hace unos veinticinco minutos cometí la imprudencia de encender el televisor y poner el canal CUATRO, y claro, se han soliviantado mis nervios. El debate socialista de Concha Socialista Campoy contaba hoy con la presencia de Ernesto Ekaiser, ese tipo barbudo de dulzona voz hispana habituado a impartir lecciones de insensatez con una desvergüenza que solo podía ser importada. Lo siento, lo siento, era broma; ni siquiera sé si Ekaiser es en efecto oriundo de ultramar, o si fuimos nosotros, los propios españoles, quienes tuvimos el acierto de traerlo al mundo y la falta de lucidez de permitirle quedarse. A su derecha, vistos desde el frente con las mandíbulas apretadas y expresión de zozobra, crecía, así como tuberculosamente [de tubérculo], María Antonia Iglesias, quien unos días atrás entrevistaba a Pujol y le interpelaba: «Usted, que es todavía joven para...». Que a Pujol habrían de ponerle un baberito es cosa cierta, pero por distintos motivos a los que sostenía la Iglesias. Hoy la moza, quien resulta demasiado grotesca como para burlarme de ella sin sentirme culpable --aunque su servilismo socialista lo merece--, se ha limitado a reproducir el discurso anticonservador con una precisión que demuestra a las claras hasta qué punto ha perdido el sentido de la realidad y la decencia, y ha comenzado a existir exclusivamente en la burbuja virtual del socialismo prisaico, para el que ejerce el cargo de sacerdotisa pretoriana: entre la lucha de campo y la especulación ideológica más obscena.
Al otro lado, a izquierda de Concha García Socialista Campoy, permanecía elegantemente trajeado Fernando Ónega, el tipo de la moralina de Saber vivir, quien asentía como un perrito de plástico a todas las reflexiones de peluquería progre proferidas por el prosaico Ekaiser. Por último, Carlos Rodríguez Braun se mostraba, como siempre, demasiado distante, y su defensa de la derecha, si es que a aquello podía llamársele defensa de la derecha, era tan flácida que parecía gotear sobre la mesa. En fin, más de lo mismo; como las tertulias de la Campos pero moderadas por la más joven, hermosa e igualmente progre Concha García Campoy. Socialista ella.
Por cierto que hoy he visto por primera vez el anuncio televisivo del nuevo diario cómic El Público, aquél llamado a adueñarse de una porción de la audiencia de El País. Con homosexuales (como yo) dándose besitos bastante secos y una mujer de edad avanzada vestida con una camiseta que rezaba, según me pareció leer, Fuck Bush, resulta evidente que los progres de la patria tienen un nuevo césped en el que pacer. Feliz martes.
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CabezaBorradora.info
Al calor del verano, de John Katzenbach.
Mentiría si dijera que apruebo la propensión de John Katzenbach a retratar la religión como una manifestación del fanatismo humano o como una manera de apropiarse perversamente de influencia social, pero sus novelas resultan tan absorbentes mientras uno pasa las páginas que casi es posible percibir el efecto de succión.
John Katzenbach publicó su primer libro a principios de la década de 1980, época en la que trabajaba como reportero de The Miami Herald en la misma sala que el también escritor de éxito Carl Hiaasen. Se trataba de Al calor del verano, y sabiendo como sé que realizaron una adaptación cinematográfica protagonizada por Kurt Russell y que recibió una nominación a los premios Edgar, me permito suponer que la novela fue todo un éxito.
El faro, de P.D. James.
No es fácil dedicar unos pocos modestos comentarios a una novela de la británica P.D. James debido sobre todo a que prácticamente todos sus libros son perfectos ejemplos de buena literatura, de entretenimiento inquebrantable y de una solidez argumental a prueba de bombas. Ya mencioné en una entrada anterior, en relación con James, que una vez que has leído uno de sus libros puedes anticiparte con cierta facilidad a la estructura de todos los demás, pues son muchos los elementos de estilo que se repiten. Sin embargo, el grado de profundidad de todos y cada uno de sus personajes los convierte en piezas únicas, imposibles de reproducir, y por tanto cada nuevo relato es una travesía exclusiva y sorprendente. No puede decirse lo mismo de muchos autores.
Un saco de huesos, de Stephen King.
Siento un especial afecto por Un saco de huesos debido a un par de motivos: por un lado, conseguí mi ejemplar en tapa dura gracias a un concurso literario celebrado en mi instituto; supongo que el jurado, formado por el claustro de profesoras del ramo humanista, cometió un error de apreciación que a mí me benefició y me provocó el consabido subidón del triunfador y a otros debió de dejarlos sumidos en un estado de frustración que, por otro lado, yo conozco bastante bien. Por otro lado, Un saco de huesos posee uno de los crescendos dramáticos más intensos que Stephen King ha legado a la literatura de terror, lo cual no es decir poco.
Etiquetas: cuatro, Prisa, progres, PSOE
Esta mañana vi durante unos minutos --el tiempo que tardé en dar cuenta de mis desayuno-- el programa matinal de Antena 3. No recuerdo su nombre, pero sí el de la presentadora, Susana Griso, quien hasta hace unos meses interpretaba el papel de comparsa de Matías Prat en los informativos con más audiencia del país. El caso es que en el show de la Griso había dos contertulios ofreciendo distintos puntos de vista sobre una variedad de asuntos de actualidad, desde la quema de retratos del Rey en Cataluña hasta el nuevo programa de subvenciones al alquiler de pisos que la enérgica Carmen Chacón ha sacado de la manga de su antecesora en el ministerio de las kelly finders. Miguel Ángel Rodríguez, ex portavoz de Gobierno durante la primera legislatura de Aznar, si no recuerdo mal, y Antonio Casado, ex de Federico Jiménez Losantos, siempre fiel a María Teresa Campos y chico para todo allá donde se le requiera, eran los tertulianos. Sobra explicar las posturas políticas.
Lo bueno de Miguel Ángel Rodríguez, por quien debo reconocer que siento una enorme simpatía, es que raramente parece tomarse demasiado en serio las cuestiones que se le plantean; ha adoptado una actitud casi cínica, y en cualquier caso distanciada, como de un aburrido compromiso con la actualidad, que refleja bastante bien el hastío que muchos espectadores sentimos cuando nos sentamos como larvas frente al televisor. Por otro lado, la virtud de Antonio Casado, esposo de la diva Carmen Rigalt, reside en que en contadas ocasiones emprende el tipo de discusiones ásperas que me sacan de mis casillas. Otra de las ventajas de contemplar a Antonio Casado en acción es que tarde o temprano siempre demuestra que los bienpensantes de izquierdas tienen un conocimiento de la realidad verdaderamente limitado. Y aunque eso es una especie de pequeña tragedia por sí mismo, sirve de ejemplo para reafirmarnos a nosotros, sus opuestos, en nuestras sanas convicciones conservadoras.
Explicó Casado en cierta ocasión --trabajaba por aquel entonces con María Teresa Campos-- que el desastre sucedido en Nueva Orleáns fue consecuencia de las prácticas neoliberales que envuelven la sociedad americana, y no de una falta de previsión tecnológica, como sospechamos todos aquellos que no albergamos tan insanos prejuicios contra Estados Unidos ni contra el libre comercio.
Casado ha vuelto a hacer de las suyas esta mañana cuando ha manifestado que promover medidas que ayuden a salir adelante a los veinteañeros es propio de un Gobierno de izquierdas. Resulta evidente que Miguel Ángel Rodríguez estaba al quite, pues saltó al ruedo al instante y, con su voz ríspida y aguda, le preguntó, en tono divertido, por qué eso corresponde a la izquierda. Casado abrió el manual de la propaganda progre (valga la redundancia) y respondió que los veinteañeros se hallaban en posición de desventaja, y que a la izquierda le es propio preocuparse por los más desfavorecidos. Aquello me hizo pensar en el comentario que una de mis hermanas realizó en cierta ocasión respecto a un feo asunto ocurrido por estas tierras; al parecer un poli local había dado leña a un 'niño bien' vestido de hippie, episodio que la chica analizó del siguiente modo: «Ay que ver que estas cosas ocurran con un Ayuntamiento de izquierdas».
Tanto mi hermana como Casado parecen haber adoptado como propia la vieja falacia de que la izquierda tiene algún interés en mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y bla, bla, bla. Pero de hecho el socialismo en todas sus formas no es más que un cáncer corrupto y corruptor de economías, de almas y de sociedades, y es precisamente al socialismo a quien le es propia la tiranía, la violencia policial, las actitudes fascistas y un completo desinterés por la vida de los ciudadanos, pues el concepto de individualidad resulta demasiado peligroso y desestabilizador como para introducirlo en la gran ecuación de la vida. El izquierdismo es fondo y forma del ansia de poder, es la indignidad vestida de beata, el vacío envuelto en bellas mentiras.
Resulta muy irritante que a estas alturas de la historia aún permanezca inoculada en el inconsciente colectivo la premisa falaz de que la izquierda es una especie de patético santurrón preocupado por la precariedad de los pobres. La experiencia demuestra que por donde pisa la izquierda no crece la hierba, pero eso no basta. Necesitamos experimentar la desgracia en nuestra propia carne. Y por eso seguimos votando a Bonos y Zapateros, a la expectativa de que saquen de la indigencia a todos esos pobres borrachos que residen en nuestras calles. Si la izquierda tuviese rostro, posiblemente se trataría del de un murciélago, porque ésa es su alma y su instinto: chuparnos la sangre, la energía, la conciencia. Vampirizarnos, pues.
Etiquetas: antena 3, izquierda
¿Puede seguir negándose la evidencia? ¿Es posible discutir a estas alturas que el catolicismo se ha convertido en una especie de papel atrapamoscas en el que adherir todos los resentimientos ideológicos, políticos, sociales, ateos y paganos de la nueva clase pensante? Mientras la libertina Ibiza sirve de escenario para el tipo de exposiciones pornográficas que reflejan el estado moral de una sociedad --a tenor de la susodicha, España debe de ser una auténtica fosa séptica--, los politicastros madrileños han emprendido una dura ofensiva contra el catolicismo titulada «Dios(es): Modos de empleo». Sospecho que las otras dos religiones representadas en ese infeliz bulevar de la mezquindad, el judaísmo y el islamismo, no son más que víctimas circunstanciales de un crimen que tenía estrictamente a la Iglesia de Roma por objetivo. Si los sociatas y la progresía patria son los enemigos del catolicismo, el sentido común me dicta que es precisamente a esa religión a la que debo aproximarme en busca de la fe verdadera. A fin de cuentas, ¿a quién embestiría el Demonio, sino a los virtuosos? Y es que durante el pasado siglo XX, el comunismo fue Lucifer: vestido con el carismático traje de las buenas intenciones, vertió tanta sangre sobre el planeta que ningún hombre justo puede planteárselo sin experimentar la sensación de que la tierra, de repente insegura y brutal, se abre bajo sus pies.
La exposición madrileña sostiene la tesis de que los monoteísmos son ineluctablemente maléficos, que conducen a la guerra, al enfrentamiento y a esa hostilidad constante, ora disimula ora en plena acción, que es fruto de la falta de talante. Solía decirse que talante es lo que le sobraba al presidente Zapatero; hoy sabemos que lo que le sobra es marketing y habilidad para identificar y apropiarse del mal allí donde lo encuentre: Cuba, Venezuela y el Irán 100% libre de homosexuales que los islamistas están confeccionando por el clásico método de la grúa.
Moratinos refrendó con su oronda presencia la exposición madrileña. La ventaja de que el ministro de asuntos exteriores se dejara ver reside en que abatió de un plumazo todas las dudas sobre la postura del Gobierno con respecto a la religión. Han apostado por el anticlericalismo y ya es demasiado tarde para tratar de encubrir su rencor con visitas vicepresidenciales al Vaticano o con hipócritas manifestaciones bononianas. Insigtía Bono antes de ayer, en una mesa redonda celebrada en el programa de televisión de Ana Rosa Quintana, que el cristianismo y la bandera no son exclusivos de la derecha española. Me gustaría pensar así, en serio: pero tanto la Cruz como la bandera exigen el tipo de compromiso claro y sin ambages que los socialistas recluidos en las membranas del PSOE jamás adoptarían.
Hoy día el PSOE se complace en un antiespañolismo tan trágico e incomprensible que le hace a uno preguntarse qué tipo de maligno tumor ético se ha apoderado del partido. Por otro lado, apenas si invierten algún esfuerzo en disimular el profundo desprecio que sienten por el catolicismo. La exposición madrileña «Dio(es)» lo demuestra a las claras, como también demuestra la falta de decoro de los socialistas. No disponen de evidencias que emparienten el monoteísmo con una supuesta inclinación natural al crimen, a la tiranía y al belicismo, pero afirmar en falso es gratis, lo mismo que el dinero del contribuyente: siempre se puede acudir a por más.
Hace algún tiempo leí un interesante post publicado en el blog El camino de la felicidad en el que el autor establecía algunas supuestas equivalencias entre el fanatismo islamista y un presunto fanatismo cristiano. Aunque con toda modestia, en aquel momento me tomé la libertad de añadir un largo comentario en el que sugería que comparar musulmanes con cristianos no es más que una falacia interesada. Así pues, era cuestión de tiempo que los sociatas la emplearan en beneficio propio. Bien, mi comentario de entonces fue el siguiente; pienso que deja más o menos clara mi posición*:
Humm, humm… una entrada estupenda, me ha gustado y ha hecho que mi cerebro sufriera un par de sacudidas, fantástico. Estoy de acuerdo en el fondo, en la tragedia y en la fatalidad del relativismo, eso desde luego, pero la comparación que has establecido entre cristianos e islamistas es injusta y, lo digo con el máximo respeto, inexacta.
Soy cristiano, religioso de una forma intelectual, de modo que tiendo a introducir y emplear matices espirituales que me facilitan la comprensión tanto de la historia como de todo lo demás. No resulta muy científico, pero de momento eso no lo necesito. Así que aquí estoy, pensando que dado que Cristo era/ es verdaderamente el Hijo de Dios y que Mahoma no fue más un impostor aficionado a la carne fresca, tiendo a dar la razón a esos pobres cristianos a quienes el amor y un sentido constructivo de la vida les costó el sacrificio. Así como nuestro Señor fue sacrificado por la liberación de nuestros pecados. Los islamistas cortan las cabezas a los infieles para demostrar gratitud y obediencia a un dios satánico, mientras que los cristianos dan de comer, predican amablemente, ponen vendas donde previamente los musulmanes habían causado heridas. Los cristianos de este mundo se dispersan para esparcir la bondad y la palabra de Dios, funcionan como reverentes abejas que diseminan la gloria del Creador, respetuosamente, alimentando a los hambrientos, corriendo el riesgo de perder la propia vida, el atributo más preciado que Dios proporcionó al hombre en aquel primer Momento…, mientras que los islamistas se limpian las barbas impregnadas de sangre. No veo fanatismo en estos cristianos, pues no buscan la muerte, como hacen los siervos de Alá, sino que la desafían por la gloria de Dios y por el beneficio de sus semejantes. Hay un matiz fundamental, y en mi opinión ese matiz los vuelve a unos nobles, conscientes, astutos, libres, y a los otros los torna monstruosos, feroces, despiadados.
Comprendo que quienes no afirman la divinidad de Jesucristo pueden conjeturar que se trataba de un fanático, pero desde mi punto de vista, implicado, por supuesto, Él se limitó a cumplir el Plan Maestro, un maravilloso truco que Dios proyectó a lo largo de los tiempos y que tan beneficioso resultó tanto para nuestras almas como para la salvación terrenal: aquí y en lo que quiera que exista más allá, ahora y en la hora de la muerte, tenemos la oportunidad de vivir constructivamente, libremente, sanamente.
Por otro lado, y aunque es cierto que los primeros cristianos decidieron predicar la Palabra del Salvador por todo el mundo, aunque fue un acto consciente y deliberado, es importante señalar que Jesucristo los animó a hacerlo; lo menciono porque esta pequeña inducción del Señor ha tenido consecuencias a lo largo de la historia, tiene consecuencias todavía hoy.
Permíteme terminar cuestionando que los cristianos de entonces sean los musulmanes de hoy; la instrucción de poner la otra mejilla fue una invitación a plantearse la vida de manera constructiva, a no devolver mal por mal si existe la posibilidad de resolver el conflicto. Los cristianos que cantaban alabanzas al Creador mientras eran devorados por los leones no se suicidaron, y ciertamente no mataron a nadie. Ellos fueron las víctimas, mientras que los suicidas modernos son los verdugos. Si confundimos eso, ¿qué nos queda? ¿El relativismo?
Comparar el Cristianismo con el islamismo es una trampa torpe y obscena. No caeré en ella.
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* He editado superficialmente el texto para adaptarlo a este blog. No obstante, los cambios son mínimos y no afectan a las apreciaciones contenidas en él.
Etiquetas: conservadurismo, Cristianismo, Iglesia, islamismo, izquierda, obscenidad, paganismo