Publicado el sábado 13 de octubre de 2007 a las 12:56 || Permalink

Chaparrón anti-Zapatero

Recuerdo la noche de Marzo de 2004 en que se hicieron públicos los resultados de las elecciones presidenciales. Zapatero salió victorioso tras una jornada tan crispada que no podía encenderse el televisor o la radio ni conectarse a internet sin que las esquirlas de cristal de la realidad le hicieran a uno trizas el rostro. Los atentados terroristas que entregaron en bandeja el triunfo a Zapatero, las salvajes trampas mediáticas que se tendieron con sinvergonzonería típicamente izquierdista, las miserables maquinaciones de quien hoy ocupa el ministerio del interior, Rubalcaba: «los españoles se merecen un gobierno que no les mienta», los delirios de Almodóvar, las mentiras de la Cadena SER, las inmundicias propaladas por los periodistas del flanco progre, el victimismo del Gran Wyoming y la bazofia del Hay motivo, todo aquello mezclado en el cóctel más perverso que recuerda este país permanecen vívidamente grabados en mi memoria.

Lo que mal empieza, mal acaba, y aquel inicio de legislatura debió servirnos de premonición de lo que iba a ocurrir durante los años siguientes. Dicho con la máxima franqueza, nunca imaginé la magnitud de la villanía de Zapatero. Durante su mediocre legislatura, de la mano de lo peor de cada casa, se ha esforzado concienzudamente en dinamitar las tradiciones y la identidad española, y su confesión de que la nación es un concepto discutido y discutible explica hasta qué punto carece de moral.

Dicho también con franqueza, no tengo la menor idea de quién se va a llevar el gato al agua durante las próximas elecciones generales. Aunque deseo fervientemente que Rajoy asuma el mando y trate de corregir, para empezar, los mil y un desaguisados causados por Zapatero, no estoy seguro de que al gallego se le presente esa oportunidad. España se siente perfectamente cómoda con un presidente del gobierno de cartón piedra envuelto siempre en la niebla de los medios de comunicación afines, y ese presidente cuenta con los apoyos mediáticos mayoritarios debido tanto a un compromiso político de estos completamente ridículo, como a las ventajas económicas que dicha relación les proporciona. El dinero es el dinero, sobre todo para el PSOE.

Sin embargo, en ocasiones uno se lleva una grata sorpresa, como sucedió ayer durante el desfile de las Fuerzas Armadas en la capital del reino. Pese a sus cobardes esfuerzos por ocultarse, Zapatero se vio acribillado finalmente por una tormenta de gritos, pitidos y abucheos que descendió como una sombra sobre su cabeza. Tratándose de alguien acostumbrado a que lo traten como a un majarajá, aquello debió de lacerarle el alma. El grave sonido de los reproches de los ciudadanos reunidos allí sonaba como una auténtica tormenta. Eso no resuelve nada, claro, pero le ayuda a uno a sobrellevar los días que restan hasta la feliz jornada en la que podamos expresar lo que verdaderamente pensamos...

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Publicado el viernes 12 de octubre de 2007 a las 13:25 || Permalink

SúperGore recibe el Nóbel

Nuestro personaje de ficción predilecto, Al Gore, recibe el premio Nobel de juguete de la Paz.

Esto es de risa. A Gore lo galardonan con el premio nobel de la pis, en plan meada políticamente correcta, por salvarnos la vida. ¡El pueblo se postra ante vos, oh amado y bendito Al Goooore!

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Publicado a las 9:54 || Permalink

Ann Coulter y los chivos expiatorios

Supongo que antes de morder la carnaza debería explicar quién diablos es Ann Coulter. Bien, se trata de una célebre polemista norteamericana conservadora, participante habitual de debates sociales y políticos, autora de artículos sindicados a lo largo y ancho de Estados Unidos y autora asimismo de varios libros que se han encumbrado invariablemente en la cima de las listas de bestsellers de no–ficción. Coulter posee un cerebro veloz como el rayo y una temible capacidad de perturbar a sus adversarios mediante un sentido del sarcasmo tan agudo que casi es posible oírlo cortar el aire. La penúltima gran controversia protagonizada por Coulter de la que tuve noticia estaba relacionada con determinadas manifestaciones que realizó durante un importante congreso de los conservadores americanos; fue un comentario jocoso u ofensivo, según se mire, sobre John Edwards. Decía algo así como que no lo llamaría «maricón» para evitar que la ingresaran en un centro de rehabilitación. (Si no recuerdo mal, fue por aquella misma época cuando se desató una larga polémica a causa de las declaraciones supuestamente homófobas del actor Isaiah Washington sobre uno de sus compañeros de reparto en la teleserie Anatomía de Grey.) En aquella ocasión la audiencia de Coulter estalló en carcajadas. Sin embargo, fuera del edificio las reacciones tuvieron una apariencia mucho menos condescendiente. Andrew Sullivan, el célebre blogger homosexual, católico y promiscuo conservador le dedicó algunas líneas muy poco benéficas, pero básicamente lo reducía todo a un asunto de homofobia. Sin embargo, a estas alturas, y considerando la penetración del pensamiento políticamente correcto en nuestra sociedad infantilizada y despojada de principios vigorosos, yo me lo pienso dos veces antes de acusar a nadie de homófobo. La cosa es que muchísimas otras personas tildaron de retrógrada a Ann Coulter. Las críticas histéricas procedentes de la lerda izquierda fueron demasiado previsibles y vanas para reseñarlas seriamente, pero las provenientes del flanco de la derecha tuvieron su interés, eso no puede negarse.

Sabemos de sobra que todos los espectros políticos están configurados por un equilibrio, a veces precario, de intereses, y aun la propia derecha constituye un puzzle mucho más heterogéneo de lo que los rancios izquierdistas se esfuerzan en hacernos creer: liberales, conservadores, patriotas, determinado tipo de anarquistas, etc. tratamos de alcanzar ciertos puntos de convergencia para conseguir alguna oportunidad real de alcanzar el poder. Así que no es de extrañar que los derechistas libremos entre nos nuestras propias batallas. Yo soy un conservador receloso de los social liberales, como he mencionado en alguna ocasión, y no se me escapa que los social liberales se sienten motivados a describirme como un meapilas ultramontano. En realidad lo que me preocupa de todo este asunto es mi sospecha de que algunos conservadores, muy poco cómodos en la posición que les ha tocado vivir, tratan de contemporizar cobardemente con los izquierdistas atacando a sus propios pares ideológicos. Eso ocurre a menudo en España con Federico Jiménez Losantos como centro de la diana, y obviamente sucede otro tanto en Estados Unidos: en este sentido, Ann Coulter es el blanco perfecto.

Saco a colación este asunto impulsado por un artículo que leí ayer por la mañana en World Net Daily, artículo que me proporcionó la enésima prueba de que Ann Coulter no es más que el objetivo propicio de todos los ataques mezquinos de la izquierda y de parte de la derecha. Si bien en determinadas ocasiones puedo entender las reacciones viscerales experimentadas por algunos conservadores, en esta ocasión apoyaré sin fisuras a la célebre periodista y escritora norteamericana.

Coulter dijo en un programa de televisión que este mundo sería un lugar mejor si todos sus habitantes se convirtiesen al cristianismo. Más tarde afirmó también que los judíos deberían «perfeccionarse» (en este contexto, aceptar a Cristo como el Mesías), y en ese instante estalló la polémica.

Bien, la premisa consiste en que la mayoría de las personas profesamos determinadas convicciones porque pensamos que son las más próximas a la Verdad, si uno tiene un sentido absoluto de la moral, o las más prácticas, si uno es un relativista. Yo mismo soy cristiano porque creo fervientemente que Jesucristo fue Dios hecho Hombre; de lo contrario, ¿qué motivos tendría para cultivar esta religión? Y dado que confío en que eso es cierto, debo llegar a la conclusión que las demás religiones son falsas o inexactas, incluyendo el judaísmo. Pienso que a ellos se le escapó el Mesías, a quien no reconocieron en su momento y al que no reconocen tampoco hoy; por otro lado es obvio que ellos, los judíos, piensan que yo adoro a un falso mesías. Somos hermanos distanciados.

Creyendo como creo que Jesucristo es el Hijo de Dios, resulta inevitable que desee compartir esta verdad con los demás. Jesucristo animó a sus seguidores a evangelizar, luego un creyente no puede limitarse a cruzarse de brazos y ver pasar la vida sin comprometerse con esa exhortación de nuestro Señor. Junto con la fe, uno asume ciertas responsabilidades. Claro que todo esto no son más que obviedades, pero los avezados y los rojeras han aprovechado la oportunidad... una oportunidad ostensiblemente falsa... para linchar una vez más a una conservadora brillante. No es nada nuevo, claro: se trata tan sólo de que no querría insensibilizarme frente a toda esa necedad y perfidia.

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Publicado el jueves 11 de octubre de 2007 a las 12:59 || Permalink

Conservadores multimedia: Rajoy y el Rey

Acabo de ver completo por primera vez el vídeo en el que Mariano Rajoy manifiesta su orgullo de ser español y alienta a sus compatriotas a celebrar desinhibidamente el día de la Hispanidad. En dicha grabación, el líder de la derecha exhibe sin pudor ese aspecto desprovisto de carisma pero dotado de una convicción pacífica en sus propias capacidades que me hace pensar en los políticos españoles del XIX y de las primeras décadas del siglo XX. Tanto si es su intención como si no --y lo probable es que no--, el austero clip presenta al tipo de hombre que podría asumir con dignidad la presidencia del Gobierno, y que tan alejado se encuentra de la imagen flácida e insustancial que proyecta un Zapatero al que la idiocia general ha encumbrado en la Moncloa. Para darse cuenta de ello basta escuchar a Raúl del Pozo, quien describe a Zapatero como un hombre «guapo». Me figuro que a estas alturas esa palabra puede significar cualquier cosa: bobo, lerdo, memo, vacuo, pueril, feo, etc. Claro que Raúl del Pozo afirma también que Zapatero posee una sensibilidad especial para las nuevas clases de familia, sea lo que sea lo que significa eso. Que es NADA.

Sin embargo, no querría que me malinterpretaseis. No trato de realizar un análisis político superficial basándome en la imagen; a fin de cuentas el brillante Aznar ostentaba un carácter tan desabrido que solo su eficacia compensaba la completa falta de encanto. Y, siendo francos, tampoco Rajoy es el no–va–más. Para ser honesto, la única personalidad que me hace sentirme verdaderamente cómodo cuando nos representa en el extranjero es el Monarca; posee el porte imponente que uno esperaría de un rey, y de esa personalidad que todo el mundo parece apreciar desde el primer instante.

De nuevo con el vídeo de Rajoy en mente: mientras lo veía experimentaba la sensación de que le faltaba energía, y si bien eso refleja el perfil natural de Rajoy, un tipo tranquilo, quizá los asesores de imagen debieron hacer alarde de su talento en una ocasión tan notable. Al fin y al cabo, ¿cada cuánto tiempo ocurre algo parecido a esto, que un político exprese públicamente su amor a España y su deseo de que el resto de los españoles disfruten esa condición natural? Tal vez un plano un poco más abierto, con la bandera bien visible, habría aportado un poco de vida a la escena.

Rajoy en un fotograma del vídeo. Sin distintivos del PP, con la hermosa bandera nacional al fondo --a la derecha, como puede observarse--.

Ha sido agradable asistir a las reacciones, no por previsibles menos irritantes, de los socialistas, quienes insisten una y otra vez en que el PP pretende apropiarse de los símbolos nacionales, ¡como si a ellos les hubiese preocupado jamás esta cuestión! La respuesta socialista es fruto de su convicción de que España les pertenece; así, cuando algún ciudadano osa emplear la libertad que les asiste para utilizar los símbolos, aquellos empiezan a babear y sacudirse como perros a los que les han arrebatado el pedazo de carne del almuerzo. Han pasado años sin que en España ondearan más banderas que las republicanas y las regionales, todas ellas impregnadas de un rencor a la nación española del que, por si fuera poco, los que las enarbolaban se sentían orgullosos.

En fin, acusan a Rajoy de usurpar el papel del Rey al dirigirse a todos los españoles en un contexto tan «institucional». En principio parece una teoría interesante, pero no tenga mucho sentido. A fin de cuentas Su Majestad se expresa en un lenguaje conciliador que procura abarcar a todos, mientras que Rajoy, pese a haber prescindido de cualquier señal que lo vinculara al Partido Popular, habla de sus propias emociones y de cómo desearía que fuesen compartidas por los españoles. Mientras que el Monarca es intrínsecamente integrador, Rajoy se esfuerza en ofrecer un punto de confluencia específico que no lo comprometía a él ni comprometía a los españoles: el amor a España no guarda ninguna relación ni con el PP ni con el PSOE; de hecho, creo que renunciar a los distintivos políticos fue por sí mismo una táctica política. El Rey, por su parte, opera en la esfera de los símbolos, de los discursos neutrales que gravitan en torno a los conceptos que él mismo materializa: la unidad nacional, la solidaridad de todas las regiones, la tradición. Eso no es política, sino una especie de pulsión que late a lo largo de los siglos. El discurso de Rajoy fue coyuntural, como decía, un hecho político que tiene sentido precisamente en esta época dados los conflictos vividos durante el mandato de Zapatero, quien, él sí, jamás ha adoptado la actitud contemporizadora que le es propia al Rey, pero que es asimismo una responsabilidad presidencial. Rajoy no usurpó al Monarca, a quien prometió tácitamente obediencia al hablar de la Corona como símbolo perfecto de la Nación. De este modo, el líder de la oposición asumió otro compromiso político. Y van mil.

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Publicado el miércoles 10 de octubre de 2007 a las 13:18 || Permalink

Televisivos (y nada más)

Esta mañana hice un poco de zapping mientras desayunaba tardíamente un vaso de cacao y un bocadillo caliente con jamón y aceite de oliva, y aunque no puede decirse que lo que vi en la caja tonta–tonta–tonta me provocara una indigestión, tengo que reconocer que tampoco podría calificarlo de motivador. Como siempre, fue verdaderamente interesante echarle un vistazo a La mirada crítica de Telecinco: con los ojos puestos en el simpático Vicente Vallés, nadie diría que ese tipo es uno de los máximos responsables informativos de una cadena de televisión célebre por su demagogia y su escaso interés por los hechos.

Los tertulianos de esta mañana, sentados en semicírculo frente a un griposo presentador, eran Margarita Sáenz de Heredia, Ángela Vallvey y un tipo al que no identifiqué. De la Heredia uno puede esperar cualquier cosa, aunque solo evitará llevarse una fuerte decepción si aguarda estrictamente lo peor. Sus credenciales: redactora jefe o algo así de El Periódico de Cataluña, invitada habitual de 59” y, lo más importante --lo único relevante, de hecho--, esposa del hosco Enric Sopena. Dos personas tan parecidas deben de conformar un matrimonio muy bien avenido, aunque no sería yo un hombre justo si no reconociera que posee ella más encanto que su canoso marido. Situada en el extremo opuesto del semicírculo se hallaba la exitosa escritora Ángela Vallvey, quien en sus apariciones televisivas defiende algo que podría describirse como «derechismo testimonial»; no le falta convicción, creo yo, pero sí fuerza expresiva. El problema de esta chica, por quien por lo demás siento una gran simpatía, es que no se diferencia gran cosa de una dulce muñeca de porcelana, y uno teme que si se excita demasiado en el furor del debate, estallará hecha trizas. Pero el frenesí no es lo suyo, así que uno debe contentarse con asistir a una defensa no siempre astuta, pero generalmente sensata, de las posiciones conservadoras. (Utilizo el adjetivo «conservador» de manera tan genérica que en este momento podría significar cualquier cosa.) Vallvey colabora también en el debate socialista de Concha Socialista --o sea, la Campoy--, donde su aspecto desvalido e inofensivo parece correr un serio riesgo frente a los histéricos Arturo Canoso (el ex colaborador de Mari Tere Campos) y María Antonia Iglesias.

Más o menos al mismo tiempo que en Telecinco Vallvey sostenía la tesis de que la cosa de la Memez Memoria Histórica carece de sentido a estas alturas de la historia y tal y como se encuentra la escena política nacional, y al mismo tiempo también que el Colaborador no–Identificado se lamentaba de que los católicos españoles puedan desviar parte de sus impuestos a la Iglesia de Roma a través de la polémica casilla de la declaración de la renta, en Antena 3 Susie Griso hacía las veces de anfitriona con otros tres periodistas que disertaban sobre el último atentado etarra. Me quedé con una alusión cobarde de José María Calleja a una radio–sin–nombre a la que él no concedía, según manifestó enfáticamente, ningún crédito. Es de suponer que se refería a la COPE, y me asaltó la cabeza el cargo que ocupa el niño Calleja: redactor jefe de... CNN Plus. Uff, por un momento me había asustado; ahora sé que Calleja tiene más cosas que callar que cosas que decir. Poco a poco los jerifaltes del periodismo español van tomando posiciones. Y casi todos son rojeras.

En La Primera de TVE, mientras tanto, Pepa Buena jugaba a las casitas e interpretaba el papel de moderadora de un debate tan escorado a la izquierda que uno teme que de un momento a otro los pobres pierdan definitivamente el equilibrio y se machaquen hasta el último diente. ¿Y que sería Pepa sin dientes? Josefina la Desdentada suena demasiado a personaje francés como para aplicárselo sin ponerme a templar como un flan. Y un flan es justamente lo que necesito en este momento para liberarme del amargo sabor de boca que esta galería de opinadotes profesionales me ha instalado ahí dentro. Feliz día.

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Publicado el lunes 8 de octubre de 2007 a las 8:25 || Permalink

De la estirpe de María Antonia Iglesias

Durante la semana pasada hice un par de referencias al programa matinal que Concha García Socialista Campoy presenta en la prisaica CUATRO, aunque en cada una de las ocasiones añadí los comentarios a modo de coletilla e impulsado por un enfado repentino del que deseaba liberarme tan pronto y limpiamente como fuera posible. Digamos para situarnos que el show de la Campoy es lo de siempre pero presentado por una de las heroínas del falso progresismo español, la Campoy misma, rodeada, al igual que María Teresa Campos y Ana Rosa Quintana, por un famosete, algún homosexual especializado en asuntos del corazón y una caterva de colaboradores que no reconocerían la dignidad aunque la vida les fuese en ello.

Supongo que es la propia Ana Rosa la única diva televisiva que ha adoptado lo más parecido a una posición neutral en lo concerniente a la política. La Campos apostó por unas tertulias fuertemente escoradas a la izquierda que, según sospecho, contribuyeron en parte a que su audiencia, leal durante décadas y despabilada por fin, le diera la espalda. Gran día aquél en el que María Teresa Campos se despidió de Antena 3 para no volver a afearnos la mañana siguiente. Aunque me figuro que su bolsillo no debió de resentirse demasiado --como buena progre, está forrada--, el pozo sin fondo de su ego, despojado de repente de la nubecilla fétida de colaboradores que le reían las gracias, seguramente se las hizo pasar canutas. Para colmo, sin su madre en antena, la no menos progre ex–de–Pipi–Estrada se convirtió en un objeto de caza tan bueno como cualquier otro. Como suele decirse, donde las dan las toman. Se trató de un acto de justicia poética que deberíamos agradecer encendiéndole velas y palillos de incienso al cosmos. (Yo lo haría si no resultara tan pagano, tan progre y tan del gusto de aquellos a quienes critico.)

Podemos decir que la Campoy es el súmmum de la feminidad progre, y era providencial que tarde o temprano trepara a la televisión --en este caso, a un canal sin audiencia-- y desplegara sus encantos socialistas con asuntos del corazón, de chicas monas que quieren convertirse en modelos y, por supuesto, con la política. Echándole un vistazo al carnaval–tertulia con que finaliza su programa, y contando con el supuesto equilibrio de fuerzas entre la izquierda y la derecha, uno podría llegar a la conclusión de que hay algo decente en esa barraca diaria. Pero no nos engañemos; una vez que han identificado al frenético Federico Jiménez Losantos como el enemigo, se han identificado a ellos mismos como fascistillas de izquierdas. Usemos por un momento, incluso aunque se trate a todas luces de una falacia, la premisa de que en efecto Losantos es el ejemplo a evitar, la muestra de la toxicidad de la derecha, el demonio episcopal, el talibán de sacristía --Luis del Olmo clamando al vacío--, todo eso. Extraigamos a continuación un par de ejemplos significativos de la mesa política de la Campoy: María Antonia Iglesias, el furor rojo al servicio del PSOE; Arturo No–sé–qué, el tipo canoso, apeado de la descalabrada Campos, que ha adoptado esa intrigante expresión... «derecha extrema», no «extrema derecha»... y se sume a menudo en trances histéricos que hace que las canas se le vuelvan moradas. Escuchemos sus discursos por un instante, analicemos el substrato de sus mensajes, el resentimiento, la tensión, el ostensible desprecio que manifiestan impúdicamente a un palmo de narices de la Campoy. El maniqueísmo, la demagogia, la vaciedad. Pues bien, es en esa tertulia en la que tratan de desacreditar a Federico Jiménez Losantos y a toda la COPE (a la que ellos denominan obstinadamente «la radio de los obispos»).

Cabría esperar que, frente al fervor progre de Mari Toni Iglesias, la Campoy tuviese la deferencia de invitar a su programa a algún derechista verdaderamente «motivado», por así decir, a fin de compensar las diferentes potencias de ataque, establecer un combate justo y ofrecer un imagen de decoro moral, pero eso sería demasiado, claro. Lo más parecido a eso que uno ve en el show de CUATRO es un derechista pusilánime y poco inclinado a arriesgar su puesto de trabajo por mor de sus ideas. A fin de cuentas, ¿quién renunciaría a trabajar con la Campoy, una mujer actual?

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