Si Rajoy no se meó sobre la lápida del Zetaungido tras propinarle un barrido de hostias, sacudirlo por las solapas y reducirlo a un espantajo de huesos partidos durante los dos debates manipulados por Campo Vidal y la abyecta Olga Viza en el pasado periodo electoral, se debió a que Rajoy es un tipo elegante. Cualquier otro candidato menos pulcro que el hierático gallego habría dado el salto del tigre sobre la mesa de debates y le habría hundido la puntera de la bota en el vacuo cráneo presidencial a su flácido contrincante. Pero Rajoy es Rajoy, un tipo con clase.
Lo interesante de aquellos debates, y lo que más firmemente ha quedado impreso en mi memoria, fueron las fervientes reacciones favorables que experimentó el venerado Federico Jiménez Losantos, y que lo llevaron a cantar más de un par de alabanzas ateas al candidato popular a la presidencia. Recuerdo muy bien que una de las frases pronunciadas, más o menos literalmente, por Losantos, fue que Rajoy se había afianzado dentro de su partido y que podría domeñar las riendas del PP tanto si salía embozado en la corona de laureles tras las presidenciales, como si se la arrebataba el chimpancé leonés.
Sin embargo, en ocasiones Fede Losantos, por quien por lo demás siento una gran simpatía, se exhibe tan veleidoso como una adolescente ligera de cascos, y ese espectáculo raramente resulta agradable. Como no lo resultó la malsana discusión que tuvo lugar ayer por la mañana en los estudios estrella de la Cadena COPE, Tomás Cuesta, Pedro J. Ramirez y el propio Losantos contra el director de La Razón, estrechamente vinculado a Rajoy, Paco Maruhenda. De ciento ochenta grados, radical y total, fue el giro que mostró el Turolense de oro en su posición respecto a Rajoy: si pocos días antes sostenía que éste tenía todo el derecho (y casi la obligación) a mantenerse al mando del PP aun si perdía las elecciones, ahora a Losantos el asunto le hace pupa y solo le falta sacar a los perros rabiosos para que le muerdan la rabadilla a Mariano Rajoy. Un tema bastante feo.
A veces tengo la sensación de que determinados líderes mediáticos se han arrogado una inquebrantable autoridad moral que no les corresponde. En ocasiones, Federico Jiménez Losantos causa la impresión de un majarajá apoltronado en su imperial asiento moviendo los hilos desde las alturas y dirigiendo los destinos de sus súbditos con la convicción maternal de una abeja reina.
En fin, Mariano Rajoy debe seguir. Aunque estoy de acuerdo en que Esperanza Aguirre sería --será, en un futuro-- la candidata perfecta a la presidencia del Gobierno, la recámara política española conserva un cartucho favorable al enigmático gallego. Por otro lado, debo decir que el argumento de que Rajoy ha perdido dos elecciones no parece lo bastante consistente como para adoptar la decisión de quién ostentará la candidatura presidencial de un partido. A fin de cuentas, me he pasado los últimos cuatro años cuestionando la legitimidad de los comicios dinamitados y manipulados de 2004, de modo que, por lo que a mí respecta, Rajoy ha sido honrosamente derrotado tan sólo en una ocasión, y eso sin contar que las papeletas le eran poco propicias. Da igual lo feas que se hayan puesto las cosas en el panorama político español: la información y la inercia siguen jugando un papel relevante en la vida política nacional. La información, porque los medios de comunicación de masas son no únicamente favorables al Zetapetas, sino ostensiblemente hostiles a Rajoy. Por otro lado, España no se ha librado todavía de la inercia ideológica que confiere al PSOE todas aquellas cualidades cristianas de las que de hecho carece, y condena mientras tanto al PP a la fosa séptica de los herederos del franquismo. Factores que debería tener presente la jerarquía popular, desde luego, pero que asimismo habría de diseminarse de una vez por todas por entre el electorado conservador, que, a la vista de las reacciones suscitadas por la decisión marianesca de permanecer en el puesto que legítimamente le corresponde, también lo necesita.
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No sería descabellado pensar que este fin de semana la poderosa cola de un terrible dragón ha derribado un tercio de las estrellas del cielo, y que profundas convulsiones subterráneas han sacudido la superficie terrestre. Ya se trate del Apocalipsis desencadenado por la decadencia de Occidente, ya se trate de los gruñidos estomacales del siempre hambriento de poder presidente Rodríguez Zetanada, resulta difícil resistir la tentación de dedicarle al menos un breve post al asunto que estos días le ha helado la sangre a más de uno. Supongo que a estas alturas todo el mundo está ya al corriente de la supuesta conversación que el Rey y Esperanza Aguirre habrían mantenido durante el almuerzo–celebración del día de la Hispanidad. Según publicó El País en su edición del domingo, la charla de las altas dignidades derivó en una áspera discusión sobre Federico Jiménez Losantos, quien hace pocas semanas sugirió al Rey la conveniencia de abdicar a favor de su hijo y cuestionó el compromiso del Monarca con la Unidad de España.
Yo me sentí muy estimulado por la posibilidad de que esa conversación hubiera tenido lugar realmente en el modo en que fue transcrita por El País --especializado últimamente en desvelar conversaciones privadas, Aznar y Bush lo atestiguan--, y la expectativa por la respuesta de Losantos estaba a punto de volverme loco. En fin, he escuchado lo que Losantos tenía que decir esta mañana en la COPE, y debo reconocer que ha reaccionado con enorme buen juicio. Las cosas se han puesto muy feas, incluso para él, y posiblemente ha llegado a la conclusión de que de momento conviene reducir la marcha. Losantos adoptó hace tiempo una actitud extremadamente dura --y en algunos sentidos temeraria e irresponsable-- con respecto a la Corona, pero aflojó la presión pocos días atrás cuando se retractó, quizá innecesariamente, de su petición de abdicación real. La postura de la Iglesia, propietaria de la COPE, había sido manifestada con rotundidad en favor del Monarca. Fue un movimiento oportuno de parte de la jerarquía eclesiástica, y Losantos comprendió tanto este mensaje como todos los demás mensajes que pasaban silbando junto a sus oídos.
La estrella de la COPE ha realizado algunas objeciones sobre supuesta exclusiva de El País, poniendo en duda que la conversación se hubiera producido tal y como la entrecomilló el lánguido Ernesto Ekaizer, y ha desviado ostensiblemente la atención de la Zarzuela para situar el foco sobre el palacio presidencial. La tesis del turolense con más carácter que han conocido los tiempos consiste en que todo este asunto no es más que un intento del círculo del presidente de desviar la atención de lo que realmente importa, la amenaza de disgregación nacional, y en cierto sentido lleva razón, en la medida en que Losantos es parte interesada en el negocio de España.
Al parecer la presidenta de la comunidad de Madrid expresó a Su Majestad el deseo de que las cosas se recondujeran en la dirección más adecuada para todos, y añadió que el arrebatar el micrófono a un periodista sería lo peor que podía suceder. Se trata de una idea bastante convencional, así que no la discutiré desde el punto de vista moral. Lo que me interesa es que Federico Jiménez Losantos no es periodista: ni estudio la carrera, cosa irrelevante, ni la ejerce.
El filólogo y escritor no se limita a transmitir noticias, y tampoco interpreta el papel de vocero de las convicciones políticas de parte de la sociedad española: él se ha convertido en un auténtico pivote, una referencia que crea opinión, empuja las conciencias y alienta movimientos sociales tan sorprendentes e inesperados como las profusas manifestaciones conservadoras que han tenido lugar durante la presente legislatura.
Creo de veras que acallar a Jiménez Losantos constituye una prioridad estratégica para los izquierdistas españoles, aunque en términos objetivos Losantos no constituye un obstáculo insalvable, como demuestra la evidencia. Sin embargo, no es menos cierto que él ha organizado parte del movimiento de derechas y ha animado un nuevo y hasta el momento desconocido orgullo por los valores tradicionales: unidad nacional, libertades individuales, comercio libre y un cierto conservadurismo católico.
Pero discutir todas estas cuestiones no tiene demasiado sentido en este momento, no mientras no sepamos si la escena del almuerzo sucedió tal y como fue descrita por El País. Por otro lado, resulta sumamente interesante la cuestión de quién filtró la conversación: había suficientes comensales sentados a la mesa como para que podamos divertirnos especulando. Su Majestad el Rey haría bien en sacar conclusiones de este desagradable episodio y de otros episodios acontecidos durantes los tiempos pasados, y sería magnífico si comprendiera de una vez que el compromiso de la derecha con la Monarquía no es tan inquebrantable como muchos sostienen. Incluso para los que estamos persuadidos de que si la Corona cae, cae España, entraña una enorme dificultad practicar juegos malabares para compatibilizar la lealtad a la Monarquía con la lealtad a la Nación. La trampa reside en que no habría de existir ninguna diferencia entre esos dos elementos, y si en este momento hemos de enfrentarnos a ella, se debe a que Alguien no ha hecho Sus deberes. Por una vez, las mayúsculas no están reservadas a Dios.
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Parafraseando: que la Iglesia rece menos por mí y se encargue de Losantos. Un argumento bastante sobado últimamente en boca de los periodistas progres, pero desafortunado en labios del Rey. Irónicamente, la Iglesia conforma otra de las tradiciones estructurales de España; Su Majestad tendría que esforzarse en conservar una buena relación con ella. Tienen mucho en común, pero a diferencia de la Madre de Occidente, el monarca no cuenta con un Aliado capaz de destruir ciudades y crear universos.
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El domingo por la mañana vi algo bastante divertido* cuando puse el televisor para hacer tiempo antes de salir a comprar churros. Fue un uno de esos programas de zapping que reproducen clips de una variedad de shows televisivos, desde documentales hasta reality shows, aunque en esta ocasión se trataba de la edición de Telecinco y no hicieron mención ni a la Guerra de Irak ni al desastre del Prestige, lo que me causó una profunda tristeza: soy un hombre de costumbres y este tipo de cambios de conducta me minan la moral. En fin, lo que vi fue una imitación bastante vulgar de Micky Mouse instruyendo a los niños palestinos en el odio a Israel y en cómo a Alá le complace la muerte de los judíos, tragedia a la que los cándidos muchachitos posiblemente contribuirán algún día. Pero en realidad no es una técnica de lavado de cerebro que a nosotros los españoles nos sea ajena: en diferentes comunidades se educa a los críos en el desprecio a los maquetos y, en algún caso, en el fervor etarra. Salvando las distancias, educación para la ciudadanía es otro método estatalizado de corrupción de menores; puede que no se forme en las bondades del asesinato suicida, pero priva de conciencia a los niños, y un hombre sin conciencia no es nada, como advirtió [parafraseo un poco] el Santo Padre Juan Pablo II.
Sin embargo, lo primero que pensé al ver aquellos abominables dibujos animados, con los pobres enanos reducidos a carnaza, como si los estuviesen sodomizando frente a las cámaras, no fue en la asignatura fascista que el PSOE pretende instaurar en el sistema educativo nacional, ni siquiera en lo que ocurre en el País Vasco o en Cataluña. Mi primer pensamiento sacó del trastero de mi memoria La bola de cristal, aquella serie infantil que el transcurso de los años ha vuelto mítica porque su verdadera naturaleza, la pornografía moral contra los menores, ha pasado casi completamente desapercibida.
Apenas recuerdo aquella porquería, si bien tengo muy presente la terrible figura de la bruja de plástico con la mandíbula articulada y una mata de cables a guisa de cabello. Qué cosa tan terrible. El caso es que La bola de cristal fue un perfecto campo de batalla empleado por una caterva de izquierdistas para adoctrinar a los enanos; tanto si consiguieron su objetivo como si no, el mismo empeño resulta repugnante.
Uno de los guionistas de La bola fue Carlos Frabetti, quien colea todavía hoy por el submundo izquierdista español. No contento con amenazar más o menos veladamente a César Vidal, a quien advirtió que no tenía ni idea de lo que le esperaba si se granjeaba su enemistad, fundó la grotesca, inútil y tristemente célebre Alianza de Intelectuales Antiimperialistas, nombre del que tan sólo la primera palabra parece correcta; mientras me permito cuestionar la inteligencia de sus miembros, me preguntó contra qué imperio se resisten. Es una pregunta retórica, por supuesto: el imperio es el de siempre, Estados Unidos, la superpotencia a la que debemos la libertad y la prosperidad de las que disfrutamos hoy día, después de que liquidara al monstruo comunista y se meara sobre el cadáver aún caliente. Lamentablemente, el comunismo no murió, sino que mudó la piel y a estas alturas de la historia se manifiesta de maneras más arteras, aunque igualmente terribles y deshonestas. Hoy el comunismo es el soporte moral de los terroristas.
Tengo que reconocer, volviendo al italiano Frabetti, que su retórica suena bastante persuasiva (al menos, si uno siente algún aprecio por el desfasado lenguaje revolucionario). No le faltan dotes de encantador de serpientes; y claro, unas pocas víboras bailan al son de su música. Frabetti, que escribe en Gara. Frabetti, que remitió una misiva de corte siciliano al conservador César Vidal. Frabetti, quien junto con Nodo Nosecuantos denunció a Libertad Digital, aunque la cosa quedó en agua de borrajas. Frabetti, para quien las víctimas del 11 de Junio en Londres no fueron necesariamente inocentes (no, si habían votado a Blair).
Recuerdo que, siendo niño, tenía costumbre de abandonar mi cama y subirme a la de mis padres los sábados por la mañana. Ponía el televisor y me embelesaba con lo que quiera que emitiesen. Fue por aquel entonces cuando vi mi primera orgía. No sé si formaba parte de La bola de cristal y, francamente, poco me importa. El caso es que, en mitad de un bosque, con bengalas gigantes a modo de falos, unos tipos se sodomizaban y copulaban en un furor que a mí, en mi candidez, me causó un temor y desconcierto que tan sólo años después comprendí como plenamente justificados. Aquellos hijos de p*ta trataban de prostituir la mente de un niño, obviamente contra la voluntad de mis padres. Cada vez que escucho hablar de educación de la ciudadanía, pienso que ese asunto me resulta sumamente familiar.
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Posdata: A vueltas con Concha García Socialista Campoy. Hoy cargaron contra Losantos con lo que ellos debían de considerar artillería pesada, a cuenta del Rey. Lo curioso del programa de la Campoy es que el flanco progre es socialista, y el de derechas, del PSOE. Curioso. // La Iglesia también se llevó lo suyo, por eso de no infringir las normas del manual.
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*Obviamente no fue divertido en absoluto.
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Quien hace la ley, hace la trampa, y la mayoría mediática de izquierdas confeccionó la ley para ajustársela como un traje cortado a la medida. A nadie debería sorprender a estas alturas que las orugas rojas del marxismo que controlan los medios de comunicación se muestren indignadas, incluso agraviadas en un nivel más personal, cuando la COPE ofrece su propia visión de la sociedad, la política, la economía, la religión y todo lo demás. De hecho suelen preguntarse qué necesidad tiene la Iglesia de contar con su propia radio: ¿es que no le bastan los púlpitos para hacer ostentación pública de sus incorregibles desequilibrios mentales? Procediendo como procede de la izquierda, era inevitable que la interpelación estuviese preñada de mentiras.
La respuesta más sencilla consiste en que la única oportunidad de la Iglesia de expresar sus posiciones políticas sin arriesgarse a que sean impúdicamente manipuladas por los transmisores de la información reside en controlar ella misma el medio de difusión. Basta echar un vistazo a las hemerotecas de los periódicos y las televisiones para apercibirse de hasta qué punto la mezquindad mediática se ha ensañado a lo largo de los años con las predicaciones de la Iglesia. Asuntos tan espinosos como el aborto y la eutanasia, o incluso la posición de la Madre de Occidente con respecto a los derechos de los homosexuales, han sido tergiversados, recortados, deformados y reinterpretados tan a menudo y con tanto descaro, que resulta estúpido preguntarse por qué la iglesia ha prescindido de unos intermediarios de los que no se fiarían ni sus abuelas y ha apostado por comunicarse directamente con la sociedad.
Ni que decir tiene que los izquierdistas y los anticlericales menosprecian a la Iglesia tan sólo cuando las posiciones morales de ésta les son desfavorables. (Lo cual ocurre casi siempre, dicho sea de paso.) Sin embargo, es difícil escucharlos quejarse en las ocasiones en que el Vaticano se opone a una guerra en ciernes, como por ejemplo la de Irak en su momento, y, por supuesto, al capitalismo salvaje. Cuando el Papa habla, El País y sus pares sacan los utensilios de corta, pega y deforma y se aplican concienzudamente a retorcer los argumentos del Sumo Pontífice hasta que el mensaje se vuelve tan hostil y extravagante que incluso no pocos católicos caen víctimas de la confusión.
Por otro lado, los izquierdistas anticatólicos siempre han apostado fuerte por reducir la imagen de la Iglesia a la de una institución anacrónica e insensata que mejor haría en recluirse en los templos para celebrar sus arcaicos rituales. Pero, ¿acaso la responsabilidad de la Iglesia no es también terrenal, no hunde sus raíces en el subsuelo de toda la sociedad, no contribuye generosamente a ayudar a los más desfavorecidos? ¿Habría de renunciar también a eso? ¿Y no es cierto que la Iglesia está formada por hombres de carne y hueso, ciudadanos con los mismos derechos civiles que los directores de los periódicos, los redactores y los reporteros que visitan los burdeles de Roma y desde ahí remiten sus artículos sobre los manejos vaticanos? Si la Iglesia se aparta de la sociedad, es acusada de distante e incapaz de comprender las tribulaciones de la vida moderna; pero si trata de formar parte de la vida cotidiana de los ciudadanos, ¡entonces se entromete, interfiere, abandona su oscura función y se comporta como una onerosa vecina cotilla! ¡Iglesia, reconstrúyete! ¡Santidad, actualícese a los tiempos: promocione el aborto, la eutanasia, las conversiones masivas al islamismo! Con todo respeto, Santidad, ¡esfúmese! Tal y como están las cosas, es un verdadero regalo del cielo que la infinitamente oprobiada Madre de Occidente siga preocupándose por su rebaño. Incluyendo a las ovejas descarriadas.
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Posdata: Ernesto Ekaiser: Las soflamas de la COPE son mil veces más peligrosas e incendiarias que las escenas de quema de banderas. Hoy en el debate de la Campoy.
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Acabo de apagar la radio. La COPE. Ha sido un movimiento brusco con los labios fruncidos, el corazón acelerado y la sangre caliente. Me pregunto si ha empezado a salir humo de mis orejas; y supongo que rige escribir una breve entrada sobre el asunto para liberarme de esta inopinada reacción nerviosa. El caso es que soy oyente habitual de la emisora que se ha hecho fuerte en torno a Federico Jiménez Losantos, y como le ocurre a tantos otros radioyentes de derechas, una especie de identificación íntima con la COPE se ha instalado en mi cerebro. Así que cuando las cosas se ponen feas, es decir, cuando le ofrecen el micro a algún tarado previsiblemente progre, reacciono como si hubieran proferido contra mí una ofensa personal. Y aunque sé que no debería, que habría de abstraerme y respetar la diversidad --incluso cuando la diversidad resulta tan poco decorosa--, que tendría que forzarme a escuchar tanto a los que piensan como yo como a los que piensan diferente --a menudo, el Enemigo--, me falta fuerza de voluntad.
Tengo en mente al corresponsal de la COPE en Nueva York, un perfecto [omitir insulto, memo] que, pese a esa memorable frase suya según la cual tenía una opinión muy favorable de los estadounidenses a su llegada a la capital del planeta, hoy se limita a reproducir los tópicos antiamericanos de simpleza intelectual y sumisión al Poder como un loro biónico confeccionado por Chomsky & Moore Microelectronics, Inc. Cielo santo, ¡que lo expulsen de la COPE! Y no se trata de que [ironía] haya osado forjarse una visión del mundo diferente de la mía, sino que reduce a los estadounidenses al nivel de las hormigas obreras. Todos conocemos el axioma antiamericano de que los estadounidenses constituyen una pandilla de maleables ignorantes movidos por el materialismo como motivación, y los medios de comunicación de masas como conciencia. ¡Que lo expulsen, que lo defenestren, que lo lancen escaleras abajo, que le den el finiquito, puerta, aire, chaval, a tomar por el culo! Diablos, ni siquiera podré poner la COPE sin que me provoque una crisis de histeria.
Ya no se trata tan sólo de Andrés Arconada, ese tipo untuoso infiltrado por la progresía escatológico/ cinematográfica española aficionado a besar el trasero de todos sus amigos de la kultura: «Te quiero, y lo sabes», afirma siempre con voz meliflua . Caray, ese gigante verde ama a tantas personas que uno se pregunta si queda en su interior algún centímetro cuadrado libre de almíbar. Ya no se trata sólo de Arconada y su «esto sólo puede venir de Estados Unidos», iba diciendo, ni de Juan Fierro, sino también del sustituto de Enrique Campo durante las vacaciones de agosto, otro ejemplo de perfecto antiamericanismo maniqueo, y de la melosa tropa de La Luna en COPE, para quienes los Estados Unidos de América son una especie de monstruo de siete cabezas. ¡Y hortera, tan kitsch que casi dan pena!
Lo veis, ¿verdad? Yo soy un buen chico, un tranquilo muchacho del profundo Sur. Es sólo que esos iluminados --«lo que les obligan a tragarse», sostienen, ¡como si aquí no existiese PRISA--, es sólo que esos primorosos iluminados condescendientes me sacan de mis casillas... ¡¡¡que lo echen, puerta, aire, a tomar viento, colega!!!
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