Que no soy un tipo guay, cool, enrollado ni moderno lo demuestra el hecho de que me chiflan las fronteras, creo que existen naciones diferenciadas, civilizaciones superiores y culturas tan retrasadas que apenas hay modo de diferenciarlas de una familia de cocodrilos sumergidos en un pantano. También me molan las banderas, por lo menos algunas de ellas: la española me emociona y la americana me causa una profunda nostalgia. Dicho sea de paso, la bandera europea, con sus estrellitas dibujando un círculo sobre fondo azul, sería bastante útil como mantelillo en una fiesta de cumpleaños repleta de ese tipo de niños malcriados incapaces de meterse una cucharada de tarta en la boca sin arrojar la mitad sobre la mesa. Una bandera europea sucia es una bandera europea verosímil. La verdad es que de adolescente me consideraba un europeísta fervoroso, supongo que porque no sabía que ese compromiso comportaba una especie de adhesión a la masonería, al anticristianismo y al desprecio a las propias tradiciones, como todos sabemos a estas alturas. Por aquella época yo solía pensar que la Europa actual era la misma Europa de la Cruz, los caballeros, los cruzados y la avanzadilla cultural mundial de los siglos pasados, pero resulta obvio que estaba cometiendo un grave error. En el mejor de los casos, Europa no es nada; en el peor, se trata de una ciénaga de corrupción y decadencia.
Recuerdo cierta noche de hace varios años que pasé navegando por Internet. No sé muy bien de qué forma terminé con una página fascista mejicana cargada en mi navegador. La página en cuestión tenía uno de esos insufribles diseños oscuros tan difíciles de leer, con símbolos que parecían deformaciones fetales de la esvástica y mensajes pseudo–solemnes que causaban simultáneamente repulsión, vergüenza ajena y un intenso desprecio. El autor lanzaba una incendiaria y estúpida monserga sobre la superioridad de la civilización mejicana, teoría que en su momento me sonó tan risible como me lo suena ahora. No querría ofender a esa nación, desde luego, pero ¿superior? ¿Se refieren al Méjico de hoy, el país que depende de Estados Unidos para subsistir, o al territorio precolombino, antes de que los españoles nos apropiáramos de todo lo que encontramos a nuestro paso, a cambio de lo cual les legamos un idioma extraordinariamente hermoso y, lo que es más importante, el Evangelio de Cristo?
Sé muy bien que no conviene tomarse demasiado en serio a estos nazis de medio pelo, pero hace unos minutos me asaltó el recuerdo de aquella majadera página web mientras consultaba el archivo de columnas de Pat Buchanan en Human Events; el buen hombre siempre tiene cosas interesantes que decir, pero un texto en particular atrajo poderosamente mi atención. Se titula Buenas noches, América (en español en el original), y analiza la actitud arrogante de los mejicanos y la flácida autoindulgencia de algunos líderes estadounidenses respecto de los incendiarios mensajes de los primeros, quienes sostienen que la nación mejicana excede sus fronteras legales y se extiende allí donde hay mejicanos, cuya primera parada suele ser, como es evidente, Estados Unidos. Últimamente es fácil leer artículos que relatan cómo los mejicanos residentes legal o ilegalmente en tierras yanquis enarbolan las banderas de su país de origen en lugar de las useñas. Yo suelo reaccionar con indignación, como es lógico. Es de suponer que los mejicanos deben de seguir lamentándose del mordisco territorial que los USA le propinaron antes de la invención del árbol melocotonero, pretensión nacionalista que exalta mis propias pretensiones patriotas: tal vez nosotros deberíamos reconsiderar la independencia de todas las naciones que unos vez pertenecieron a la Corona española. A continuación los italianos reclamarán España, por supuesto, y a finales de siglo todos residiremos en una especie de flagelante magma multicultural muy del gusto de los progres. Ellos se sentirán satisfechos, desde luego, pero para ese momento ya no quedarán leyes que cumplir, ni códigos morales que respetar: el cerebro reptiliano se habrá impuesto sobre la personalidad humana, y todo serán guerras, fuegos y violaciones. Lo cual encaja a la perfección con el constructivo proyecto de los izquierdistas.
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No puede negarse que los humoristas gráficos de El Mundo tienen talento. Nadie duda a estas alturas que para llevar a cabo el trabajo que realizan, es decir, reflejar la vida política con instrumentos casi estrictamente visuales y que además resulte divertido, se requiere un gran ingenio. Por si eso no fuera suficiente, los ilustradores de El Mundo han conseguido el más difícil todavía: publicar día tras día, semana tras semana y año tras año unos engañosos dibujos izquierdistas en un diario de línea editorial derechista.
No pasa día sin que me entretenga medio minuto echándole un vistazo a los chistes gráficos de El Mundo, aunque con frecuencia, junto con la carcajada, emito un resoplido de furia, pues Guillermo, Ricardo y el resto de miembros de la plantilla cómica son tan obstinada y demagógicamente complacientes con el PSOE e injustos con el PP que nunca resisto la tentación de preguntarme por qué diablos El Mundo no les expide el finiquito y a otro cosa. Pero todos sabemos ya que a Pedro J. Ramírez le va ese rollo, columnistas de izquierdas, como por ejemplo el procaz Eduardo Mendicutti, que confieren prestigio y sensación de diversidad a su–su–su periódico.
Pensándolo bien, puede que haya causado una impresión equivocada. En realidad me importa un bledo cuáles son las ideas políticas de cada periodista, aunque confío en que se comporten con un poco de honestidad, cosa harto difícil e infrecuente, cuando ofrecen sus puntos de vista y gestionan las noticias.
Suena Imagine de John Lennon. Los cuatro políticos exclaman: "¡Gran canción!", pero piensan: "Qué iba a decir el John ese, si no nació en España...", "Qué iba a decir el John ese, si no nació en Catalunya...", "Qué iba a decir el John ese, si no nació en Euskadi...", "Qué iba a decir el John ese, si no nació en Galicia...".
El chiste de Guillermo de la edición de ayer mostraba, como se ve, a cuatro líderes políticos españoles manifestando una cosa y pensando otra: todas las afirmaciones son idénticas, así como las reflexiones, en las que tan sólo cambia una palabra: el nombre del territorio que cada uno considera su nación. La trampa reside en la falsa simetría de las cuatro figuras, sugiriéndose de ese modo que son comparables, que la gravedad de la estupidez es la misma y que todos esos politicastros cometen los mismos errores y son igualmente motivos de chanza. Por supuesto, Guillermo no entrada en detalles demasiado sutiles, uno no sabe muy bien si debido a que no hay espacio para tanto, o si debido a que no le importan tales menudencias. En ese caso podría suponerse que manipula con doble desfachatez.
Lo interesante es que la defensa de la nación española en manos de Rajoy tiene un carácter mucho más constructivo que la defensa de los demás de sus diferentes parcelas : el vasco amenaza con celebrar un referéndum ilegal, por no entrar en la cuestión de cómo el PNV ha palmeado infames espaldas a lo largo de los años; el catalán se reunió con ETA para convenir que los terroristas no ejecutasen atentados en su región; y la última del gallego ha sido imponer una especie de tribalismo fascistoide en las escuelas de su comunidad autónoma, donde los niños serán forzados a emplear un idioma que, de forma natural, no usarían ni para disimular las palabras malsonantes. El discurso nacional de Rajoy, además de ajustarse pulcramente a la historia y al sentido común, es comparado en esa mafiosa ilustración con los nacionalismos artificiales de los tres líderes regionales. Luego hablan de crispar.
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Cambiando de tercio. Hace un rato leí una interesante noticia sobre el plan de prohibir determinadas palabras en el sistema educativo californiano, «mamá» y «papá» entre ellas. Al parecer se trata de una exigencia de algunos gays, quienes quizá ahora empiecen a presionar para que se instalen cuartos oscuros en los colegios, por eso de la diversidad y del conocimiento de las inclinaciones sexuales ajenas. Algo me dice que los homosexuales menos inconoclastas pagaremos algún día las disfunciones morales de los lobistas rosas. Dicho sea de paso, en este sentido nosotros le llevamos una cierta ventaja a California. ¿Acaso hace falta recordar a los progenitores A y B?
In Gore we trust.
Ni que decir tiene que los españoles hemos desarrollado el más excéntrico de los modelos educacionales. Tras enseñar a los alumnos diferentes técnicas de masturbación en sus variantes solitaria y comunitaria, ahora alienaremos un poco más sus pobres cerebros mediante los horrores milenaristas de Al Gore. El Gobierno invierte 580.000 euros en llevar la película de Al Gore a las escuelas. No importa que ese presunto documental no sea más que una especie de fantasía del III Reich en plan new age, ni que esté plagado de mentiras pulcramente enumeradas por un juez británico, y tampoco importa que su promotor, Al Gore, sea una especie de profeta fanatizado por sus ilusiones catastrofistas y por los contaminantes millones de dólares en los que vive sumergido. Nada de eso importa. A nosotros nos sobra el dinero necesario para invertir en ciencia ficción, y nos falta el decoro exigido para educar a nuestros menores como Dios manda. El enemigo, en casa.
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Posdata: Carlos Boyero, siempre bronco y siempre coñazo, líder espiritual de los más esnobs entre los esnobs españoles, abandona El Mundo y ficha por PRISA. Era un movimiento natural que desearía compartir y celebrar con vosotros.
Etiquetas: Al Gore, izquierda, USA
Supongo que antes de morder la carnaza debería explicar quién diablos es Ann Coulter. Bien, se trata de una célebre polemista norteamericana conservadora, participante habitual de debates sociales y políticos, autora de artículos sindicados a lo largo y ancho de Estados Unidos y autora asimismo de varios libros que se han encumbrado invariablemente en la cima de las listas de bestsellers de no–ficción. Coulter posee un cerebro veloz como el rayo y una temible capacidad de perturbar a sus adversarios mediante un sentido del sarcasmo tan agudo que casi es posible oírlo cortar el aire. La penúltima gran controversia protagonizada por Coulter de la que tuve noticia estaba relacionada con determinadas manifestaciones que realizó durante un importante congreso de los conservadores americanos; fue un comentario jocoso u ofensivo, según se mire, sobre John Edwards. Decía algo así como que no lo llamaría «maricón» para evitar que la ingresaran en un centro de rehabilitación. (Si no recuerdo mal, fue por aquella misma época cuando se desató una larga polémica a causa de las declaraciones supuestamente homófobas del actor Isaiah Washington sobre uno de sus compañeros de reparto en la teleserie Anatomía de Grey.) En aquella ocasión la audiencia de Coulter estalló en carcajadas. Sin embargo, fuera del edificio las reacciones tuvieron una apariencia mucho menos condescendiente. Andrew Sullivan, el célebre blogger homosexual, católico y promiscuo conservador le dedicó algunas líneas muy poco benéficas, pero básicamente lo reducía todo a un asunto de homofobia. Sin embargo, a estas alturas, y considerando la penetración del pensamiento políticamente correcto en nuestra sociedad infantilizada y despojada de principios vigorosos, yo me lo pienso dos veces antes de acusar a nadie de homófobo. La cosa es que muchísimas otras personas tildaron de retrógrada a Ann Coulter. Las críticas histéricas procedentes de la lerda izquierda fueron demasiado previsibles y vanas para reseñarlas seriamente, pero las provenientes del flanco de la derecha tuvieron su interés, eso no puede negarse.
Sabemos de sobra que todos los espectros políticos están configurados por un equilibrio, a veces precario, de intereses, y aun la propia derecha constituye un puzzle mucho más heterogéneo de lo que los rancios izquierdistas se esfuerzan en hacernos creer: liberales, conservadores, patriotas, determinado tipo de anarquistas, etc. tratamos de alcanzar ciertos puntos de convergencia para conseguir alguna oportunidad real de alcanzar el poder. Así que no es de extrañar que los derechistas libremos entre nos nuestras propias batallas. Yo soy un conservador receloso de los social liberales, como he mencionado en alguna ocasión, y no se me escapa que los social liberales se sienten motivados a describirme como un meapilas ultramontano. En realidad lo que me preocupa de todo este asunto es mi sospecha de que algunos conservadores, muy poco cómodos en la posición que les ha tocado vivir, tratan de contemporizar cobardemente con los izquierdistas atacando a sus propios pares ideológicos. Eso ocurre a menudo en España con Federico Jiménez Losantos como centro de la diana, y obviamente sucede otro tanto en Estados Unidos: en este sentido, Ann Coulter es el blanco perfecto.
Saco a colación este asunto impulsado por un artículo que leí ayer por la mañana en World Net Daily, artículo que me proporcionó la enésima prueba de que Ann Coulter no es más que el objetivo propicio de todos los ataques mezquinos de la izquierda y de parte de la derecha. Si bien en determinadas ocasiones puedo entender las reacciones viscerales experimentadas por algunos conservadores, en esta ocasión apoyaré sin fisuras a la célebre periodista y escritora norteamericana.
Coulter dijo en un programa de televisión que este mundo sería un lugar mejor si todos sus habitantes se convirtiesen al cristianismo. Más tarde afirmó también que los judíos deberían «perfeccionarse» (en este contexto, aceptar a Cristo como el Mesías), y en ese instante estalló la polémica.
Bien, la premisa consiste en que la mayoría de las personas profesamos determinadas convicciones porque pensamos que son las más próximas a la Verdad, si uno tiene un sentido absoluto de la moral, o las más prácticas, si uno es un relativista. Yo mismo soy cristiano porque creo fervientemente que Jesucristo fue Dios hecho Hombre; de lo contrario, ¿qué motivos tendría para cultivar esta religión? Y dado que confío en que eso es cierto, debo llegar a la conclusión que las demás religiones son falsas o inexactas, incluyendo el judaísmo. Pienso que a ellos se le escapó el Mesías, a quien no reconocieron en su momento y al que no reconocen tampoco hoy; por otro lado es obvio que ellos, los judíos, piensan que yo adoro a un falso mesías. Somos hermanos distanciados.
Creyendo como creo que Jesucristo es el Hijo de Dios, resulta inevitable que desee compartir esta verdad con los demás. Jesucristo animó a sus seguidores a evangelizar, luego un creyente no puede limitarse a cruzarse de brazos y ver pasar la vida sin comprometerse con esa exhortación de nuestro Señor. Junto con la fe, uno asume ciertas responsabilidades. Claro que todo esto no son más que obviedades, pero los avezados y los rojeras han aprovechado la oportunidad... una oportunidad ostensiblemente falsa... para linchar una vez más a una conservadora brillante. No es nada nuevo, claro: se trata tan sólo de que no querría insensibilizarme frente a toda esa necedad y perfidia.
Etiquetas: Ann Coulter, conservadurismo, Cristianismo, USA
Mientras escribía el post La fiesta de El Público el pasado miércoles me vino a la memoria una entrevista que Jesús Quintero realizó a Pedro Zerolo hace cosa de tres años. No la vi entera, de modo que no puedo ofrecer muchos detalles, pero recuerdo perfectamente una de las preguntas que el presentador, envuelto en una nubecilla de humo, formuló al entrevistado: ¿qué opinión tiene usted de los cuartos oscuros? [Salas sin luz a las que algunos homosexuales acuden en busca de sexo casual, por decirlo de algún modo. Uno desliza la mano, abre la boca, se arrodilla u ofrece su trasero, según sus preferencias, a la espera de localizar un amante que lo satisfaga.]
Zerolo, que por aquel entonces no había saltado todavía desde el lucrativo velero del activismo homosexual hasta el no menos rentable buque de la política de izquierdas, no se esforzó gran cosa en elaborar una respuesta que no sonara como lo que era, una frase hecha. Contestó que él no usaba cuartos oscuros, claro, pero que no tenía inconveniente en que los gays que lo deseasen practicasen ese tipo de sexo, o cualquier otro, como les viniera en gana. Lo interesante de este episodio es que si hace unas pocas décadas la gente de bien ponía todo su empeño en demostrar su desprecio a las conductas disolutas que proliferaban a su alrededor, hoy día ocurre justo lo contrario: se ha vuelto prácticamente imposible recabar algún respeto entre tus semejantes si no enfatizas hasta el hartazgo tu compresión hacia todo tipo de conductas depravadas.
La actitud de Zerolo, quien resulta prosaico incluso en su defensa de los cuartos oscuros, no es ninguna novedad. Y es que poner el acento en la sensibilidad hacia la amplia variedad de conductas desordenadas se ha transformado en un patrón social del que resulta muy difícil sustraerse. Cada día cientos de miles de personas en España, y supongo que en el resto de los países occidentales, sacuden con fuerza la cabeza a la vez que aseguran que los cuartos oscuros, el sexo en los urinarios de los centros comerciales o el cruising en los parques municipales son algo así como el no–va–más del estilo de vida liberal (que es a su vez el estilo que todos deberíamos adoptar).
No sería honesto si no reconociera que yo mismo he puesto los pies en uno de esos cuartos oscuros, aunque ni en lo más remoto se me ocurrió jamás emplearlo para fornicar con un desconocido. (Ni, si vamos a eso, con un conocido.) Es sólo que durante tus primeros escarceos por las zonas homosexuales te dejas guiar por lo más experimentados: y claro, los veteranos ostentan con frecuencia ese tipo de filias. Lo que quiero decir es que no existe una línea de transición clara entre los locales de copas sanos, por así definirlos, y los demás; sin darte cuenta te has metido en una discoteca mixta con una puerta secreta que da acceso a todo un universo de placeres prohibidos. «Placeres prohibidos», qué curioso. Ya apenas si existen prohibiciones --no, desde luego, de carácter sexual--, de modo que quien se sumerge en la guarida del dragón lo hace siempre impulsado por sus deseos, y no por esa estupidez de que lo prohibido lo vuelve todo doblemente excitante, como si los humanos no contásemos con ese fastidio al que llamamos «voluntad».
Saco a colación este asunto no sólo porque, en lo concerniente a mí, pensar en Zerolo equivale a sufrir el asalto de escenas mentales de cuartos oscuros, cabinas, parques y demás porquería, sino también a causa de un póster que he visto esta mañana mientras consultaba las páginas del World Net Daily, un periódico extremadamente conservador no siempre de fiar, pero repleto de noticias interesantes que son difíciles de localizar en otros medios. La imagen es la siguiente:
Se trata del póster confeccionado por los organizadores de la Folsom Street Fair para la fiesta de este año, si no lo he entendido mal (o hay nada que entender; aparece bien claro en la imagen). Supongo que sobran las descripciones, pues la intención subversiva resulta bastante evidente: la fotografía muestra una reproducción blasfema de la Última Cena, con Jesucristo representado por un forzudo afroamericano y los apóstoles reducidos a parodias aún más grotescas, incluyendo actores porno, fetichistas del cuero, mujeres, fetichistas de las máscaras, del rollo militar, sadomasos, travestidos y osos situados detrás de una mesa repleta de parafernalia sexual.
Puede que llegados a este punto no quede mucha gente con la sensibilidad necesaria para escandalizarse ante semejante ostentación de perfidia y mezquindad. A fin de cuentas nosotros mismos, aquí en España, organizamos exposiciones pornográficas en el interior de los templos, o retratamos los monoteísmos como una ominosa fuente de conflictos. Claro que en la piel de toro nos limitamos a reproducir las modas y los vicios estadounidenses, sin prestar atención a sus virtudes.
Es curioso que los homosexuales, mis «disimétricos iguales», por expresarlo de algún modo, hayan interiorizado sin oponer la menor resistencia un resentimiento tan profundo contra la Iglesia católica, resentimiento que refleja, sospecho, un profundo anhelo insatisfecho. Dada su actitud, ése es un vacío que no parece probable que logren rellenar jamás. Yo comprendo el rencor producido por el comportamiento de la Iglesia a lo largo de los años, pues todos sabemos que no es perfecta y que no siempre ha sido todo lo comprensiva que le era propio. Ahora bien, los homosexuales que se disfrazan de monjas equipadas con penes de plástico, de cardenales afeminados y de sacerdotes con el trasero al aire, todos esos gays y lesbianas que tachonan las manifestaciones de lo que ellos consideran un orgullo --el exhibicionismo, la promiscuidad, la inmadurez-- no exhiben la misma buena disposición a ridiculizar a los verdaderos enemigos de los derechos de los homosexuales en los países no democráticos. Tampoco se sienten motivados a meterse en la mollera que la homosexualidad ha sido considerada siempre por la izquierda un desorden burgués. Parte del problema reside, yo creo, en que la Iglesia sigue abordando, aún hoy, asuntos tan dolorosos como la dignidad o la responsabilidad sexual. ¡Hablar de sexo maduro a todos esos tipos medio desnudos que bailan música dance en carrozas festoneadas de espumillones, purpurinas y flores de papel charol! Todos sabemos que las manifestaciones del orgullo gay constituyen exhibiciones a gran escala del ego masculino, además de magníficas oportunidades de practicar sexo sin compromiso, como cierto actor español reclamaba durante el euroOrgullo gay celebrado este año en Madrid. ¡Promiscuos de Europa, venid!
Recuerdo una reunión de cierta asociación activista GLBT a la que asistí allá por el 2003. Aquel día teníamos la visita de varias personas religiosas, no necesariamente gays, que nos ofrecieron sus puntos de vista sobre las relaciones de la sexualidad y la religión. Había un muchacho bastante formal, apuesto a su manera, que desplegó los encantos de su amabilidad y tuvo que conformarse con recibir a cambio los comentarios ásperos, si no hostiles, de algunos de mis compañeros. Era previsible, por supuesto. También era de esperar que los invitados se comportaran intachablemente. Otro de los expedicionarios era un tipo homosexual, de unos cuarenta años y calvo incipiente, que nos contó lo maravilloso que era sentirse respetado como hombre en la Santa Madre Iglesia --así la llamaba--. Parecía un hombre constructivo. A su derecha estaba situado un muchacho delgado y pálido, aparentemente muy seguro de sí mismo, que tenía el aspecto de uno de esos francesitos del siglo XIX que fumaban opio entre suntuosos cortinajes, leían la poesía más exquisita y flirteaban impúdicamente con los burgueses adinerados. La soltura con la que defendía a la Madre de Occidente captó entonces mi atención. Me gustó verlo enfrentarse a mis compañeros, que sólo con gran dificultad encontraban las fuerzas necesarias para vencer el impulso de ponerse a gritar como dementes en mitad de la sala.
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Llevo varios días sin escribir una sola palabra para este blog, así que me siento en la obligación de presentar mis disculpas. Pero ya sabéis cómo funciona el negocio, unas veces las cosas marchan bien y las neuronas edifican magníficos palacios a base de prosaicos bastoncillos para los oídos, y otras las células nerviosas se limitan a identificar formas improbables en la geometría de las nubes y a limarse las uñas. Debo decir que tanto las uñas de mis neuronas como las de mis propias manos se encuentran perfectamente recortadas y limadas, subiendo y bajando como bailarinas de danza moderna sobre las negras piezas del teclado. Y aunque el lado oscuro de mi cerebro experimenta en este preciso instante el impulso de recrear escenas verdaderamente trágicas... mis dedos apretados contra los músculos del cuello de algún réprobo... un pequeño esfuerzo basta para liberarme de tan fantasiosa impiedad. (Nota: no me siento de muy buen humor, como podéis figuraros; a fin de cuentas, en condiciones normales yo nunca optaría por una forma de asesinato que requiriese ese tipo de contacto íntimo.)
Supongo que con el párrafo previo he roto el hielo, y en lo sucesivo podré flirtear sin pudor con los obscenos asuntos que tanto los políticos como la necedad generalizada en España han impuesto en nuestras vidas. Pensándolo bien, se pronuncia tanto la frase «esto sólo pasa aquí», casi siempre en referencia al país de la piel de toro, que la engañosa frasecilla ha perdido todo su significado. Suena casi tan flácida e irrelevante como el «buenos días» que le dedicamos cada mañana a la vecina cascarrabias y lesbiana del piso de abajo. (De hecho ya no; la mujer de piel tostada y cabello corto al estilo concejal etarra quedó atrás hace años, como mis compañeros de apartamento, las vacías frustraciones que festonearon mi vida durante aquella época y todo lo demás.) Sin embargo, a pesar de la tendencia española a degradar la patria al nivel de una cucaracha particularmente repulsiva, quizás haya algo de cierto en ella, pues ¿acaso existe algo parecido a Zapatero en alguna otra nación del planeta? ¿La misma vaciedad revestida de buenismo, la misma egoísta terquedad con traje y corbata, la misma capacidad de superar una y otra vez los excesos de la propia insensatez? Zapatero, como todo lo peor, no tiene parangón; ni siquiera un Pepe Blanco plantado, regado y recolectado como una hortaliza rechoncha y fea, y finalmente colocado en la casa presidencial de alguna republica bananera caribeña, lograría las mismas proezas de inversión moral y mezquindad que Zapo se cuelga de la solapa de la americana como condecoraciones de guerra. De una guerra secreta, por supuesto, nada que sus pacíficos votantes puedan echarle en cara.
El caso es que han transcurrido dos o tres semanas desde que me lamenté por primera vez de la inoperancia de los políticos respecto de los símbolos nacionales. Por supuesto, me refiero tan solo a los representantes públicos del PSOE en la arena interregional, pues Regina Otaola ofreció a sus pares un finísimo ejemplo de la valentía y, consecuentemente, la elegancia con que puede uno ejercer sus responsabilidades. Tampoco estaba pensando en los líderes separatistas, sanguijuelas amantísimas de los escudos, escudos inflamados por las fantasías tribales de sus portadores, que siempre se muestran de lo más dispuestos a enarbolar sus banderas muy por encima de las nubes, como si el escenario terrestre no fuera suficiente: y es que el necio siempre se muestra orgulloso de sus carencias. Que no suelen ser pocas, precisamente. Es fácil imaginarse una expedición extraterrestre sobrevolando las alturas siderales en sus cápsulas lenticulares y contemplando con civilizada diversión a los más tontos de entre los tontos, los ejemplares más exóticos del género tóxico español: esos alienígenas de cuerpos menudos y cabezas hinchadas --todo lo contrario que nuestros gnomos de la discordia independentista, que suelen tener más panza que cabeza--, esos alienígenas superiores, decía, podrían observar las banderas de todas las regiones con ínfulas soberanistas, y ninguna nacional.
Si sus herramientas telescópicas se encuentran lo bastante desarrolladas, y no imagino por qué no podría ser así, los aliens verían también las fotos de los Reyes de España ardiendo del revés mientras un corro de perros de presa roñosos ladraba a voz en cuello. ¡Guau, guau! Lástima que el servicio municipal de atención a los animales se mostrase tan reacio a atar a los ejemplares y encerrarlos en jaulas. Quién sabe lo que podría suceder a esos pobres animales, enfermos de rabia, tras el periodo estipulado de espera de adopción, cuando han de dejar espacio libre para los cánidos recién llegados.
Resulta muy curioso que en Estados Unidos, y a pequeña escala, sucedan cosas parecidas a las que ocurren en los rincones privilegiados de España. Es difícil figurarse a un Secretario de Justicia norteamericano mostrándose tan condescendiente con el crimen como ocurre aquí en España, pero si se escarba un poco también allí puede uno localizar algunas anécdotas tragicómicas, como ese episodio ocurrido en un instituto de Carolina del Norte donde todas las banderas han sido proscritas. Incluida la nacional. Sostienen que resultaría demasiado complicado filtrarlas una a una, es decir, determinar cuáles son bienvenidas y cuáles no. A eso lo llamo yo multiculturalismo, que es la comunión de todas las estupideces en un mismo tiempo y en un mismo espacio. (Hasta que una de ellas, con plena seguridad el islamismo, degluta a todas las demás y el planeta Tierra queda reducido finalmente a un enorme minarete desde el que cantarle alabanzas a ese tipo al que ni siquiera se puede caricaturizar. Qué hartazgo, señores: qué grima, qué hastío, qué frustración, qué repugnancia sin limites.)
SAMPSON COUNTY, N.C. – On the sixth anniversary of the Sept. 11 attacks, students at one high school were not allowed to wear clothes with an American flag.
Under a new school rule, students at Hobbton High School are not allowed to wear items with flags, from any country, including the United States.
Es una verdadera pena leer que algo así ha ocurrido en Estados Unidos. Me hago un paisaje mental, como es de suponer, del tipo de profesores que componen el claustro que ha adoptado esa estúpida decisión. Feministas radicales, a quienes podríamos definir como el bando de Las Vaginistas; multiculturalistas, fanáticos de Chomsky y nostálgicos de la revolución sexual del 69, esposos de las Vaginistas heterosexuales; profesoras feas, conservadoras en el fondo de sus seres pero incapaces de hacerse valer; iconoclastas de la enseñanza, promotores de la educación para la ciudadanía, fascistas retóricos, comunistas culturales, teóricos del porno duro, fumadores de peyote, mascahierbas... y así hasta que te echas a llorar. O puede que se trate tan sólo de una colección de esnobs cobardes, fenómeno éste que --y he albergado la siguiente sospecha desde mi adolescencia--, constituye la más grave amenaza para la integridad de Occidente. Es decir, de la Civilización más refinada y admirable que, bajo la Cruz, han conocido los tiempos.
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Sigo en las mismas, incapaz de escribir esta entrada.
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No es cosa fácil mantener la calma cuando te ves rodeado por el enemigo, aun si se da la circunstancia de que dicho enemigo se encuentra a miles de kilómetros de distancia, cómodamente aposentado en su lujosa mansión de estilo mediterráneo, y las posibilidades de un encuentro entre las partes se reducen a cero. Al terminar de escribir la entrada de ayer me sentí tan cansado como un chimpancé antisistema después de una cumbre del G8, y es que todos esos representantes de la moderna izquierda exquisita, los enanos mentales del Hollywood progre, hicieron que mi cabeza oscilara como una peonza. Sin embargo, es un hecho incontrovertible que incluso en el contexto más áspero y menos propicio se desatan las leyes de la sociología, la desviación social, todo eso, y cuando los rojeras vienen a darse cuenta los conservadores han empezado a abandonar el interior de las piedras y a reclamar la posición de dignidad que en rigor les corresponde.
Por otro lado, es fácil llevarse la impresión equivocada de que todos los profesionales de la principal fábrica de sueños, decadencia y vicios del planeta son unos bésale–el–culo–a–Castro, pero como iba diciendo existen excepciones suficientes para renovar el ánimo y albergar un poco de esperanza.
No obstante, antes de continuar convendría aclarar de qué diablos estoy hablando cuando me refiero a los «conservadores». Utilizo esa nomenclatura de manera bastante flexible, pues incluyo tanto a los tradicionalistas --Mel Gibson, por ejemplo-- como a los social liberales -- Kelsey Frasier Grammer, Vg.--. No negaré que los segundos me dejan un poco tibio, mas sé muy bien que no pueden pedírsele peras al olmo, y mientras conseguimos causar mella en las inclinaciones pseudo progresistas de los cocainómanos profesionales de la meca del cine (¡qué expresión tan apropiada!), más nos vale hacer de tripas corazón y enrolarnos en un ejército formado por los soldados más variopintos.
Bien, el célebre director de cine Oliver Stone, quien a lo largo de su carrera ha transmitido a medio mundo mensajes trucados sobre asuntos tan dispares como el asesinato del lascivo presidente John Fitzgerald Kennedy y las Cruzadas, afirmó en cierta ocasión que el dictador Fidel Castro era el hombre más sabio del planeta. Mi primer pensamiento al leer aquel despropósito fue que el mencionado tirano era el mayor embaucador de la segunda mitad del siglo XX, y su doncella de cámara, Oliver Stone, una fulana con problemas de obesidad enamorada del peor de los villanos. ¡Y gracias al cielo que Stone es un pacífico budista! Tal vez haya llegado el momento de que la zorra del cubano barbudo haga las maletas y ponga rumbo al Tíbet, de donde con un poco de suerte no saldrá durante sus próximas catorce reencarnaciones. (Para un cristiano, eso significa jamás.)
Menciono este episodio porque me pareció importante subrayar que esas altas autoridades morales de Hollywood no se limitan a contar bromas obscenas, como Whoopi Goldberg, o a manifestar redundantemente su desaprobación a la Guerra de Irak, como la mayor parte de los amigos de la monja rocanrolera, sino que sumidos en un estado de profunda degradación moral, llegan a sostener necedades que causarían algo así como una leve irritación cívica de no resultar tan dramáticos.
Tal y como están las cosas, pensé que merecía la pena realizar el esfuerzo de revolver el vertedero de Hollywood en busca de alguna pieza de valor; y de este modo la luz del Sol comenzó a alumbrar a las pobres almas de los conservadores en la meca... en la meca... en la meca... en la me–me–meca del cine.
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Lo dicho, no he reunido fuerzas suficientes para continuar escribiendo. Quizás hoy tenga más suerte. Feliz semana.
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Hace años que me lo pregunto, como si los signos de interrogación y las letras que hay en medio estuviesen impresos en el interior de mi cráneo y un poco de luz los sacase a relucir de vez en cuando: ¿por qué los cineastas españoles odian a España, por qué son tan perversos, cínicos e hipócritas, por qué no utilizan su arte, en las contadas ocasiones en que lo tienen, para sublimar y liberarse de sus rencores? En suma, ¿por qué los cineastas españoles sucumben tan a menudo a sus tendencias rastreras? Trato de comportarme como un hombre caritativo, y en consecuencia puedo perdonarles el esnobismo de nuevo rico, sus adicciones a los estupefacientes y a los muchachitos de quince años e incluso su incapacidad de rodar una película o una serie de televisión en la que todas las mujeres no sean unas zorras, todos los hombres unos chulos y la escena central sea siempre una relación sexual. Sin embargo, cuando apartamos a un lado todos estos asuntos y ponemos sobre la mesa los valores espirituales y cívicos, me viene a la cabeza la eterna pregunta: ¿por qué son tan bastardos?
Dudo sinceramente que ningún aspirante a actor tenga la menor posibilidad de conseguir un papel en la industria cinematográfica española sin avenirse primero a fornicar con el productor y a memorizar las proclamas «anti–imperialistas», antiamericanas, anticonservadoras y demás que han hecho célebres a los enanos mentales de la kultura nacional; quiero decir que si no eres lo bastante hijo de perra, en la caverna del cine español te dan las instrucciones y la oportunidad de degradarte hasta que causes verdadero asco a cualquier ciudadano más o menos decente.
Debe de haber alguna excepción, por supuesto, como Garci, pero la minoría derechista, de existir, mantiene la boca bien cerrada, no sea que los arrojen del tren del dinero, pues bastante esfuerzo les costó subir.
La verdad es que no debería preocuparme demasiado por la miseria ética enquistada en los corazones y en los cerebros de mermelada amarga de todos esos esnobs intelectualoides, dado que el cine patrio --nunca patriota-- es lo bastante burdo como para que jamás experimente la menor tentación de echarle un vistazo, pero... bueno, entonces descubres que los cineastas de Hollywood son casi igual de bobos, y tu gozo en un pozo. Y no es que se trate de algo nuevo, pues esos infatigables consumidores de cocaína --¿qué sería de la economía boliviana sin las narices abrasadas de estos eternos aspirantes?-- han sido siempre un poco rojos, y a lo largo del siglo XX, cuando el mundo libre ponía todo su empeño en sobrevivir a la terca amenaza comunista, los guionistas y directores de cine de Hollywood se mostraban de lo más serviciales con los soviéticos. Así, entre orgía y orgía y esnifada y esnifada, cantaban sus alabanzas al glorioso imperio rojo. Sin embargo, la URSS se fue al infierno, hecho éste que nunca dejará de causarme violentas explosiones de júbilo, y los dulces marranos de la industria del cine se empeñaron en localizar a un nuevo aliado que los ayudase a autodestruirse --y con ellos, a destruir la civilización más avanzada, en los sentidos material y espiritual, que han conocido los Tiempos: Occidente--. En esa sórdida segunda película de ficciones esquizofrénicas el papel del Enemigo seguía siendo magníficamente interpretado por Estados Unidos; el aliado, por ese sofocante magma en el que flota el terrorismo islamista.
Recuerdo muy bien una significativa escena en la que la actriz Jessica Lange afirmaba, frente a una nutrida audiencia de periodistas, que se avergonzaba de ser americana debido al Gobierno de su país. Los periodistas rompieron en una salva de aplausos y silbidos, la mayor parte de ellos presumiblemente porque estaban de acuerdo con la chica en que la administración Bush era «deficiente», y supongo que la minoría confiando, como confiamos todos los machos tontos, en que un gesto tan pueril les serviría para estar un poco más cerca de la actriz. Según se dice, las chicas de la industria del entretenimiento son bastante ligeras de cascos, así que quién sabe. En todo caso lo interesante de ese episodio no era su evidente valor antropológico, sino la actitud de la cincuentona. Me avergüenzo de. Parecido a Pilar Bardem, pero sin el punto escatológico que la Bardemanifestante le imprime a todo.
El caso es que Jessica Comprometida Políticamente Lange no es ni siquiera el mejor ejemplo de estrella de Hollywood rojeras, pero me ha servido para ilustrar la camaradería de los periodistas y para mostrar la verdadera jeta de estos.
El rostro del activismo esnob en la industria del cine sita en California sigue correspondiendo a Sean Penn, y el verdadero símbolo del espíritu comprometido de semejante casta de santos impíos, aquella grotesca estampa de Penn en las calles inundadas de Nueva Orleáns con una lancha que no sabía manejar. Cuidado con la perilla, muchacho, que el agua moja; ¿y qué será entonces de la laca? Estos pollos resultarían divertidos si no constituyesen una amenaza grave y objetiva para la supervivencia del mundo occidental, pues si bien es cierto que por ellos mismos son insignificantes --¿quién se tomaría en serio a todos esos millonarios viciosos?--, en conjunto con los periodistas que les confieren un tono solemne, y gracias al acceso a nuestras casas mediante el cine y la televisión, se encuentran en posición de ejercer cierta influencia. No es el momento de entrar a discutir cómo todos esos corruptos se esfuerzan en transmitir una imagen decadente de los valores tradicionales, con la familia en cabeza, pero querría abordar el asunto en el futuro.
La cosa es que Penn y la Jessi no son los únicos progres de Hollywood, y es que las malas hierbas brotan siempre en familias de mil miembros. ¿Cómo olvidar a Tim Robbins, el gracioso gigantón con un sentido de la dignidad y del buen juicio inversamente proporcional a su tamaño? La última vez que anduvo por España se lamentó de que Gallardón aprovechara la ocasión para sacarse unas fotos con él, argumentando que el político «de derechas» había rechazado acudir a la manifestación a favor de la negociación con ETA que las cañerías del PSOE habían organizado por aquellas fechas. Lo interesante de todo este asunto es que Tim, marido de la beatísima Susan Sarandon, realizó una interpretación obscena de la política española. Gallardón no quería estar con las víctimas, a favor de la paz, afirmó Tim Robbins. Y justamente ahí radica el problema: en que todos esos místicos de purpurina se limitan a moverse por el mundo como altas autoridades morales, pero raramente se detienen a investigar en profundidad aquellos asuntos sobre los que pontifican siempre que se les presenta la ocasión. ¿Fue Kid Rock quien advirtió que ellos, las estrellas, jamás abren un periódico? Claro que si lo hacen existe un ciento por ciento de posibilidades de que se trate del New York Times, lo que en realidad empeora el problema.
Luego están todos casi todos los demás, como el elitista George Antipetrolífero Clooney, Ben Affleck y su indomable íntimo amigo, como quiera que se llame, Charlize Theron y su leyenda urbana de la falta de libertad de expresión en Estados Unidos, y la pizpireta Gwyneth Los americanos son bárbaros Paltrow, Barbra No me toques el césped Streisand, Jane Apoya al enemigo vietnamita Fonda, Whoopi Goldberg, etc.
Sobra decir que en el etcétera previo va incluida la ex familia Baldwin Bassinger, quienes afirmaron en su momento que abandonarían Estados Unidos si Bush volvía a ganar las elecciones. Y de hecho no venció, sino que se impuso tan claramente en número de votos que la mañana en que tuve conocimiento de los datos me eché a bailar frente al televisor como un auténtico chiflado. No obstante, la disquisición más reciente del especialista en moral y política internacional Alec Baldwin ha sido el apoyo prestado a Larry Craig a través de una breve columna publicada por el panfleto Huffington Post. No voy a detenerme en este asunto, bastante cansado me siento, pero permitidme añadir un par de enlaces en los que dos autores distintos responden a Baldwin, Robert Stacy McCain [recomendado] desde The American Spectator y Roger Simon desde su blog [sintético].
En fin, por hoy es todo. Mañana publicaré la segunda parte de este post, en la que discurriré un poco sobre «el otro» Hollywood. Pasad un buen día.
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En julio pasado dediqué una entrada a cierto talento del cine español. Quizá os interese: A Flahn lo ponen verde.
Etiquetas: antiamericanismo, celebridades, kultura, progres, USA
They say people in hell suffer eternal pain because of the loss of God. ... In my soul I feel just this terrible pain of loss, of God not wanting me, of God not being God, of God not really existing. Jesus please forgive the blasphemy.
Las cartas que la Madre Teresa de Calcuta envió a lo largo de su vida a sus consejeros espirituales, y sobre las cuales impuso la condición de que fueran destruidas, han sido recopiladas y publicadas recientemente [en breve] en un polémico libro que en opinión de algunos ofrece una nueva perspectiva, maravillosa y sorprendente a un tiempo, de la intimidad más profunda de la Madre Teresa; según otros, como por ejemplo el marchante del mercado ateo Christopher Hitchens, quien imprimió su postura en las páginas de la progre Newsweek (basta leer la siguiente propaganda: «Making socialism work» sobre un favorecedor retrato de Zapatero, ¡en portada!), se preguntan cómo interpretar esto, aunque ninguna de las posibilidades que sugiere Hitchens suena demasiado benéfica: por un lado sostiene que la Iglesia ha querido sacar partido de la anciana transformándola en un objeto de consumo de masas; y por otro se inquiere si los romanos no estarán cometiendo el error de luchar contra la evidencia atea de la propia Madre Teresa de Calcuta. Bien, sería injusto omitir que Hitchens es, como mencioné líneas atrás, un beneficiario del creciente centro comercial en el que se ha convertido el ateísmo internacional, con Dawkins, Harris y demás ralea haciendo caja y carcajeándose insolentemente de la religión, a la que detestan en el mejor de los casos, y a la que consideran una bruja malévola en el peor. (Irónicamente, el hermano menor de CH, Peter, es un hombre religioso y socialconservador. Juguemos a identificar a la oveja negra de la familia.)
Las excentricidades de Ateo Hitchens han sido rebatidas elocuentemente en diversos ámbitos, aunque quizá una de las réplicas más persuasivas sea la que el teólogo Dr. Anthony Lilles ha publicado a través del blog del conservador Hugh Hewitt. Digamos que Lilles somete a Christopher Religion Sucks! Hitchens a un barrido de sopapos más bien psicológicos y sociológicos, y teológicos llegado el momento propicio. Utiliza Lilles uno de los argumentos que yo suelo emplear cuando me enfrento a los sin–Dios, y se trata de la incapacidad y la autoindulgente ofuscación manifestada por estos para comprender la fe en toda su magnitud. Por supuesto no puedo exigir a nadie que la experimente, pero sí que realice un esfuerzo para entender las dimensiones y hondura de mis motivos.
Sin embargo, no estoy seguro de que Hitchens posea la altura moral necesaria para percibir los pliegues ni las sutilezas de la fe, ni para comprender que la duda forma parte de la pasión religiosa del mismo modo que la inquietud se compromete con la búsqueda del conocimiento.
En realidad todo este asunto es irrelevante desde el punto de vista del conflicto convicción – ateísmo, y de hecho no es nada nuevo. A la Madre Teresa de Calcuta intentaron ya mancillarla con todo tipo de argucias hace tiempo: y es que su convencimiento de que el aborto es una aberración de proporciones cósmicas no es plato de buen gusto en nuestros días. Hace unos meses, tal vez un año, Baltasar Magro entrevistó a un famoso escritor que había conocido a la Madre Teresa, y se esforzó sin éxito en desatar una polémica con su invitado afirmando que, después de todo, la buena mujer cometió en su momento gravísimos errores que probablemente costaron infinidad de vidas. Afirmaba Magro que la Madre Teresa debió de aprovechar las ventajas que ofrecen los medios de comunicación de masas para hacer notar el hambre en la India. Claro que a Juan Pablo II lo tachaban de arrogante por utilizar los mass media para difundir la buena nueva de la Iglesia. Aclaraos de una vez, maldita sea.
Craig se larga.
A guisa de posdata: leo en Fox News online, vía PajamasMedia.com, y en elmundo.es que Larry Craig, el senador republicano por el Estado de Idaho al que multaron por conducta indecente en un aeropuerto de Minnesota, ha decidido darse el piro, como le exigían tanto sus compañeros de partido como sus votantes. No es oficial, pero supongo que a estas alturas su caída es inevitable. Sin embargo, hoy me he preguntado: ¿es posible que un caso de semejante magnitud pudiera ser fruto de una gran mentira a la que habríamos sucumbido incluso los conservadores? No lo afirmo, es sólo una inquietud absolutamente abstracta.
No hace mucho tiempo, Larry Craig sonreía.
Por cierto que tenía intención de escribir una entrada sobre los conservadores en la industria del cine --he pasado un rato recopilando información--, pero tal vez lo deje para mañana. Estoy un poco cansado para meter mano a un post de envergadura, y el peliagudo asunto de la Madre Teresa de Calcula se interpuso desde Christinity Today. ¡Feliz fin de semana!
Nota: ¿Norman Hsu? Generoso contribuyente de la campaña de la señora Clinton... con oscuro pasado. Mañana.
Etiquetas: ateos, Iglesia, progres, religión, USA
Terrance Aeriel, Dashon Harvey y Iofemi Hightower, 18, 20, 20, acuden a las proximidades de un centro académico para conversar y hacer unas risas. Unos desconocidos se les acercan, los capturan, los obligan a arrodillarse, los acribillan a balazos, los tres mueren. A Natasha Aeriel le descerrajan un tiro, la acuchillan, sobrevive, identifica a al menos uno de los asaltantes. Ocurrió a principios de agosto en Nueva Jersey, paraíso de los inmigrantes. El estado del bienestar.
Los verdugos eran inmigrantes ilegales. El estado del bienestar.
Cuando leí la columna de Steven Malanga en City Journal pensé que el crimen me resultaba familiar, aunque no estoy seguro de dónde procedía la primera noticia que me llegó. Quizá se tratara de una mención de Michelle Malkin en unos de sus artículos publicados por Libertad Digital. Sea como fuere, este caso verdaderamente dramático me trae a la mente, por enésima vez, la santurronería fanfarrona y básicamente disfuncional que medio Occidente ha adoptado para garantizar que sus nietos no cuenten con una democracia en la que caerse muertos, que es lo que desearán cuando se den cuenta de que la antigua gloria se ha esfumado tan rápido que todavía puede verse, como un espejismo. En los tiempos antiguos los padres sentían afecto por sus hijos; hoy les pagan el porno y pudren la sociedad en la que estos deberán desenvolverse durante las décadas venideras. Todo encaja.
Las puertas abiertas y las dádivas gratuitas con que la generosidad progre agasaja a los inmigrantes ilegales no es un fenómeno único. Uff, ojalá. En realidad responde a ese comportamiento impostado, supongo, pues duele pensar que la naturaleza sea lo bastante cruel como para hacerlos nacer así, ese comportamiento impostado, decía, que es una suerte de imitación estilística pero sin principios del Cristianismo. Se trata del paganismo espiritual volcado en caliente sobre las estructuras políticas, mediáticas y sociales, como demuestran las depravadas referencias morales de María Antonia Iglesias cuando, interrumpiendo con insolencia a algún derechista pusilánime, nos ofrece una visión maravillosa de los efectos salutíferos que la presencia de subsaharianos nos va a proporcionar. En ese momento el público rompe el mutismo y se echa a reír, pues es cosa sana. El paganismo, que en buena medida ha sustituido a la religión por la vía de la new age... la adoración de la madre tierra con banda sonora de sintetizadores tocados por algún fumeta colocado hasta las trancas... no nos ofrece nada nuevo, ni siquiera una vuelta a los orígenes; en tal caso nos quedaría el consuelo de una oportunidad renovada. Los paganos tienen su gracia, claro, pero sólo cuando residen en casas compartidas en las colinas de San Francisco. Entretanto llega el momento de que un terremoto los devore, a ellos, a sus camisas de flores y a sus gafas tintadas, trabajan como programadores informáticos, asisten a las manifestaciones anti Bush y nos responden con una sonrisa cuando enviamos un email al departamento de soporte de Google. La verdad es que me dan incluso un poco de envidia. El clima apacible, niebla, dinero a espuertas y la obscenidad transformada en lema: Paz, hermano; haz el amor y no la guerra, ya me entendéis. Sin embargo, una vez cruzan las fronteras de la ciudad se vuelven un auténtico coñazo.
Algunos paganos han sido elevados a la presidencia del gobierno por una desafortunada conjunción del caos, la constelación del triángulo invertido y, permitidme abandonar la chanza, ataques terroristas. Estoy pensando en Zapatero, en su papeles para todos.
Al empezar a escribir el post me asaltó la imagen de uno de esos simpáticos pedófilos que toquetean a nuestros hijos, a nuestros diminutos hermanos, a nuestros primitos y minúsculos sobrinos. También existen los violadores, que ofrecen satisfacción sexual a mujeres que difícilmente habrían empezado el día con esa perspectiva en mente. Los etarras son otro ejemplo magnífico de cómo las almas caritativas son demonizadas por la rigidez cívica. Fin de sarcasmo, al grano: en España, debido a la malsana beatería inoculada en nuestros corazones, la dignidad de las víctimas nos es tan grave como los mocos que los párvulos pegan en las patas de las sillas.
Falta de justicia. Entre otras cosas, eso es lo que diferencia a los falsos beatos de un cristiano con un sentido íntegro de la fe: la salvación después del arrepentimiento. Si no existe conciencia de culpa, si no existe conciencia de moral ni de las determinantes abstracciones del Bien y del Mal, ¿a qué demonios se supone que podemos aspirar? Empezaron colgándose pins del símbolo del Ying y del Yang, y aunque nadie lo preguntó, ellos respondieron que se trataba de, ya sabes, hombre, hay algo benéfico en lo malvado, y algo malvado en lo benéfico. Pero esa moda duró tan sólo un fin de semana. Llegados al lunes, ya ni siquiera eran capaces de distinguir el blanco del negro, no había matices, de hecho no había nada en absoluto. La vacuidad se los había tragado y había defecado lo que tenemos hoy: una patulea de desgraciados dispuestos a llevar a pique el maldito trasatlántico de Occidente. No sólo ocupan la mitad de los camarotes, sino que además acaparan el cincuenta por ciento de la tripulación. De momento el capitán parece un hombre capaz, pero quizá mañana hayamos perdido la primacía. Es la impresión que da. La impresión que tengo.
En fin, lo dejo aquí. Acabo de escribir la misma entrada por segunda vez esta semana.
SmackDown!
CUATRO tuvo ayer a mediodía la gentileza de emitir en abierto algunos combates espectaculares que habían sido retransmitidos previamente por Digital Plus. Guay.
Espectacular combate celebrado por los pesos pesados Batista y Undertaker.
Undertaker y El Animal Batista se enfrentaron en un duelo inusualmente largo que dejó a ambos hechos unos zorros. Venció Undertaker, pero lo pagó caro. El Enterrador desplegó la elegancia que lo ha convertido en un clásico, y Batista, cada día mejor, explotó su enorme carisma sobre el cuadrilátero. El salto final de Under fue glorioso, y los tributos a la violencia y el exceso sobre las mesas de los comentaristas, un ejemplo de lo mejor de las luchas WWE.
El combate final corrió a cargo de John Cena, vencedor, y el Gran Khali, demoledor. Cena se cobró la victoria por la penuria sufrida, y se vio forzado a arrojar al gigante hindú desde el lomo de una grúa para apoderarse de la gloria. Los escarceos fuera del ring, en los pasillos del estadio, fueron de lo más impactante que he visto en mucho tiempo.
A propósito, es posible que a Batista le expidan la baja debido a sus presuntos escarceos con los esteroides. Formaría parte de un club de 10. Ya veremos.
Atención, ¿qué dos luchadores WWE votan republicano? The Rock (el actor de cine) y Ric Flair (una especie de dandi decadente). Otro ex, Jesse Ventura, fue gobernador de Minnesota.
Nota
Antinoo me concede una generosidad que no merezco. Gracias :)
Etiquetas: batista, gran khali, inmigrantes, John Cena, outer-space, paganismo, pressing-catch, relativismo, ric flair, SmackDown, undertaker, USA
Al senador por el Estado de Idaho Larry Craig le han pillado con los pantalones bajados, o subidos, o a la altura de las rodillas, uno no puede saberlo con certeza, claro, no estaba allí, pero... amigo mío, al republicano le han condenado a pagar unos cuantos dólares por conducta indecente. Al parecer el tipo acudió a los aseos de un aeropuerto con la intención de practicar sexo casual con un desconocido, que es una expresión utilizada con frecuencia para enmascarar la promiscuidad. Bien, Craig siguió al pie de la letra el ritual de los «fornicadores causales», por así llamarlos, pero las cosas no salieron como él esperaba. Tal vez le diesen por la mismísima cueva del paraíso, si me permitís la zafiedad, pero no fue un plato de buen gusto. De eso no cabe la menoooor duda.
Cuando leí la noticia, que ha sentado a las mil maravillas a los cientos de miles de fariseos de izquierdas que pueblan la blogosfera estadounidense, me vinieron a la memoria las reuniones militantes gays a las que yo solía asistir cuando residía en la capital andaluza. Qué cosas, allí estaban todos aquellos gays balbuceando la palabra «hipocresía» en todas sus variantes cada dos o tres minutos. Lo hacían tan a menudo que llegué a preguntarme si se trataba de una apuesta secreta, o si sencillamente necesitaban pronunciar constantemente aquel sustantivo para mantener el corazón en movimiento. También es posible que trataran de convencernos a los demás de que tal institución o cual partido eran el enemigo, o puede que ellos mismos precisaran repetir sus proclamas una y otra vez para avivar la llama de su fe. Y es que hay algo de religioso en la profundidad con que algunas personas experimentan determinadas ideologías.
El objeto preferente de los salivazos de mis líderes homosexuales fue siempre la Iglesia de Roma, que solía suscitar no sólo reacciones verdaderamente histéricas, sino también algún disparate imaginativo. Como aquel treintañero que afirmaba que el Vaticano posee un pequeño ejército de clérigos armados dedicado a liquidar a los sacerdotes disidentes (teólogos de la liberación, reformistas mórbidos, cosas así). Aquel chiste me hizo pensar en la tediosa película Stigmata, en la que todo resultaba también bastante paranoico. Pero él era la excepción. Los demás se limitaban a gesticular, impostar la voz y clamar sobre el satanismo y la hipocresía de la Iglesia. El hecho es que raramente entraban en razonamientos; ¿para qué, debían preguntarse, si aquí todos pensamos igual? Pero no, no todo pensábamos igual. Aquella era la enésima manifestación de lo que algunos llaman fascismo queer, y que yo denomino homofascismo.
No es fácil ser conservador; y no sólo porque este modo de ver la vida lo compromete a uno en muchos sentidos, sino también porque los tontos, que son siempre mayoritarios, parecen haber establecido una aberrante equivalencia entre el conservadurismo y la infalibilidad. Ey, tío, no soy perfecto, pero el cielo sabe que me esfuerzo en identificar el mal y evitarlo y combatirlo. Claro que a veces me equivoco: ése es mi derecho. Sin embargo, ya es demasiado tarde. Cuando un conservador se sale del círculo que él mismo ha trazado, incluso si se excede una sola vez, da igual lo honrado que haya sido su comportamiento durante años, es arrojado al instante al infierno de los hipócritas. (Donde encontrará la compañía de los mismos que lo han acusado, ¿no es irónico?)
Hace algún tiempo se desató una fuerte polémica en determinados ambientes --el progre, el homoprogre, el conservador-- cuando el líder evangelista Ted Haggard, que había saboteado repetidamente los derechos de los homosexuales, fue acusado de mantener relaciones sexuales con otro hombre durante años. Con un chapero. Y era cierto: Haggard había pagado por sexo --sodomía y prostitución, además de consumo de estupefacientes, por emplear sus términos-- hasta que la historia le explotó en pleno rostro. De lo cual me alegro, pues aquel hombre deshonesto había pervertido durante demasiado tiempo el mensaje de Dios. Había llegado la hora de que ese enemigo del cristianismo, un falso mesías en el que cientos de miles de buenas personas habían depositado su confianza, fuera desenmascarado y apartado de sus correligionarios.
Los cuervos tienen dos alas, y una vez hubimos conocido la infame traición del pastor a nuestro Señor, asistimos al movimiento espástico del segundo miembro: a no pocos homosexuales les hizo muy felices la oportunidad que se les presentaba de tergiversarlo todo. A partir del caso del vicioso líder evangelista, impusieron al resto de los conservadores el sambenito de la hipocresía. No importa que en su vida cotidiana la mayoría de esos ciudadanos seguramente fueran honestos, que vivieran saludable y honradamente su fe en Jesucristo, todos fueron condenados vicariamente por la mezquindad del tipo en quien habían confiado. Y es que la justicia carece de importancia cuando se trata de enviar un mensaje efectivo.
Cuando el marine Matt Sánchez acudió a la Conservative Political Action Conference para denunciar la discriminación a la que lo sometían sus compañeros de Universidad debido a su condición de militar, un aficionado al cine adulto lo identificó como ex estrella del porno gay. Y era cierto, Sánchez había protagonizado un par de películas X bajo el pseudónimo de Rod Majors. De porn star, Sánchez había dado el salto al estrellato conservador, lo cual demuestra que los cons somos sexualmente capaces. De acuerdo, es broma. De hecho, ni siquiera es exacto que Sánchez pasara del porno a la escena conservadora, pues entre una cosa y otra no solo transcurrieron diez años, sino que además Sánchez accedió a las carreras militar y académica. Su participación en el CPAC fue incidental. En cualquier caso, el cambio de rumbo ideológico de Sánchez se debió a que había experimentado en propia carne la vacuidad de aquel salvaje estilo de vida. Es fantástico contar con tipos como él, y es genial que tuviera los redaños suficientes para hacer frente a sus cobardes compañeros de facultad
Sin embargo, esta absurda anécdota fue utilizada una vez más para desacreditar a los conservadores: el espectáculo convertido en justificación moral. Y es que en manos de un izquierdista, la propaganda es siempre la primera herramienta.
[Seguiré con este asunto en otro momento. Feliz día.]
Posdata: esta mañana he desinstalado la versión beta de Internet Explorer 7 para instalar la definitiva, y durante el ínterin he aprovechado para consultar este blog con IE 6. ¡Qué horror! Si algún posible lector no ha actualizado todavía a Explorer 7 o a Firefox, ¡ahora es el momento perfecto para hacerlo!
Etiquetas: conservadurismo, hipocresía, progres, USA
Dos de mis compañeros de clase y yo íbamos caminando por una de las anchas avenidas sevillanas próximas a la facultad donde estudiábamos. Ambos muchachos eran verdaderamente bondadosos y, aunque hace años que no los veo y más o menos catorce meses que no cruzo unos mensajes electrónicos con ellos, todavía los recuerdo con una cierta calidez. Bien, allí estábamos, con nuestras carpetas, nuestros apuntes, todo eso, echando unas risas y compartiendo una conversación. En algún momento debí de preguntarles qué opinión tenían de Estados Unidos, a lo que uno de ellos respondió que ese país había cometido demasiadas «maldades». Yo no respondí, quizá porque no me apetecía enfrascarme en una conversación que, tal y como yo lo veía, estaba condenada al fracaso, por cuanto el antiamericanismo raramente cede terreno ante argumentos racionales. «Las cosas son así, y así están bien», suelen pensar reaccionariamente aquellos fieles de la secta USA es Gran Ramera Babilónica.
En rigor, mi compañero de clase llevaba razón. Estados Unidos ha cometido algunos errores, y en algún caso seguramente alguna inmoralidad. (Trato de conciliar los conceptos de «error» y «maldad», que fue la palabra empleada por el señor X.) No sólo EE.UU. no es infalible, sino que ni siquiera tenemos derecho a exigírselo: el error es connatural a la especie humana. Así lo afirmaba el Santo Padre Benedicto XVI cuando mantenía que exigir perfección a un gobernante es un acto poco caritativo, injusto, cruel, pues se le carga con un peso que ninguna espalda humana puede soportar.
Lo interesante es que, para ser respetuosos con lo verdad, no hay ningún país merecedor de mención que no albergue bajo la alfombra del salón de su casa alguna tropelía. Los europeos en particular tenemos un par de feos asuntos alojados como tumores en las páginas de nuestra historia, si bien nunca le echamos un vistazo, ya sea por chovinismo infantil o necedad, ya sea porque los europeos somos cualquier cosa menos europeos: constituimos una suerte de ingente Masa Cómoda sin carácter ni personalidad. Lo que trato de decir es que no consultamos las líneas de la Historia del Viejo Continente porque, sencillamente, no la consideramos nuestra. Sólo así se explica nuestra pasividad frente a la rápida, agresiva y manifiesta presión de los islamistas. (He caído en la trampa y he reproducido un eufemismo vergonzoso al llamar «presión» a la incontrovertible invasión. Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa.)
Tampoco el misterioso Japón es santo en un mundo de réprobos, y ciertamente China no se escapa de esta esfera de malevolencias y villanías. Las tribus africanas tenían muy malas pulgas cuando los colonizadores afianzamos nuestras botas en sus territorios, y desde luego que los países que han germinado desde aquellos polvos no son un ejemplo de inocencia y bondad cristiana.
Así que aquí lo tenemos, un planeta repleto de países que han cometido, por citar literalmente a mi ex compañero de clase, «muchas maldades», verdaderas atrocidades, para ser exactos, pero raramente desplazamos el foco de atención demasiado lejos de los USA.
Es un hecho fuera de discusión que esa manera maniquea de ver el mundo y de juzgar a los Estados Unidos pasa por alto numerosas consideraciones (las más importantes). Por ejemplo, que Estados Unidos es una democracia cabal y consistente, y que cualquier infamia es noblemente despreciada y castigada por un pueblo envidiablemente dotado de un fuerte sentido de la justicia. Lo cual es lo mismo que decir que los errores cometidos por Estados Unidos son sometidos a análisis por sus propios ciudadanos con una apretada minuciosidad; lamentablemente, no podemos afirmar lo mismo de todas las naciones. Y me refiero tan sólo a aquellas en la que hay implantado un sistema político democrático, pues en las demás la crítica es siempre interpretada como una traición, y los felones son a menudo encerrados en cárceles infernales o sumariamente ejecutados. Sin embargo, esos países permanecen sumidos en la sombra de la inopia occidental: mientras tanto, los ojos siguen fijos en el poderoso lomo de lo que ellos denominan peyorativamente el Imperio. (¡Oh, si el ardiente brillo de este faro alcanzase aún más lejos, hasta el último rincón del planeta, con la fuerza del Sol!)
Todos los países cuentan en su diario de viaje con alguna zona roja de la que avergonzarse, pero pocos son los que han proporcionado tanto bien al mundo como los Estados Unidos: una profunda convicción en la democracia, un valor envidiable, la disposición para luchar en favor de los más altos ideales, ¡iluminados por un cristianismo más profundo que la cálida sangre!
Y, no obstante, los ojos de los ociosos siguen contemplando las vastas tierras de esa joya de Occidente con un resentimiento tan intenso que les hace temblar las piernas y convulsionarse sus corazones. Frente a las razones de la inteligencia, que tan favorablemente observan las cualidades de USA, ellos elevan los lemas y las ponzoñas morales del antiamericanismo no sólo para protagonizar una existencia cómoda en una vida de frases hechas, sino también para moverse libremente en una sociedad suciamente prejuiciosa. Es más fácil hacerse respetar afirmando que la Tierra es plana que manifestando admiración por los Estados Unidos de América. Encapsulado en las vísceras, el antiamericanismo hace sentirse comprometidos a los necios...
Etiquetas: antiamericanismo, personal, USA
Roger L. Simon, autor de novelas de misterio, bloguero y CEO de PajamasMedia.com publicó hace unos días una interesante columna en la que disertaba sobre la conveniencia y la legitimidad de los boicots en el contexto de los medios de comunicación. Era su reacción a determinados acontecimientos sucedidos durante las semanas previas: por un lado, el influyente comunicador de derechas Bill O’Reilly había invitado a la aerolínea JetBlue a abandonar su patrocinio de YearlyKos, la convención anual de izquierdistas organizada en torno al blog DailyKos.com. Por otro lado, el responsable principal de este blog, Markos Moulitsas, animó a los numerosísimos lectores de su bitácora a confeccionar una base de datos con todos los anunciantes que invertían su dinero en el programa de O’Reilly y, más genéricamente, en todos los programas de la cadena Fox.
Resulta obvio que, dependiendo tanto unos como otros de los ingresos publicitarios para subsistir, el éxito de las respectivas campañas era inversamente proporcional a las posibilidades de supervivencia de los distintos medios. Y siendo como es que tanto Kos como O’Reilly representan, digamos, a amplios sectores de la población, si su voz era acallada, muchísimas opiniones dejarían de ser vertidas. En resumidas cuentas, nos enfrentamos a un problema de libertad de expresión. Si bien es cierto que no se coarta específicamente una opinión, el hecho de que se frustren los vehículos mediante los cuales esta se propaga suscita un serio dilema moral. Debemos añadir por otro lado que, a juicio de no pocas personas, los boicots constituyen un método accesible de hacerse valer y darse a entender. A fin de cuentas, es fácil sentirnos incómodos cuando consumimos productos de una compañía comercial que despreciamos. Pongamos por ejemplo al cine español: ¿Quién quiere perder el tiempo con esa bazofia cuando los directores, los actores, los guionistas, los productores y hasta el último técnico se esfuerzan en darnos a entender que los conservadores en particular, y los derechistas en general, estaríamos mejor sepultados bajo una tonelada de cal?
Como decía, sostiene Simon que aniquilar las fuentes de financiación de un medio es la causa primera de que determinadas ideas no puedan manifestarse. Es un conflicto ético que yo mismo me planteé hace un año o así mientras leía cierto blog colectivo muy popular entre los modernos. Había saltado la liebre de Bush y, como era de esperar, hubo unanimidad respecto a que el Presidente de los Estados Unidos era un idiota malvado. Yo no lo tenía tan claro, por supuesto, y se inició una discusión sobre la identidad del pueblo estadounidense y sobre la raigambre de la democracia. Yo mantenía la teoría de que básicamente cualquier opinión tiene derecho a ser pronunciada por quienes consideran que es la correcta, pero que eso no implicaba la obligatoriedad de escucharla. Es decir, yo respeto que los cineastas kulturetas españoles piensen lo que quieran sobre el capitalismo que los ha hecho ricos e hipócritas, pero me inclino a no perder el tiempo oyéndolos expresar la mezquindad que los inflama como insectos preñados de sangre. Di lo que quieras, tío, pero a mí déjame en paz.
El problema, claro, es que al margen del dilema moral que acabo de exponer, debemos admitir algunas premisas más o menos evidentes. Un par de hechos base sobre los que al parecer todos estamos de acuerdo: que hay una lucha salvaje por implantar un modo de ver el mundo, y que no existe alternativa: nuestra posición es la única válida. La democracia está muy bien para los tiempos de paz, pero en este momento histórico, amenazados como estamos por el terrorismo islamista, por naciones dispuestas a reducir el planeta a cenizas y por quintacolumnistas del Enemigo infiltrados en nuestras filas, dejar el control en manos del adversario supone un suicidio en toda regla. Por tanto, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conquistar la primera posición, cuántas de nuestras posesiones éticas más preciadas podemos invertir en tomar ventaja?
No me malinterpretéis. No estoy discutiendo la posibilidad de recurrir a técnicas fascistas para ejecutar un triple salto mortal que nos sitúe a años de ventaja del Enemigo, sino la opción de utilizar herramientas cotidianas que nos garanticen, si no la victoria, al menos ciertas comodidades durante la lucha sin cuartel a favor de los valores clásicamente occidentales.
Creo que boicotear al enemigo, frustrar sus fuentes de financiación, es un método fantástico de asumir cierto control de la situación. Sobra decir que nuestros adversarios pueden recurrir, con más o menos éxito, a las mismas estratagemas, como ocurre en el caso O’Reilly – Kos. Confío en la supremacía moral e intelectual de quienes defendemos la libertad del sujeto incluso cuando lo que se hace con esa libertad nos parece repugnante. (Y el cielo sabe lo a menudo que eso sucede.) Siempre y cuando, claro está, la libertad del tercero no interfiera en la nuestra. Digámoslo así: todo el mundo tiene derecho a la vida, pero si un criminal trata de asesinarme, eso me confiere el derecho a emplear todas las armas necesarias para reducirlo; y, si es necesario, para matarlo.
No hablo de liquidar a los quintacolumnistas, pero sí de privarlos de todas sus herramientas de propaganda. Si aislarlos y asfixiarlos desde el punto de vista económico funciona, entonces manos a la obra. Al fin y al cabo, ¿no consiste en eso la lucha de los liberalconservadores españoles por hacerse oír, tras años de silencio obligado por la ventajosa posición de los izquierdistas? Ellos han atacado. Ahora es nuestro turno de acción.
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Posdata: comprendo que nos encontramos en una situación sumamente delicada, y esta carta publicada por NewsMax.com da que pensar. Un trabajador de la Ford trata de persuadir a los lectores de NewsMax.com de que abandonen su boicot a la mítica compañía automovilística, boicot motivado por los guiños realizados por el fabricante de coches al mercado homosexual.
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Segunda posdata: no me pasa desapercibida las diferencias que existen entre boticotear un medio de financiación externo --publicidad y patronazgo, digamos--, y los medios de financiación internos --evitar consumir los bienes y servicios ofrecidos por el mismo sujeto que nos ofende--. Desarrollaré el asunto en otra ocasión.
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