Publicado el martes 16 de octubre de 2007 a las 10:42 || Permalink

Triángulos equiláteros y otros asuntos

No puede negarse que los humoristas gráficos de El Mundo tienen talento. Nadie duda a estas alturas que para llevar a cabo el trabajo que realizan, es decir, reflejar la vida política con instrumentos casi estrictamente visuales y que además resulte divertido, se requiere un gran ingenio. Por si eso no fuera suficiente, los ilustradores de El Mundo han conseguido el más difícil todavía: publicar día tras día, semana tras semana y año tras año unos engañosos dibujos izquierdistas en un diario de línea editorial derechista.

No pasa día sin que me entretenga medio minuto echándole un vistazo a los chistes gráficos de El Mundo, aunque con frecuencia, junto con la carcajada, emito un resoplido de furia, pues Guillermo, Ricardo y el resto de miembros de la plantilla cómica son tan obstinada y demagógicamente complacientes con el PSOE e injustos con el PP que nunca resisto la tentación de preguntarme por qué diablos El Mundo no les expide el finiquito y a otro cosa. Pero todos sabemos ya que a Pedro J. Ramírez le va ese rollo, columnistas de izquierdas, como por ejemplo el procaz Eduardo Mendicutti, que confieren prestigio y sensación de diversidad a su–su–su periódico.

Pensándolo bien, puede que haya causado una impresión equivocada. En realidad me importa un bledo cuáles son las ideas políticas de cada periodista, aunque confío en que se comporten con un poco de honestidad, cosa harto difícil e infrecuente, cuando ofrecen sus puntos de vista y gestionan las noticias.

Suena Imagine de John Lennon. Los cuatro políticos exclaman: "¡Gran canción!", pero piensan: "Qué iba a decir el John ese, si no nació en España...", "Qué iba a decir el John ese, si no nació en Catalunya...", "Qué iba a decir el John ese, si no nació en Euskadi...", "Qué iba a decir el John ese, si no nació en Galicia...".

El chiste de Guillermo de la edición de ayer mostraba, como se ve, a cuatro líderes políticos españoles manifestando una cosa y pensando otra: todas las afirmaciones son idénticas, así como las reflexiones, en las que tan sólo cambia una palabra: el nombre del territorio que cada uno considera su nación. La trampa reside en la falsa simetría de las cuatro figuras, sugiriéndose de ese modo que son comparables, que la gravedad de la estupidez es la misma y que todos esos politicastros cometen los mismos errores y son igualmente motivos de chanza. Por supuesto, Guillermo no entrada en detalles demasiado sutiles, uno no sabe muy bien si debido a que no hay espacio para tanto, o si debido a que no le importan tales menudencias. En ese caso podría suponerse que manipula con doble desfachatez.

Lo interesante es que la defensa de la nación española en manos de Rajoy tiene un carácter mucho más constructivo que la defensa de los demás de sus diferentes parcelas : el vasco amenaza con celebrar un referéndum ilegal, por no entrar en la cuestión de cómo el PNV ha palmeado infames espaldas a lo largo de los años; el catalán se reunió con ETA para convenir que los terroristas no ejecutasen atentados en su región; y la última del gallego ha sido imponer una especie de tribalismo fascistoide en las escuelas de su comunidad autónoma, donde los niños serán forzados a emplear un idioma que, de forma natural, no usarían ni para disimular las palabras malsonantes. El discurso nacional de Rajoy, además de ajustarse pulcramente a la historia y al sentido común, es comparado en esa mafiosa ilustración con los nacionalismos artificiales de los tres líderes regionales. Luego hablan de crispar.

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Cambiando de tercio. Hace un rato leí una interesante noticia sobre el plan de prohibir determinadas palabras en el sistema educativo californiano, «mamá» y «papá» entre ellas. Al parecer se trata de una exigencia de algunos gays, quienes quizá ahora empiecen a presionar para que se instalen cuartos oscuros en los colegios, por eso de la diversidad y del conocimiento de las inclinaciones sexuales ajenas. Algo me dice que los homosexuales menos inconoclastas pagaremos algún día las disfunciones morales de los lobistas rosas. Dicho sea de paso, en este sentido nosotros le llevamos una cierta ventaja a California. ¿Acaso hace falta recordar a los progenitores A y B?

In Gore we trust.

Ni que decir tiene que los españoles hemos desarrollado el más excéntrico de los modelos educacionales. Tras enseñar a los alumnos diferentes técnicas de masturbación en sus variantes solitaria y comunitaria, ahora alienaremos un poco más sus pobres cerebros mediante los horrores milenaristas de Al Gore. El Gobierno invierte 580.000 euros en llevar la película de Al Gore a las escuelas. No importa que ese presunto documental no sea más que una especie de fantasía del III Reich en plan new age, ni que esté plagado de mentiras pulcramente enumeradas por un juez británico, y tampoco importa que su promotor, Al Gore, sea una especie de profeta fanatizado por sus ilusiones catastrofistas y por los contaminantes millones de dólares en los que vive sumergido. Nada de eso importa. A nosotros nos sobra el dinero necesario para invertir en ciencia ficción, y nos falta el decoro exigido para educar a nuestros menores como Dios manda. El enemigo, en casa.

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Posdata: Carlos Boyero, siempre bronco y siempre coñazo, líder espiritual de los más esnobs entre los esnobs españoles, abandona El Mundo y ficha por PRISA. Era un movimiento natural que desearía compartir y celebrar con vosotros.

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Publicado el lunes 8 de octubre de 2007 a las 8:25 || Permalink

De la estirpe de María Antonia Iglesias

Durante la semana pasada hice un par de referencias al programa matinal que Concha García Socialista Campoy presenta en la prisaica CUATRO, aunque en cada una de las ocasiones añadí los comentarios a modo de coletilla e impulsado por un enfado repentino del que deseaba liberarme tan pronto y limpiamente como fuera posible. Digamos para situarnos que el show de la Campoy es lo de siempre pero presentado por una de las heroínas del falso progresismo español, la Campoy misma, rodeada, al igual que María Teresa Campos y Ana Rosa Quintana, por un famosete, algún homosexual especializado en asuntos del corazón y una caterva de colaboradores que no reconocerían la dignidad aunque la vida les fuese en ello.

Supongo que es la propia Ana Rosa la única diva televisiva que ha adoptado lo más parecido a una posición neutral en lo concerniente a la política. La Campos apostó por unas tertulias fuertemente escoradas a la izquierda que, según sospecho, contribuyeron en parte a que su audiencia, leal durante décadas y despabilada por fin, le diera la espalda. Gran día aquél en el que María Teresa Campos se despidió de Antena 3 para no volver a afearnos la mañana siguiente. Aunque me figuro que su bolsillo no debió de resentirse demasiado --como buena progre, está forrada--, el pozo sin fondo de su ego, despojado de repente de la nubecilla fétida de colaboradores que le reían las gracias, seguramente se las hizo pasar canutas. Para colmo, sin su madre en antena, la no menos progre ex–de–Pipi–Estrada se convirtió en un objeto de caza tan bueno como cualquier otro. Como suele decirse, donde las dan las toman. Se trató de un acto de justicia poética que deberíamos agradecer encendiéndole velas y palillos de incienso al cosmos. (Yo lo haría si no resultara tan pagano, tan progre y tan del gusto de aquellos a quienes critico.)

Podemos decir que la Campoy es el súmmum de la feminidad progre, y era providencial que tarde o temprano trepara a la televisión --en este caso, a un canal sin audiencia-- y desplegara sus encantos socialistas con asuntos del corazón, de chicas monas que quieren convertirse en modelos y, por supuesto, con la política. Echándole un vistazo al carnaval–tertulia con que finaliza su programa, y contando con el supuesto equilibrio de fuerzas entre la izquierda y la derecha, uno podría llegar a la conclusión de que hay algo decente en esa barraca diaria. Pero no nos engañemos; una vez que han identificado al frenético Federico Jiménez Losantos como el enemigo, se han identificado a ellos mismos como fascistillas de izquierdas. Usemos por un momento, incluso aunque se trate a todas luces de una falacia, la premisa de que en efecto Losantos es el ejemplo a evitar, la muestra de la toxicidad de la derecha, el demonio episcopal, el talibán de sacristía --Luis del Olmo clamando al vacío--, todo eso. Extraigamos a continuación un par de ejemplos significativos de la mesa política de la Campoy: María Antonia Iglesias, el furor rojo al servicio del PSOE; Arturo No–sé–qué, el tipo canoso, apeado de la descalabrada Campos, que ha adoptado esa intrigante expresión... «derecha extrema», no «extrema derecha»... y se sume a menudo en trances histéricos que hace que las canas se le vuelvan moradas. Escuchemos sus discursos por un instante, analicemos el substrato de sus mensajes, el resentimiento, la tensión, el ostensible desprecio que manifiestan impúdicamente a un palmo de narices de la Campoy. El maniqueísmo, la demagogia, la vaciedad. Pues bien, es en esa tertulia en la que tratan de desacreditar a Federico Jiménez Losantos y a toda la COPE (a la que ellos denominan obstinadamente «la radio de los obispos»).

Cabría esperar que, frente al fervor progre de Mari Toni Iglesias, la Campoy tuviese la deferencia de invitar a su programa a algún derechista verdaderamente «motivado», por así decir, a fin de compensar las diferentes potencias de ataque, establecer un combate justo y ofrecer un imagen de decoro moral, pero eso sería demasiado, claro. Lo más parecido a eso que uno ve en el show de CUATRO es un derechista pusilánime y poco inclinado a arriesgar su puesto de trabajo por mor de sus ideas. A fin de cuentas, ¿quién renunciaría a trabajar con la Campoy, una mujer actual?

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Publicado el miércoles 26 de septiembre de 2007 a las 14:20 || Permalink

Post de relleno: La fiesta de El Público

Mi madre me acusa de comer como un «desesperado», y aunque debo reconocer que tengo una faceta bestia que ahora me hace inclinar la cabeza con las mejillas arreboladas a causa de la vergüenza, he de decir también, en mi descargo, que la situación política española va a volverme solo. ¿Qué puedo hacer, si soy un hombre sensible?

Por si no fuera suficiente el estado de confusión generalizada que se ha impuesto en España --en realidad, en todo el Occidente cristiano--, sale hoy a la calle un nuevo periódico de extrema izquierda. Lo dirige Ignacio Escolar, de la estirpe de Escolar, sí, ése, el bloguero al que linkan todos los blogoprogres necesitados de un falso mesías al que rendir culto, y apostó por la polémica y la zafiedad desde el primer momento. Y es que una mujer de edad madura vestida con una camiseta que rezaba Fuck Bush --«invita a Bush a un helado», de fuck, invitar a comer helado-- estaba llamada a reclamar toda nuestra atención. Está bien saber desde el principio lo que podemos esperar de ese periódico: recetas coleccionables para elaborar en casa nuestros propios helados.

Los propietarios del asunto celebraron anoche una súper fiesta a la que asistió lo más granado de la política española, desde la vicepresidenta del gobierno, quien acudió sin su marido y vestida con un traje de Ágata Ruiz de la Prada en forma de cucurucho de chocolate, hasta Pedro Z. Glamour, incansable combatiente por los derechos de los homosexuales con tangas de cuero durante las manifas del orgullo gay. También se dejaron ver por aquel macro cuarto oscuro, por eso de que había poca luz y menos dignidad, el ministro de justicia, la chica de educación, el muchachote del tema cultural y el chaval de los recados de la comunicación, Moraleda. El bando conservador tuvo el rostro de Zaplana, tostado y vacilón, como es él.

Adjunto foto de Pedro Z. Glamour con una miniatura de una fiesta agrícola previa. Creo que celebraban la cosecha anual del pepino.

Pedro Glamour, del Partido Zerolista Obrero Español (PZOE), causó sensación en la fiesta de inauguración de El Público celebrada anoche.

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Publicado el lunes 24 de septiembre de 2007 a las 13:42 || Permalink

A la izquierda le va el rollo falaz

Esta mañana vi durante unos minutos --el tiempo que tardé en dar cuenta de mis desayuno-- el programa matinal de Antena 3. No recuerdo su nombre, pero sí el de la presentadora, Susana Griso, quien hasta hace unos meses interpretaba el papel de comparsa de Matías Prat en los informativos con más audiencia del país. El caso es que en el show de la Griso había dos contertulios ofreciendo distintos puntos de vista sobre una variedad de asuntos de actualidad, desde la quema de retratos del Rey en Cataluña hasta el nuevo programa de subvenciones al alquiler de pisos que la enérgica Carmen Chacón ha sacado de la manga de su antecesora en el ministerio de las kelly finders. Miguel Ángel Rodríguez, ex portavoz de Gobierno durante la primera legislatura de Aznar, si no recuerdo mal, y Antonio Casado, ex de Federico Jiménez Losantos, siempre fiel a María Teresa Campos y chico para todo allá donde se le requiera, eran los tertulianos. Sobra explicar las posturas políticas.

Lo bueno de Miguel Ángel Rodríguez, por quien debo reconocer que siento una enorme simpatía, es que raramente parece tomarse demasiado en serio las cuestiones que se le plantean; ha adoptado una actitud casi cínica, y en cualquier caso distanciada, como de un aburrido compromiso con la actualidad, que refleja bastante bien el hastío que muchos espectadores sentimos cuando nos sentamos como larvas frente al televisor. Por otro lado, la virtud de Antonio Casado, esposo de la diva Carmen Rigalt, reside en que en contadas ocasiones emprende el tipo de discusiones ásperas que me sacan de mis casillas. Otra de las ventajas de contemplar a Antonio Casado en acción es que tarde o temprano siempre demuestra que los bienpensantes de izquierdas tienen un conocimiento de la realidad verdaderamente limitado. Y aunque eso es una especie de pequeña tragedia por sí mismo, sirve de ejemplo para reafirmarnos a nosotros, sus opuestos, en nuestras sanas convicciones conservadoras.

Explicó Casado en cierta ocasión --trabajaba por aquel entonces con María Teresa Campos-- que el desastre sucedido en Nueva Orleáns fue consecuencia de las prácticas neoliberales que envuelven la sociedad americana, y no de una falta de previsión tecnológica, como sospechamos todos aquellos que no albergamos tan insanos prejuicios contra Estados Unidos ni contra el libre comercio.

Casado ha vuelto a hacer de las suyas esta mañana cuando ha manifestado que promover medidas que ayuden a salir adelante a los veinteañeros es propio de un Gobierno de izquierdas. Resulta evidente que Miguel Ángel Rodríguez estaba al quite, pues saltó al ruedo al instante y, con su voz ríspida y aguda, le preguntó, en tono divertido, por qué eso corresponde a la izquierda. Casado abrió el manual de la propaganda progre (valga la redundancia) y respondió que los veinteañeros se hallaban en posición de desventaja, y que a la izquierda le es propio preocuparse por los más desfavorecidos. Aquello me hizo pensar en el comentario que una de mis hermanas realizó en cierta ocasión respecto a un feo asunto ocurrido por estas tierras; al parecer un poli local había dado leña a un 'niño bien' vestido de hippie, episodio que la chica analizó del siguiente modo: «Ay que ver que estas cosas ocurran con un Ayuntamiento de izquierdas».

Tanto mi hermana como Casado parecen haber adoptado como propia la vieja falacia de que la izquierda tiene algún interés en mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y bla, bla, bla. Pero de hecho el socialismo en todas sus formas no es más que un cáncer corrupto y corruptor de economías, de almas y de sociedades, y es precisamente al socialismo a quien le es propia la tiranía, la violencia policial, las actitudes fascistas y un completo desinterés por la vida de los ciudadanos, pues el concepto de individualidad resulta demasiado peligroso y desestabilizador como para introducirlo en la gran ecuación de la vida. El izquierdismo es fondo y forma del ansia de poder, es la indignidad vestida de beata, el vacío envuelto en bellas mentiras.

Resulta muy irritante que a estas alturas de la historia aún permanezca inoculada en el inconsciente colectivo la premisa falaz de que la izquierda es una especie de patético santurrón preocupado por la precariedad de los pobres. La experiencia demuestra que por donde pisa la izquierda no crece la hierba, pero eso no basta. Necesitamos experimentar la desgracia en nuestra propia carne. Y por eso seguimos votando a Bonos y Zapateros, a la expectativa de que saquen de la indigencia a todos esos pobres borrachos que residen en nuestras calles. Si la izquierda tuviese rostro, posiblemente se trataría del de un murciélago, porque ésa es su alma y su instinto: chuparnos la sangre, la energía, la conciencia. Vampirizarnos, pues.

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Publicado el domingo 23 de septiembre de 2007 a las 11:09 || Permalink

La conspiración monoteísta

¿Puede seguir negándose la evidencia? ¿Es posible discutir a estas alturas que el catolicismo se ha convertido en una especie de papel atrapamoscas en el que adherir todos los resentimientos ideológicos, políticos, sociales, ateos y paganos de la nueva clase pensante? Mientras la libertina Ibiza sirve de escenario para el tipo de exposiciones pornográficas que reflejan el estado moral de una sociedad --a tenor de la susodicha, España debe de ser una auténtica fosa séptica--, los politicastros madrileños han emprendido una dura ofensiva contra el catolicismo titulada «Dios(es): Modos de empleo». Sospecho que las otras dos religiones representadas en ese infeliz bulevar de la mezquindad, el judaísmo y el islamismo, no son más que víctimas circunstanciales de un crimen que tenía estrictamente a la Iglesia de Roma por objetivo. Si los sociatas y la progresía patria son los enemigos del catolicismo, el sentido común me dicta que es precisamente a esa religión a la que debo aproximarme en busca de la fe verdadera. A fin de cuentas, ¿a quién embestiría el Demonio, sino a los virtuosos? Y es que durante el pasado siglo XX, el comunismo fue Lucifer: vestido con el carismático traje de las buenas intenciones, vertió tanta sangre sobre el planeta que ningún hombre justo puede planteárselo sin experimentar la sensación de que la tierra, de repente insegura y brutal, se abre bajo sus pies.

La exposición madrileña sostiene la tesis de que los monoteísmos son ineluctablemente maléficos, que conducen a la guerra, al enfrentamiento y a esa hostilidad constante, ora disimula ora en plena acción, que es fruto de la falta de talante. Solía decirse que talante es lo que le sobraba al presidente Zapatero; hoy sabemos que lo que le sobra es marketing y habilidad para identificar y apropiarse del mal allí donde lo encuentre: Cuba, Venezuela y el Irán 100% libre de homosexuales que los islamistas están confeccionando por el clásico método de la grúa.

Moratinos refrendó con su oronda presencia la exposición madrileña. La ventaja de que el ministro de asuntos exteriores se dejara ver reside en que abatió de un plumazo todas las dudas sobre la postura del Gobierno con respecto a la religión. Han apostado por el anticlericalismo y ya es demasiado tarde para tratar de encubrir su rencor con visitas vicepresidenciales al Vaticano o con hipócritas manifestaciones bononianas. Insigtía Bono antes de ayer, en una mesa redonda celebrada en el programa de televisión de Ana Rosa Quintana, que el cristianismo y la bandera no son exclusivos de la derecha española. Me gustaría pensar así, en serio: pero tanto la Cruz como la bandera exigen el tipo de compromiso claro y sin ambages que los socialistas recluidos en las membranas del PSOE jamás adoptarían.

Hoy día el PSOE se complace en un antiespañolismo tan trágico e incomprensible que le hace a uno preguntarse qué tipo de maligno tumor ético se ha apoderado del partido. Por otro lado, apenas si invierten algún esfuerzo en disimular el profundo desprecio que sienten por el catolicismo. La exposición madrileña «Dio(es)» lo demuestra a las claras, como también demuestra la falta de decoro de los socialistas. No disponen de evidencias que emparienten el monoteísmo con una supuesta inclinación natural al crimen, a la tiranía y al belicismo, pero afirmar en falso es gratis, lo mismo que el dinero del contribuyente: siempre se puede acudir a por más.

Hace algún tiempo leí un interesante post publicado en el blog El camino de la felicidad en el que el autor establecía algunas supuestas equivalencias entre el fanatismo islamista y un presunto fanatismo cristiano. Aunque con toda modestia, en aquel momento me tomé la libertad de añadir un largo comentario en el que sugería que comparar musulmanes con cristianos no es más que una falacia interesada. Así pues, era cuestión de tiempo que los sociatas la emplearan en beneficio propio. Bien, mi comentario de entonces fue el siguiente; pienso que deja más o menos clara mi posición*:

Humm, humm… una entrada estupenda, me ha gustado y ha hecho que mi cerebro sufriera un par de sacudidas, fantástico. Estoy de acuerdo en el fondo, en la tragedia y en la fatalidad del relativismo, eso desde luego, pero la comparación que has establecido entre cristianos e islamistas es injusta y, lo digo con el máximo respeto, inexacta.

Soy cristiano, religioso de una forma intelectual, de modo que tiendo a introducir y emplear matices espirituales que me facilitan la comprensión tanto de la historia como de todo lo demás. No resulta muy científico, pero de momento eso no lo necesito. Así que aquí estoy, pensando que dado que Cristo era/ es verdaderamente el Hijo de Dios y que Mahoma no fue más un impostor aficionado a la carne fresca, tiendo a dar la razón a esos pobres cristianos a quienes el amor y un sentido constructivo de la vida les costó el sacrificio. Así como nuestro Señor fue sacrificado por la liberación de nuestros pecados. Los islamistas cortan las cabezas a los infieles para demostrar gratitud y obediencia a un dios satánico, mientras que los cristianos dan de comer, predican amablemente, ponen vendas donde previamente los musulmanes habían causado heridas. Los cristianos de este mundo se dispersan para esparcir la bondad y la palabra de Dios, funcionan como reverentes abejas que diseminan la gloria del Creador, respetuosamente, alimentando a los hambrientos, corriendo el riesgo de perder la propia vida, el atributo más preciado que Dios proporcionó al hombre en aquel primer Momento…, mientras que los islamistas se limpian las barbas impregnadas de sangre. No veo fanatismo en estos cristianos, pues no buscan la muerte, como hacen los siervos de Alá, sino que la desafían por la gloria de Dios y por el beneficio de sus semejantes. Hay un matiz fundamental, y en mi opinión ese matiz los vuelve a unos nobles, conscientes, astutos, libres, y a los otros los torna monstruosos, feroces, despiadados.

Comprendo que quienes no afirman la divinidad de Jesucristo pueden conjeturar que se trataba de un fanático, pero desde mi punto de vista, implicado, por supuesto, Él se limitó a cumplir el Plan Maestro, un maravilloso truco que Dios proyectó a lo largo de los tiempos y que tan beneficioso resultó tanto para nuestras almas como para la salvación terrenal: aquí y en lo que quiera que exista más allá, ahora y en la hora de la muerte, tenemos la oportunidad de vivir constructivamente, libremente, sanamente.

Por otro lado, y aunque es cierto que los primeros cristianos decidieron predicar la Palabra del Salvador por todo el mundo, aunque fue un acto consciente y deliberado, es importante señalar que Jesucristo los animó a hacerlo; lo menciono porque esta pequeña inducción del Señor ha tenido consecuencias a lo largo de la historia, tiene consecuencias todavía hoy.

Permíteme terminar cuestionando que los cristianos de entonces sean los musulmanes de hoy; la instrucción de poner la otra mejilla fue una invitación a plantearse la vida de manera constructiva, a no devolver mal por mal si existe la posibilidad de resolver el conflicto. Los cristianos que cantaban alabanzas al Creador mientras eran devorados por los leones no se suicidaron, y ciertamente no mataron a nadie. Ellos fueron las víctimas, mientras que los suicidas modernos son los verdugos. Si confundimos eso, ¿qué nos queda? ¿El relativismo?

Comparar el Cristianismo con el islamismo es una trampa torpe y obscena. No caeré en ella.

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* He editado superficialmente el texto para adaptarlo a este blog. No obstante, los cambios son mínimos y no afectan a las apreciaciones contenidas en él.

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Publicado el jueves 20 de septiembre de 2007 a las 14:48 || Permalink

El cerdo una trampa sembró, II

[Primera parte del post, aquí.]

–Finalmente todo quedó reducido a dos cartas –dijo ella–. Insistían en que, en lugar de llamar a la pizarra «tablón negro», la llamara «tablón de tiza». Todo se había reducido a las palabras «negro» y «tiza». No podía creer, y sigo sin podérmelo creer, que una persona sensata, cualquiera que sea el color de su piel, pueda poner objeciones a la designación de «tablón negro». Es un tablón y es negro. La palabra negro en sí no puede ser ofensiva. Yo he llamado así a ese objeto toda mi vida, así que no veo por qué han de obligarme ahora a modificar la manera de hablar mi propia lengua.

P.D. James, Intrigas y deseos.

El gran triunfo, y al mismo tiempo la principal ventaja con que cuentan los marxistas culturales y en general los izquierdistas en toda sus variantes fue persuadirnos de emplear las armas de su elección. Como escribí ayer, se infiltraron en la sociedad a través del sensible costado de la cultura, esa amalgama abstracta e impenetrable de ideas en la que casi cualquier cosa es posible, o por lo menos lo parece. Lo que quiero decir es que resulta muy difícil convencer a un ciudadano de que renuncie a las comodidades materiales a las que se ha habituado, y que son fruto del progreso capitalista, mientras que embaucarlo haciéndole creer que determinada idea artística es digna, incluso sublime, es una tarea muchísimo más sencilla. Después de todo, el arte es un concepto demasiado alejado de la vida cotidiana de la mayoría de las personas, y los supuestos artistas modernos están tan convencidos de que la porquería que producen tiene algún mérito, que uno apenas encuentra fuerzas suficientes para llevarles la contraria. Siempre pienso en un tipo al que conocí, pero cuyo trato perdí hace ya varios años, un muchacho larguirucho y desprovisto de energía vital que hablaba con una voz sorprendentemente grave y siempre parecía sumido en profundas meditaciones interiores. Pues bien, era un sibarita del Arte, una de esas personas con un sentido refinado y a un tiempo pedante de la belleza. El chico sostenía, para mi alborozo, que ni siquiera haría el esfuerzo de cruzar una calle para meterse en uno de esos museos modernos donde las escobas clavadas en un mazacote de materia fecal se considera arte. Si debo ser honesto, yo nunca he tenido ni la más remota idea de las disciplinas plásticas, así que me limito a reaccionar naturalmente a los estímulos que recibo; y mientras las abstracciones me producen tedio, incluso desconfianza, las pinturas antiguas me conmueven. Puede decirse que mi instinto es también mi premisa.

El problema reside en que mi conocido era considerado una especie de paria reaccionario en su facultad, y de vez en cuando se citaba a escondidas con una profesora para discutir lo que ambos consideraban verdaderamente Arte, Velázquez y etcétera. Los demás alumnos, decía mi colega, se correspondían con el tipo de esnob y falso excéntrico retratado en aquel episodio de Los Simpsons en el que Homer se convertía accidentalmente en escultor. Pero los demás alumnos, los esnobs, eran mayoría, y la verdad se había impuesto con tal determinación en la facultad, que todos los esfuerzos por abrir un debate intelectual estaban abocados al fracaso. Permitidme reproducir algunos párrafos extraídos de El periodismo canalla y otros artículos, de Tom Wolfe:

Frederick Hart murió a la edad de cincuenta años, el 13 de agosto de 1999, dos días después de que un equipo médico del hospital Johns Hopkins le diagnosticara un cáncer de pulmón. De esta forma repentina concluyó uno de los episodios más extraños de la historia del arte del siglo XX. Cuando contaba poco más de veinte años, Hart se propuso, consciente y deliberadamente, recuperar la suprema tradición de la escultura occidental, lo consiguió con asombrosa facilidad y acto seguido se volvió invisible, igual que el hombre invisible de Ralph Ellison, que era invisible «simplemente porque la gente no quería verme».

[...] Hart estaba tan abstraído en su «triunfo» que no sabía prácticamente nada del mundo del arte en los ochenta. De hecho, el mundo del arte existía sólo en Nueva York, y no era exactamente un «mundo», en la medida en que ese término involucra a un gran número de personas. En el único estudio sociológico sobre el tema, The Painted Word [presumo que se trata de La palabra pintada, del propio Tom Wolfe] el autor calculaba que el «mundo» del arte estaba compuesto por unas tres mil personas, entre galeristas, comerciantes,, coleccionistas, estudiosos, críticos y artistas. Incluso en los puntos más remotos del país, los críticos de arte estaban perfectamente satisfechos con su papel de sumisos propagadores del mensaje que recibía de Nueva York. Y el mensaje era que la escultura de la escuela renacentista, como la de Hart, no podía considerarse arte.

Las revistas especializadas abrieron los ojos de Hart hasta colmarlos de perplejidad. Las esculturas clásicas eran «imágenes en el aire». Utilizaban un truco artero, la --habilidad-- para engañar a la vista y sugerir al espectador que el bronce o la piedra se habían transformado en carne humana. En consecuencia, eran artificiales, falsas, ostentosas. En 1982, ningún artista ambicioso se habría atrevido a demostrar habilidad, suponiendo que la tuviera. Los grandes escultores de la época se aplicaban en grandes proyectos como dirigir a un grupo de payasos sindicados que alineaban piedras o ladrillos en el suelo, objetos que ellos, los artistas, jamás habían tocado (Carl Andre); o vertían hierro fundido en los bordes del suelo de una galería (Richard Serra); o sacaban tubos fluorescentes directamente de la caja de la ferretería y los disponían de una forma u otra (Dan Flavio); o soldaban vigas y trozos de metal (Anthony Caro) [y Homer Simpson, nota del blog]. Todo esto expresaba la verdadera naturaleza del material, su «gravedad» (nada de imágenes de piedra flotando en el aire), su «objetualidad».

Era la genialidad hecha escultura. Como dijo Tom Stoppard en su obra Artist Descending a Staircase: «La imaginación sin destreza nos ha dado el arte contemporáneo».

De acuerdo, si transcribo una sola palabra más es posible que los abogados de Ediciones B empiecen a ladrarme, morderme y sacudirme como a un trozo de carne correosa.

Saco a colación este tema porque ha llegado el momento de que extraigamos nuestros valores del maletín de las vergüenzas y pongamos al descubierto la evidencia. La habilidad, el talento y el arte son cosas diferentes, e incluso si no lo fueran, incluso si admitiésemos por un segundo que aun las peores procacidades producidas por chiflados holandeses son arte, eso no cambiaría nada. El arte es un instrumento de expresión humana tan falible y patético como cualquier otro. Y todo lo humano debe regirse por las mismas reglas a las que nos sometemos nosotros, los propios humanos. ¿De dónde diablos salió la idea, propagada como un virus maléfico que licua y pudre lentamente nuestras entrañas, de que el arte está más allá del bien y del mal, por encima de la moral, exento de juicios espirituales? ¿Debemos transigir frente a la teoría de que las peores fechorías están justificadas si sirven al supremo objetivo del Arte? La idea es demasiado estúpida para tomárnosla en serio, aunque ciertamente no faltan catetos dispuestos a apoyarla. Han sustituido los valores espirituales absolutos por los valores absolutos del arte, aunque ni siquiera ellos sepan muy bien a qué diablos se están refiriendo.

Pero de hecho esto es mucho suponer. Los excrementos de un drogadicto que tan sólo abandona su mugriento loft londinense para agenciarse una raya de coca no son arte. Un crucifijo metido en un frasco de orina no es arte. Es todo lo contrario: Degradación. Donde el arte sublima nuestra naturaleza imperfecta, la eleva graciosamente a niveles de los que sentimos orgullosos, donde el arte nos conmueve mediante flirteos de la realidad y la fantasía, la materia y el espíritu, la corrupción pseudo artística expone lo más pútrido que albergamos en nuestras entrañas, lo menos honorable y más enfermizo de nuestra humanidad, y trata de presentarlo como una insignificancia cotidiana, como si lo peor fuese irrelevante y lo mejor ni siquiera existiese.

Sin embargo, algún diabólico juego del destino ha conferido ventaja a los rojeras kulturales y, tal y como están las cosas, ellos deciden el peso de cada palabra, el valor de los significados. Incluso han determinado el significado del Arte y de expresiones tan jabonosas como las de «libertad de expresión», «libertad de elección», etc. Como decía, han sido ellos quienes han confeccionado y seleccionado las armas con las que luchamos, algunos de los principios sociales con los cuales nos interrelacionamos; desde este punto de vista, ¿qué posibilidades de éxito tenemos? Ninguna, si les seguimos el juego. Muchas, si rompemos la baraja y les arrojamos a la jeta los naipes marcados con los que nos han engañado durante tanto tiempo.

Me viene a la memoria la pregunta que un usuario de elmundo.es le realizaba a un crítico cinematográfico que había escrito una biografía del héroe español Nacho Vidal, un célebre actor porno que hace una temporada recorrió los platoes de buena parte de los programas de televisión españoles. La pregunta de marras, parafraseada, era la siguiente: «¿piensa usted que el cine porno será respetado algún día como lo merece?». El crítico de cine adoptó un hilarante tono beatífico y respondió que ojalá los españoles reconsiderásemos nuestra actitud con respecto al porno, como si la obscenidad fuera en realidad un bien cultural largamente oprimido por el rancio moralismo cristiano. Pues bien, ese mismo tipo es el responsable de ilustrarnos sobre la calidad de las películas, sobre el valor moral que poseen, sobre lo que merece la pena y lo que no. ¡Nada menos que un hombre convencido de que el porno debería empezar a ser respetado como una... sí, como una expresión artística!

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El episodio del templo católico transformado por los políticos ibicencos en el museo de los horrores pornográficos constituye un ejemplo perfecto de la hipocresía tanto de los artistas como de los politicastros que los alientan. Y no se trata tan sólo, que sin duda también, de que estos iconoclastas de medio pelo jamás se atreverían a romper las verdaderas normas que nunca se han agraviado --la imaginería islámica, por ejemplo--, sino de que fabrican su falso arte partiendo de premisas falaces.

Hace unos momentos he echado un vistazo a un artículo bastante bobo y complaciente sobre un artista británico vestido de mesa camilla publicado hoy por elmundo.es. El virtuoso de marras, Lindsay Kemp, además de ponernos al corriente de que mantuvo una relación homosexual con el cantante David Bowie, nos explica lo siguiente:

Todos los artistas rompemos las normas, somos inconformistas, sobre todo porque esta sociedad es una mierda.

Habría sido magnífico que precisara a qué normas se refiere, aunque no tuvimos esa suerte. El inconformista se limitó a pronunciar una teoría que nunca antes ningún humano expresó: «la sociedad es una mierda y yo me revelo contra eso». Para ser honesto, debo decir que no entiendo muy bien por qué tiene en tan baja estima a la sociedad; pero quizá sería excesivo exigirle una mayor hondura de análisis. Son artistas, las frases hechas bastan para darse a entender. ¿Cómo casar ese convencionalismo con el instinto ácrata del que presumen? A eso que responda Pérez.

Hasta donde yo sé, los artistas se sienten impulsados a recluirse en ghettos sumamente elitistas, pedantes y esnobs, a elaborar sus propias micro sociedades dentro de las cuales vivir sin trabas demasiado convencionales. Quizás haya llegado el momento de que, tal y como hizo Hart, el malogrado escultor que mencionaba Wolfe, rompan las normas del propio falso arte en el que se hallan sumidos. Quizás haya llegado el momento de que empiecen a realizar trabajos que causen verdadera admiración, que hagan mella en nuestros corazones, y no esa sensación de pasmo y estafa que experimentamos al contemplar la Torre Eiffel envuelta en látex o alguna cosa parecida.

Volviendo a la exposición obscena ibicenca, me asaltan todo tipo de dudas sobre la honradez de los responsables de la misma. La propia concejal de cultura, Sandra Mayans, saltó a la palestra mediática hace un tiempo debido a unas oscuras acusaciones de uso de dinero negro en el PSOE de Eibissa. Por aquella época ostentaba el cargo de concejal de Fiestas. Y es que se trata de una mujer muy festiva, como se puede deducir de sus declaraciones sobre el sucio espectáculo que ampara. Afirma que llevaría a su hijo a contemplar el material expuesto en la galería: la sodomía zoológica, la humillación del Santo Padre Juan Pablo II, la profanación de la figura de Nuestro Señor Jesucristo. Quién sabe, puede que el crío reconociera a su madre retratada en alguno de los collages. Y no es que desee ofenderla, por supuesto: sé muy bien que ella lo considera «lo más natural del mundo».

Afirma también la Mayans, esa chica guapa, decente, virginal, confiable, el tipo de mujer fatal que se deja ver en no pocas novelas negras, que en las Iglesias («y más arriba», lo que quiera que eso signifique) se observan cosas peores que las exhibidas en el museíllo. Lamentablemente la muchacha sigue la estela de Kemps, el ex amante de Bowie, y no entra en detalles. Las iglesias están plagadas de porno, muy bien. Es una teoría clásica que todos aprendimos durante las clases de catecismo. Porno por todos lados, una obsesión salvaje que provoca convulsiones espirituales. Por fortuna, existen todavía personas decentes, ejemplos de honor y dignidad, como la Mayans. Una concejal a la que, ni en lo más oscuro de mi rencor, relacionaría jamás con el porno. A ella no.

Es divertido escuchar a toda esa patulea de enfermos mentales, así, en abstracto, animales despojados de moral, exigir respeto. Sin embargo, ¿qué hay de nosotros, de quienes experimentamos a Jesucristo como un órgano más de nuestro cuerpo, como una parte fundamental de nuestro espíritu? ¿Qué hay del derecho a la dignidad que arropa a todas las personas, incluyendo a Juan Pablo II?

Creo sinceramente que la hipocresía se ha inflamado tanto que se encuentra al límite del punto de ruptura, al borde del colapso. Hemos sido pacientes durante demasiado tiempo. Ardo en deseos de pasar a la acción.

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Publicado el miércoles 19 de septiembre de 2007 a las 12:42 || Permalink

El cerdo una trampa sembró, I

A menudo menciono en el blog las relaciones que he mantenido a lo largo de mi vida con diversos izquierdistas, pues nada más eficaz para ponerlos en evidencia que desplazar a un lado toda la teoría anticomunista y colocar sobre el expositor un ejemplar del verdadero rojo: la ventaja no es sólo que una imagen vale más que mil palabras, según dicen, sino que los comunistas tarde o temprano se muestran siempre tal y como son. Diríase que sucumben a la pesada gravedad de su paranoia. Me figuro que se sienten incapaces de disimular el ímpetu genuinamente fascista que albergan en sus entrañas, y tarde o temprano, más temprano que tarde, empiezan a delirar abiertamente sobre la conveniencia de erradicar el capitalismo, la Iglesia y los agentes opresores mediante métodos violentos: ¡y es que resulta tan difícil aplacar el instinto revolucionario! Creo que tan sólo los necios y los predispuestos para ser embaucados se dejan seducir a estas alturas por los cantos de sirena de los seguidores de Castro, de Lenin, de Marx, de Chaves, etc.; los demás saben reconocer la monomanía histérica que sacude el alma (o el no–alma) de los commies en cuanto a estos les empieza a temblar la voz y una pasión malsana se manifiesta en sus ojos.

Recuerdo cierta conversación que mantuve durante el instituto con uno de mis compañeros de clase, un chico encantador pero bastante flácido que sostenía que llegados a este punto de la historia ya no tiene sentido preocuparse por la amenaza comunista. Pero mucho me temo que el muchacho había cometido un error de terrible magnitud al utilizar aquel argumento: los rojos, pese al papel infame que Llamazares y los de su calaña interpretan en la vida política española, han depurado y perfeccionado el instrumento de corrupción social que han venido usando durante las últimas décadas: el de la propaganda en todas sus variantes. Desde el cine, por ejemplo, y desde luego también desde la televisión. Existen asimismo aquellos comunistas organizados en asociaciones cívicas, generalmente incendiarias, que se arrogan una alta dignidad moral y catalizan las frustraciones y el deseo de justicia que sienten amplios sectores de la sociedad.

La expresión marxismo cultural alude al modo en que los rojos se han infiltrado en el mundo Occidental a través del flanco más blando y desprotegido, el de la educación, tanto la artística como la académica. Son ellos los que determinan qué cine es bueno y de qué cine podemos prescindir: el primero suele retratar familias disfuncionales, el lado menos benéfico del capitalismo, los errores óptimamente aumentados de la Iglesia católica, y así hasta que han carcomido como termitas las estructuras más íntimas de la sociedad occidental. La argucia ha consistido siempre en fracturar las herramientas de cohesión y de transmisión libre de valores, esto es la familia, y los métodos de promoción de los principios absolutos, aquellos sobre los que se asienta toda moral sólida, esto es la religión.

En realidad todos estos elementos, buena parte de las noticias más escabrosas y las modas más procaces a las que somos expuestos a través del cine, la televisión, la educación universitaria, las revistas y no pocos libros de ficción no son más que facetas aisladas de un gran fenómeno global, el del gusano que se arrastra bajo la superficie de nuestras vidas devorando las estructuras cívicas elementales, es decir, aquellas piezas sin las que no es posible desarrollar una civilización capacitada para sobrevivir a sí misma y a las presiones externas.

De todos ellos, quizá sea el relativismo el instrumento disuasorio más poderoso que ha caído en manos de la bazofia roja. A fin de cuentas, resulta imposible defender ninguna teoría, ningún modelo de vida constructivo, si llegamos al punto ciego en que no tenemos más que vacío, ninguna referencia prístina a la que aferrarnos. El problema reside en que «todos» hemos terminado por caer en la trampa, o dicho de otro modo, hemos acatado sus reglas de juego. Volar por los aires la gran impostura del relativismo, y de todas sus falaces leyes, es en este momento una cuestión de vida o muerte. Faltos como estamos de convicción en nuestras propias capacidades, de confianza en la dignidad intrínseca de nuestros principios, somos carne de cañón para los fanáticos, tanto en el caso de los comunistas culturales, como en el caso de esa otra creciente e ilimitada amenaza: el islamismo radical.

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Se me ocurre que la deformación del arte puro, es decir, aquél capaz de conmover el espíritu de los seres humanos mediante los estímulos armónicos de la pintura, la escultura, la música, la literatura, etc., no es más que otro ejemplo de los ardides que los decadentes emplean tanto para cuestionar la Gracia humana, como para romper en mil pedazos el sentido tradicional de la pureza. La obscenidad en el arte, la ofensa religiosa, es una de sus manifestaciones. No la única.

Creo que fue en marzo pasado cuando se desató el escándalo de las fotografías pornográficas de escenas bíblicas en un museo extremeño subvencionado por el gobierno de Ibarra. El autor de las instantáneas, un mercader sin talento y con evidentes disfunciones morales, se complació en llamar arte a la porquería infantiloide nacida de su escaso ingenio y menor sensibilidad espiritual. Posiblemente se trata del tipo de hombre con una visión tan distorsionada de la sexualidad que nunca podrá disfrutar íntegramente de ella. Además de repulsión, el hombre causa una cierta pena.

Sin embargo, este caso no responde a un fenómeno nuevo. Los símbolos sagrados del Cristianismo han sido ridiculizados, mancillados, humillados y reducidos a estiércol con frecuencia durante los últimos tiempos. Biblias enterradas en malolientes excrementos, crucifijos sumergidos en orina humana, Jesucristos aferrados a instrumentos fálicos: la sima de la depravación de esos chimpancés del arte moderno --es decir, primates del no–arte-- es casi tan profunda como el agujero del infierno en el que arderán durante la Eternidad.

De este asunto se habló abundantemente en su momento, a menudo con una lucidez admirable, pero yo deseo rescatarlo por un momento y añadirlo, como en una sucia amalgama, a este nuevo caso de blasfemia y ofensas religiosas que ha estimulado un poco la desazón que experimento, que experimenta la gente decente, cuando las cosas puras son viciadas. Me refiero, claro está, a la exposición pornográfica anticristiana que se ha celebrado en un templo católico ibicenco bajo los auspicios de las autoridades políticas locales. De hecho, me gustaría discutir la falacias que los politicastros de la isla han utilizado para justificar su abstención frente a un ejemplo tan claro y hediondo de perversión, ofensas a la sensibilidad religiosa y depravación. Pero eso, mañana.

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Publicado el lunes 3 de septiembre de 2007 a las 11:31 || Permalink

Un par de asuntos, a modo de interludio

Conozco muy bien esta sensación de desgana y falta de interés. Dejas de escribir para tu blog un solo día y al siguiente empezar un post requiere más energía de la que hay acumulada en todo tu cuerpo. En fin, anuncié una entrada sobre la precaria situación de los conservadores en la industria del cine de Hollywood e incumplí mi palabra con un descaro del que debería avergonzarme. Bueno, supongo que algo de eso hay. Si consigo terminar el post que tengo entre manos, abordaré el segundo de la jornada: dos por el precio de uno. No es quejéis, muchachos.

El caso es varios días atrás me embarqué en una especie de pequeña travesía circular en la azotea de mi casa, a la que en ocasiones salgo de noche para disfrutar del clima apacible y para reflexionar sobre los asuntos que se resisten a dejarme en paz. A veces me pregunto cuán feliz debe ser un hombre incapaz de sumirse en el tipo de reflexiones en el que yo me sumerjo, aunque nunca saque nada en claro y de las que con frecuencia salgo más confundido de lo que entré. El post que escribí el pasado miércoles, ¡Cierra el pico, hipócrita!, fue el resultado de uno estos ensimismamientos de zorro enjaulado. En relación con aquel post, creo sinceramente que la hipocresía es un problema mucho más sutil de lo que tendemos a considerarlo, y de ahí que titulara la entrada con una exclamación tan áspera. Las acusaciones de hipocresía son como las de homofobia y machismo, es decir, recursos burdos pero efectivos que algunas personas emplean para sacar partido de los miedos sociales. Y todo a cuenta del esnobismo. Basta con que algo se ponga de moda en el ámbito cultural e ideológica, con independencia de su fatuidad e infantilismo, para que todos nos volvamos locos y nos pongamos a sacudir arriba y abajo la cabeza como búfalos espantando moscas.

Sin embargo, cuando escribí el post acerca de por qué la hipocresía como herramienta de acoso social no es más que una superchería, lo mismo que las cabezas de ajo, no me detuve a profundizar en las implicaciones típicamente cristianas del concepto de culpa y en la recurrencia del pecador en el pecado. Ya no tiene mucho sentido que siga dándole vueltas al asunto, pues con economía de lenguaje y buen juicio Pat Buchanan le ha dedicado una columna al mismo tema, y se pregunta astutamente si no deberíamos ser más comprensivos con las personas que, aun en posesión de una firme conciencia moral, sucumben una y otra vez al vicio. Supongo que puedo decir que es mi caso; hago cosas que luego he de lamentar, pues sé perfectamente que son vulgares, disolutas y, en ocasiones, destructivas. En lo referente al caso específico que Buchanan analiza, y que ya he comentado durante los últimos días en el blog, la cuestión es si Larry Craig posee verdaderamente un sentido ético sólido, o si por el contrario se trata tan sólo de otro de esos cínicos cuya filosofía se reduce a «París bien vale una misa». Sea como fuere, Craig cometió un error repulsivo y de consecuencias irreversibles, y tanto la vergüenza pública como el abandono de la política son un pago cabal por sus «deslices»: siendo un adulto, ha de responsabilizarse de sus actos. Por cierto que este desagradable asunto me trae a la cabeza a ese otro vicioso impenitente, Bill Puros Clinton, y a su impúdica matización de que el sexo oral no es sexo. James Ellroy lo considera el mejor símbolo de la decadencia moral de América; quizá lo sea. Las potestades de las altas esferas...

Por otro lado, el caso del pastor evangelista Ted Haggard constituye un desafío moral de pequeña magnitud. Se drogó y practicó sexo con un hombre durante años; yo podría comprender algún escarceo, pero lo suyo parecía ser más bien un hábito muy firmemente establecido.

Dejadme cambiar de asunto. El sábado me pregunté si cabía la posibilidad de que la caída en desgracia de Larry Craig no fuera más que una demostración, innecesaria por lo demás, de la virtualización de la realidad. Creo que la variedad de creencias religiosas, posiciones políticas y excentricidades conspiratorias a las que nos hemos acostumbrado los ciudadanos del mundo libre son una constatación de la capacidad humana de autoengaño. No digo que sea el caso de Craig, como insistí en su momento, no pasa de ser un planteamiento teórico... Es sólo que durante los últimos días, o semanas, o más bien meses, he leído una cierta cantidad de artículos relacionados con los procesos políticos mundiales que me hacen cuestionarme, de un modo práctico, si la realidad no estará siendo fraccionada, fracturada y frustrada de tal modo que los grandes problemas del planeta, y las salvajes amenazas a la que éste debe hacer frente, pasan por nuestras vidas lo bastante discretamente como para que no le confiramos la importancia que verdaderamente tienen. No hablo de malvados masones obsesionados con sus sórdidos rituales iniciáticos, ni de millonarios que deciden la importancia de cada cosa en Occidente durante sus reuniones de fin de semana, sino de la dificultad que tenemos para discutir abiertamente determinados temas. La homosexualidad es uno de ellos, como mencioné líneas atrás; el cambio climático se ha subido recientemente al carro de las Cuestiones Intocables; y hay otros, el más urgente, el Islamismo.

Pongamos por caso los grandes medios de difusión de noticias. Y digamos que Google News es uno de ellos, un entorno imprevisible y ajeno a la intervención humana que, en función de complejos sistemas matemáticos, determina cuáles son los temas candentes del día. Sin embargo, los portales de noticias han de cumplir determinados requisitos para que los motores de rastreo de Google los indexen. Estos requisitos suelen ser muy poco escrupulosos, hasta donde yo sé, pero ayer leí un interesante artículo --Is Google purging conservative news sites?-- en el que el autor enumeraba varios casos de discriminación informativa. Google había censurado algunos portales de noticias porque estos vinculaban el islamismo con el terrorismo. Todos sabemos que esa relación no es más que una fantasía reaccionaria propiciada por los fascistas. Claro que hace años, cuando yo presenté una queja ante Google News tras leer alguna falsedad objetiva publicada por uno de esos periódicos digitales de corta vida, recibí una amable pero insatisfactoria respuesta en la que se me explicaba que todo el proceso era automático, como si eso resolviese algo.

También Mark Steyn ponía el dedo en la llaga en su artículo Un secuestro más grave que el de El Jueves, sobre los inconvenientes que puede causarle a una empresa distribuir información «insensible» con los musulmanes:

Para dar respuesta [a la pregunta de cómo perderemos la guerra contra el Islam radical], recurramos a un fascinante libro llamado Limosna para la yihad: caridad y terrorismo en el mundo islámico, de J. Millard Burr, un antiguo coordinador de la ayuda humanitaria de USAID, y el académico Robert O. Collins. ¿No lo puede encontrar en su librería local? [...] La semana pasada, Cambridge University Press accedió a retirar todos los ejemplares no vendidos de Limosna para la yihad y triturarlos. Además, ha solicitado a miles de bibliotecas de todo el mundo que retiren de sus estantes el volumen. Esta acción tan inusual fue acompañada de una carta al jeque Jalid bin Mahfouz, a la atención de sus abogados ingleses. [Sigue aquí.]

Interesante, ¿verdad? Lo cual me hace pensar por enésima vez en la profunda fractura abierta entre los ciudadanos y los medios de comunicación que les transmiten la información. En España la COPE es básicamente el único medio tradicional abierto a la discusión política; frente a ella, todos los demás mass media, incluyendo los verdaderos gigantes, es decir, los canales de televisión, marchan marcialmente en la misma dirección. En fin, Internet se ha revelado una herramienta magnífica para difundir todas las noticias, incluso las incómodas y políticamente incorrectas, y para hacerlas llegar a los confines del mundo; la cuestión es si hay modo de sabotear este último bastión, aunque sea mediante subterfugios y sutilezas.

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Publicado el martes 28 de agosto de 2007 a las 9:48 || Permalink

La bondad de la izquierda y todo lo demás, II

Mientras ayer por la mañana escribía un post dedicado a lo maravillosamente hipócritas que los izquierdistas se vuelven no bien se les presenta la oportunidad de pontificar frente a un público, pues de alguna forma en ellos convergen la beatería más infumable y un sectarismo de manual soviético, me asaltó la memoria la carta que una oyente del programa de radio de Iñaki Gabilondo en la Cadena SER UN BUEN PROGRE había enviado al suplemento dominical de El País. El problema reside en que el director, el editor o quien quiera que tome estas decisiones en la prensa, tuvo la estúpida ocurrencia de publicar la misiva en la sección de cartas al manipulador. Yo creo en la democracia y en las libertades que ésta comporta, como la de conciencia y expresión, faltaría más, y siempre me acojo a mi derecho a formarme mi propia opinión, a realizar juicios honestos. para contribuir a mejorar la sociedad. Así que no me irrita que el gnomo de la granja de Polanco insertara el contenido de la carta, sino la viscosa textura de su contenido. Aquella redactora de último minuto había adoptado un tono sentimental tan pringoso que el polvo se adhería a las páginas de la revista. Bastante desagradable. Que si sus padres despertaban cada día con la voz de Gabito brotando de la radio... así como el agua brota de la cisterna, por emplear una comparación respetuosa... que si ahora ella había heredado la costumbre de sus progenitores, que si el crepúsculo era más dorado y esperanzador cuando la voz del locutor reciclado la acompañaba... en fin, me pregunté: ¿por qué estos pánfilos izquierdistas lo reducen todo a una cuestión romántica, casi lacrimosa? Basta con echar un vistazo a las expresiones que les afloran cuando ven por televisión a uno de esos héroes que han introducido en sus vidas para disimular la sensación de vacío: Al Gore, Michael Moore, Noam Chomsky. Estos tres naipes les proporcionan la oportunidad de: a) satisfacer sus necesidades espirituales mediante el compromiso ecológico, aunque eso resulte tan hipócrita que las letras se niegan a combinarse en el ordenador; b) satisfacer sus prejuicios contra el poderoso, si bien las zafias mentiras de Michael Moore con respecto a Estados Unidos han estallado en pedazos cada vez que se las ha sometido a examen; y c) satisfacer sus necesidades intelectuales, aunque se trate tan solo de ese salvaje juego de manos al que Chomsky se aficionó hace ya tiempo, y que tantos beneficios ha reportado tanto a su Ego Sin Fronteras como a su cuenta corriente.

Hace unas semanas escuché a una familiar quejarse de que un caso verdaderamente patético de violencia policial hubiese ocurrido bajo el gobierno de un Ayuntamiento de izquierdas. Aquello hizo que una carcajada resonara como un aldabonzazo en mi cabeza. Encanto, de hecho eso es lo único que suena lógico: que la autoridad, envuelta en la mezquina premisa de la superioridad moral de la izquierda, tienda a corromperse y darle mamporros a un pijo disfrazado de hippie. (O a un hippie puesto hasta las trancas de marihuana, estos tipos no respetan nada, ni siquiera la decadencia de sus compañeros de correrías.)

Lo interesante de los izquierdistas vestidos de monjes tibetanos es que, después de apoderarse de la primacía de la bondad humana, nos señalan con el dedo, ponen cara de bestias hambrientas y nos acusan de malvados, de movernos tan sólo por el dinero y, en fin, de haber sido paridos por el demonio capitalista. Pero oye, todos tenemos derecho a un padre y una madre, ¿no?

Posdata

No sabía que a Al Gore III lo habían detenido conduciendo por encima del límite de velocidad en un coche híbrido y en posesión de maría. Todo muy verde, claro: como le gusta a su padre. Sólo faltaba un ejemplar de Playboy.

A propósito, ¿qué demonios le está pasando a la pobre Nueva York? Desde que el descarado Bloomberg abandonara el Partido Republicano, la ciudad se ha desmadrado bajo su mando: se les mueren santa Brooke Astor, multimillonaria y filántropa reconocida, y la beata Leona reina del Mal Hemsley, bañada en oro al igual que Astor pero menos inclinada a compartir sus privilegios. En cierta ocasión despidió a un trabajador debido a su orientación homosexual, y luego se vio obligada a recompensarlo con casi un millón de dólares. Si hago la broma tonta de rigor (¡que me vejen, que me vejen!), alguna susceptibilidad se caerá hecha pedazos.

Por último, leo en IBLNews, periódico digital que solía emplear el lema «las noticias desde una óptica cristiana» hasta que comprendieron que eso era ir demasiado lejos, que abre sus puertas en Nueva York la primera escuela pública bilingüe árabe. Mi opinión a este respecto quedó clara en una entrada previa, de modo que no tiene sentido repetirla. Pero, ay, caballeros. Ay.

Rosa Regás se carcajea. Nosotros la acompañamos. (Imagen cortesía de LDTV.)

¡Umm, lo olvidaba! La Regás ha visto la luz y se da el piro de la Biblioteca Nacional, esa fuente inagotable de dinero tanto para sus caprichos como para mantener satisfechas a sus amistades de izquierdas, aficionadas como son al buen comer.

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Publicado el lunes 27 de agosto de 2007 a las 10:21 || Permalink

La bondad de la izquierda y todo lo demás, I

A menudo hago referencia al compañero de instituto con el que solía discutir de política durante las largas horas de clase, bisbiseando, escribiendo anotaciones obscenas en nuestras libretas y tratando de perforar el cráneo del adversario: con un poco de suerte, su cerebro reaccionaría favorablemente al contacto con el exterior --pues obviamente en la cavidad craneal todo debía de estar bastante húmedo y viscoso--. Nuestras controversias terminaban generalmente cuando el profesor daba por concluida la sesión, y cada uno de nosotros se marchaba en busca de su propio grupo. En cierta ocasión me invitó a que lo acompañara, pero yo albergaba recelos sobre la posibilidad de que mi cadáver no fuera encontrado jamás.

El caso es que en cierta ocasión tres o cuatro gays y lesbianas militantes visitaron la sala de conferencias, por llamar de algún modo a aquella estancia fría y sin sustancia, para persuadirnos de que la homosexualidad no es siempre la entrada a una de esas saunas concurridas por depredadores hambrientos. Algunos compañeros de clase y yo habíamos salido del edificio por no recuerdo qué motivo, y a nuestro regreso el coloquio había comenzado ya. Parte de mis colegas no se cortaron y entraron en la sala, pero yo, siendo homosexual, temí que al abrir la puerta todas las miradas se clavasen en mí y descubrieran por inspiración satánica que yo era gay. Pues bien, la pequeña conferencia sentó bastante bien a la mayoría de mis compañeros, que más bien daban la impresión de haber celebrado la fiesta anual de la golosina. No exagero si digo que estaban eufóricos, y a menos que me equivoque, aproveché la ocasión para mencionar... así, de pasada... a una coleguita que a este pavo le iban los tíos. Todo fue perfecto. Sin embargo, durante aquella deliciosa jornada sucedieron un par de cosas que me llamaron la atención. La primera fue que X., un chico alto, desgarbado, de ojos azules y relativamente apuesto, por lo menos si a uno le va el rollo hippie alternativo me he fumado un peta, me confesó que los gays le habían causado una mala impresión. Aquella revelación me dejó pasmado, de modo que le pregunté a qué se debía su reacción. Él me respondió que ahora sabía cómo se lo montaban los homosexuales, y que la idea le disgustaba. (Cosa curiosa, pues según una célebre e inverosímil leyenda urbana local él formaba parte de un grupo de alumnos y profesores que se reunían para practicar orgías.) En cualquier caso, lo que más atrajo mi atención fue... ¿qué diablos pensaba él que hacían los gays para demostrarse el profundo amor que comparten? El chico me ofreció una contestación de lo más circunspecta --ni siquiera la entendí--, y ahí quedó la cosa. Ridícula anécdota ésta que me trae a la memoria la confesión que le hice a una especie de presunto amigo, un modernillo, de que yo era gay: no le sentó nada bien. ¡Y eso que representaba la élite del socialismo en el instituto! Claro que luego estaban los radicales, ex fervientes católicos, pero ésa es otra historia.

La segunda sorpresa que la jornada me deparó fue que mi compañero comunista, quien combinaba en su personalidad un fuerte aunque disimilado sentimentalismo con una previsible inclinación a la violencia teórica, me confió que yo había estado a punto de convencerle de la existencia de Dios en alguna ocasión. Supongo que lo mencionó en un descuido, a la vez que otra comunista afirmaba que nuestro Señor Jesucristo había sido homosexual, y que por eso nunca conoció mujer. Bueno, al menos admitió que el Salvador no conoció hembra; algo hemos avanzado.

Lo interesante del camarada es que el concepto del bien público, una bondad abstracta e inexplicable, era su argumento principal para defender tanto el comunismo como todas sus sangrientas manifestaciones prácticas, Cuba y todo eso. ¡Incluso llegó a decir que Castro me haría callar en veinte segundos! Se refería a lo que ocurriría en una confrontación dialéctica, por así decir, pero no le faltaba razón: Castro podría ordenar que me volaran la cabeza en cualquier momento. (Claro que estos días Castro se encuentra a la expectativa de que el Pez Gordo le expida el pasaje al infierno, y será el cerebro del tirano el que quede esparcido como harina mojada por los mil confines del Universo.)

Siempre me ha suscitado un gran interés ese hábito típicamente comunista de reducirlo todo a una cuestión de buenos contra malos (opresores, oprimidos, bla, bla, bla). Desde luego no se trata de algo nuevo, pero la actitud sectaria de la que pecan se reproduce como un patrón genético, y una bondad material, práctica, carente de profundidad moral, absolutamente perversa y repulsiva en su vacuidad, sale por sus bocas como suspendida sobre las infinitesimales gotas de saliva. Quiero decir que entre su suprema hipocresía y su primera fantasía no hay ninguna diferencia, de modo que todo se vuelve bastante obvio. Los comunistas que he conocido suelen ser gente tan agresiva que me sorprende que sigan siendo capaces de cautivar mentes en un mundo libre. Cuanto mayor es la intimidad que uno comparte con ellos, mayor es la conciencia de su mezquindad: malas personas que discuten sobre las buenas obras que realizarían si el poder recayese en sus manos. ¡El poder en sus manos! ¡Cielos, si eso ha costado tantos millones de vidas que la cifra baila la conga sobre la superficie de mi cerebro y me causa nauseas! ¡El nombre del comunismo es el mismísimo demonio, y el número de víctimas resuena con la misma fuerza terrible que el número de la Bestia! ¡Buenos! ¡¡¡ELLOS!!! ¡¡¡Creo que esto me va a hacer perder el juicio!!!

En fin, esto seguirá mañana.

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Dejadme haceros un par de recomendaciones a modo de posdata. Por un lado, os aconsejo leer la entrevista que «el sheriff más duro con los indocumentados» de América concede a un periódico hispano en Estados Unidos. Las respuestas del septuagenario agente de la autoridad son rápidas y más o menos prácticas, pero lo interesante son las preguntas del periodista, así como la descripción editorializante que del sheriff realiza.

En segundo lugar: este fin de semana he estado buscando un poco de información sobre grupos de música pop rock cristiana que se prodigan al otro lado del Atlántico. En mi búsqueda he encontrado Relient K, un ejemplo de lo más juguetón; su música suena como la banda sonora de una teleserie o película de adolescentes... o sea que me mola. Para escuchar tres piezas --la primera, Must have done something right; está muy guapa--, visitad su página web aquí y haced clic sobre la esquina, donde pone Audio Player. A ver qué tal. (Dicho sea de paso, me encanta la página web.)

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Publicado el viernes 24 de agosto de 2007 a las 9:44 || Permalink

La inmigración es siempre polémica

Mi profesor de sociología del instituto era un tipo sobrio y más bien bajo, de poblada barba negra y expresión triste, que hablaba con voz queda y detestaba por encima de todo que los alumnos siseásemos en clase. Yo era una especie de serpiente y raramente lograba detener el cimbreo de mi lengua ni el movimiento de mi bolígrafo sobre la libreta, el principal método que mi compañero comunista radical y yo empleábamos para comunicarnos. Pero la verdad es que este asunto nunca me causó demasiados problemas, y se convirtió en una especie de dogma que yo era el alumno predilecto de aquel instructor. Tal vez. Pero debo reconocer que ninguna otra asignatura me influyó e interesó jamás tanto como la sociología impartida por un profesor inflexible y, según sentía yo en ocasiones, completamente indiferente, como si su exigencia de silencio no fuera más que una pose destinada a conferirle carácter humano. (De repente me vienen a la memoria las dos sociólogas con las que me vi obligado a lidiar durante mi primer año universitario, una flácida izquierdista y una hosca imitación de Kathleen Turner.)

En fin, el profesor nos explicó en cierta ocasión que los hispanos emigrados a Estados Unidos habían empezado a exigir en determinadas áreas del país que las clases se impartiesen en español, petición que a mí me dejó perplejo. Pero el profesor debió pensar que nosotros nos sentiríamos inclinados a darles la razón a los hispanos, de modo que se apresuró a trasladar la situación a la sociedad española. ¿Seríamos favorables, nos preguntó, a conceder la misma indulgencia a los marroquíes que estudian en nuestros colegios?

No guardo el recuerdo específico de haber respondido a aquella cuestión, pero supongo que lo hice. Por aquella época yo interpretaba el papel de «cerdo capitalista», lo cual era una reducción absurda, casi pueril, de mis verdaderas convicciones políticas y morales, pues yo siempre he sido un conservador. (Precisamente la sociología contribuyó a limar mi perfil reaccionario, que cedió paso a una especie de áspera comprensión de las libertades ajenas, por así definirlo.) Me figuro que en aquel momento mi corazón debía de estar galopándome en el pecho, embistiendo contra las paredes del tórax como un animal enfurecido. A diferencia de mi colega comunista, yo nunca he llevado bien experimentar en mi propia carne la máxima «de fuera vendrán, que de tu casa te echarán». Por no llevar bien, ni siquiera me siento motivado a reconocer el derecho de los marroquíes a acceder a España. No tiene nada que ver con el racismo, por supuesto --qué precisión tan tonta--, sino con la respuesta que ofrezcan a la siguientes preguntas: ¿apoya usted el terrorismo islamista? ¿Apoya usted la soberanía española de las ciudades de Ceuta y Melilla? Soy gay, ¿desea usted colgarme de una grúa?

No es preciso que diga que encuentro repulsiva la idea de que el dinero español se invierta en educar en idiomas no oficiales --el árabe lo será a no mucho tardar--, y absurda la posibilidad de que un extranjero, en lugar de comportarse respetuosamente y adoptar los hábitos nacionales, se muestre descarado y arrogante y de lecciones de lo que nosotros debemos hacer en nuestra propia casa. Me irrita esa falta de humildad. Siempre he pensado que el delito cometido por un extranjero es doblemente grave: a la infracción legal se le suma la desconsideración moral.

Durante los últimos meses he leído algunos artículos y columnas en los que los autores se lamentaban de la insolencia de los inmigrantes ilegales que se manifiestan en Estados Unidos enarbolando orgullosamente las banderas de sus países de origen. Caray, hace cincuenta años a eso se lo hubiera considerado la avanzadilla de una invasión y toda la gente de bien se habría levantado en armas para detenerla. Por llevarlo al extremo, así fue como Marruecos se apropió del Sahara.

Sugería Oriana Fallaci, símbolo de la perfidia fascista blanca en el beatífico imaginario izquierdista, que los extranjeros no habrían de acceder tan fácilmente al derecho al voto en los países de destino. He reflexionado sobre ello y me siento inclinado a darle la razón. Me figuro que cualquier progre se sentirá cómodo definiéndome como un fanático de las fronteras: bueno, me gustaría que así fuera. Tienden a equivocarse, y ahora se equivocarían de nuevo, lo cual le proporciona a uno una cierta paz de espíritu. A pesar de todo, pensaría yo, las cosas siguen estando como siempre. Por lo menos no han empeorado.

Hace un par de semanas leí una columna verdaderamente magnífica escrita por Larry Elder y reproducida en Libertad Digital. En ella, un inmigrante idealizado firmaba una carta en la que sostenía su postura respecto a su calidad de recién llegado. La lástima es que en la realidad esas cartas no se leen. Determinado tipo de inmigrantes se sienten cómodos en su papel de víctimas: proceden de países pobres y nosotros somos los responsables de esa miseria. Ni siquiera puede culpárseles con justicia de los delitos que cometen, pues han sido empujados por nuestro egoísmo e incomprensión. Y es que no basta con que los medios de comunicación se hayan zambullido en esa fosa séptica que consiste en ofrecer una imagen benigna tanto de los inmigrantes honrados como de los inmigrantes ímprobos. Supongo que, para encajar en esta nueva sociedad multicultural, a todos nos conviene asumir neutralmente que el hombre blanco está pagando por sus pegados, que se está diluyendo en un maravilloso magma donde cada calle tiene ciudadanos subvencionados de todos los colores. ¿Por qué no? Es importante contar con algún vecino islamista, incluso si se da el caso, Dios no lo quiera, de que ese vecino islamista, junto con el vecino islamista de tu primo, deciden que no soportan por más tiempo la opresión a la que los sometemos, y que protestarán prendiendo fuego a cuanto vehículo encuentren. Estoy pensando en Francia.

Desde niño he deseado vivir en Estados Unidos, pero si me animo a llevar a cabo ese proyecto más me vale realizarlo lo antes posible, o puede que para cuando descienda del avión, ya no quede nada de la tierra prometida que siempre soñé.

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Publicado el lunes 6 de agosto de 2007 a las 0:15 || Permalink

¿Resentimiento anti-Wolfe?

Tom Wolfe y el ocaso de las vanidades: "Una vez le preguntaron a Wolfe si todo el dinero que le pagaban por los derechos de sus obras — por ejemplo la editora Farrar, Strauss & Giroux le dio un adelanto de 7,5 millones por Todo un hombre— no era malo para un escritor. 'Sí, pero yo no voy a regalar nada —respondió—. Creo que el dinero afecta más a otra gente de lo que me afecta a mí. Sinceramente, no creo que mi enfoque de la escritura haya cambiado en lo más mínimo. Además, yo siempre he deseado ser un escritor popular'. Y es cierto: su afición por el éxito nunca significó un pasaporte a la buena vida, porque siempre la ha tenido."

Tom Wolfe Teniendo como tengo una triste opinión del gremio periodístico, nunca me siento demasiado sorprendido cuando leo alguna de las boberías que los profesionales de la información manipulada escriben. Sin embargo, mientras consultaba este artículo publicado por el diario Clarín reparé en la cantidad de ásperas alusiones al dinero y al éxito comercial logrados por el reportero y novelista norteamericano Tom Wolfe, y terminé preguntándome si el autor del texto no sufrirá una fuerte frustración que le hace arder las entrañas. Albergo serias dudas de que un hombre con un sentido maduro de los asuntos monetarios se sienta lo bastante animado e impúdico como para convertir una reseña más social que literaria de un escritor en una columna de chismorreos de sección económica.

Es bien conocida la aspiración de no pocos periodistas a ejecutar un triple salto mortal que los encumbre en la industria editorial. Tom Wolfe lo consiguió, y con nota: escribió la maravillosa La hoguera de las vanidades primero, la magistral Todo un hombre a continuación y la difícil aunque golosa Soy Charlotte Simmons para terminar, al menos de momento. Personalmente, me muerdo las uñas a la espera de que publique la prevista novela sobre la inmigración en Estados Unidos.

Tom Wolfe, que además de brillante y sagaz es todo un experto en controvertir cualquier situación para analizarla con ese capacidad de penetración que Dios le ha dado y que lo ha hecho célebre, resulta bastante más polémico por cuanto afirma cosas como que Estados Unidos es la mayor nación que el mundo ha conocido, que él votó a Bush y que acudiría al aeropuerto para despedir a todos aquellos amigos suyos que sostenían que abandonarían el país si Bush era reelegido.

No creo que eso le hiciera mucho bien a la popularidad de Wolfe entre los demás periodistas, raza tendente a la izquierda-más-maniquea donde las haya, ni entre los críticos literarios situados también en el extremo político de la hipocresía y la vaciedad intelectual. Por otro lado, cuando Wolfe mantiene que la Universidad americana es un fracaso, uno infiere que se trata de un auténtico fracaso de izquierdas, pues, junto con los medios de comunicación de masas, los claustros académicos son el bastión más hostil de los izquierdistas. Y así aparece en cierto pasaje clarividente verdaderamente inolvidable de Soy Charlotte Simmons.

Así pues, Tom Wolfe se había ganado tantos enemigos que resultaba providencial que, cuando tuvieron oportunidad, se lanzaran contra su cuello con un voraz apetito de carne conservadora. (Por otro lado, el propio Wolfe no se considera un conservador, aunque ése es otro asunto.)

¿Estoy diciendo que Soy Charlotte Simmons es una obra maestra demonizada por los izquierdistas y esa feminista radical del New York Times, Michiko Kakutani? De hecho, no. La última obra de Wolfe es peor que sus dos novelas previas, aunque ciertamente mejor de lo que los roñosos de las letras tratan de hacernos creer. Muchas de las críticas destructivas vertidas sobre SCS pasan por alto la teoría novelística de Tom Wolfe, según la cual la novela debe ser un reflejo honesto de la sociedad y debe ser asimismo fruto de una profunda investigación previa. Por tanto, sus argumentos se encuentran con el muro de hormigón de los principios de Wolfe; a veces da la sensación de que Uno y otros hablan de cosas completamente distintas.

Soy Charlotte Simmons es una hipérbole clínica cuyo objeto consiste en hacer comprender la sociedad, o por lo menor una fracción específica y bien definida, mediante técnicas que van desde lo puramente periodístico, como las precisas descripciones arquitectónicas de los espacios universitarios, hasta lo sociológico y zoológico, como por ejemplo la cárnica narración de la iniciación sexual de Charlotte con un verdadero depredador de féminas. E incluso esto se ha pasado por alto, debido quizá a que Tom Wolfe es el Enemigo.

Posdata: releeré SCS y entonces escribiré mi propia crítica de la novela.

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