Palabra de Norman Mailer, ex ateo- Diario El Día, La Plata: "El estadounidense Norman Mailer ('Los desnudos y los muertos') fue conocido durante mucho tiempo como marxista y ateo. A los 84 años y con problemas de salud, el enfant terrible de la literatura yanqui se encontró, sin embargo, con la fe.'Mi relación con la religión es interna y personal', dijo Mailer durante una entrevista en su residencia de Cape Cod.'Creo que Dios existe, no tengo dudas. En mi época de ateo me parecía muy difícil encontrar una explicación filosófica para el hecho de que el ser humano haya surgido de la nada. Pero hoy tiene sentido creer en un creador'. Este mes aparecerá un nuevo libro de Mailer en Estados Unidos bajo el título 'Sobre Dios', que abarca 'conversaciones extraordinarias', según el subtítulo, entre el escritor y su biógrafo Michael Lennon.
[...] El ganador de dos premios Pulitzer, sin embargo, no sólo se encontró con Dios a los 84, sino también con el diablo. "Sí, creo que existe el diablo. Como ex marxista, estoy convencido".
De hecho la fe de Mailer en Dios no es algo nuevo. Sin ir más lejos, yo mismo publiqué una entrada a este respecto (y sobre las relaciones de Mailer con la homosexualidad) en el blog Enfoque Gay. De todas formas, las conversiones religiosas de personas notables siguen causándome interés; lo que no sé es si Mailer ha recobrado la fe judía, o si por el contrario se ha encaramado al navío cristiano.
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Mientras escribía el post La fiesta de El Público el pasado miércoles me vino a la memoria una entrevista que Jesús Quintero realizó a Pedro Zerolo hace cosa de tres años. No la vi entera, de modo que no puedo ofrecer muchos detalles, pero recuerdo perfectamente una de las preguntas que el presentador, envuelto en una nubecilla de humo, formuló al entrevistado: ¿qué opinión tiene usted de los cuartos oscuros? [Salas sin luz a las que algunos homosexuales acuden en busca de sexo casual, por decirlo de algún modo. Uno desliza la mano, abre la boca, se arrodilla u ofrece su trasero, según sus preferencias, a la espera de localizar un amante que lo satisfaga.]
Zerolo, que por aquel entonces no había saltado todavía desde el lucrativo velero del activismo homosexual hasta el no menos rentable buque de la política de izquierdas, no se esforzó gran cosa en elaborar una respuesta que no sonara como lo que era, una frase hecha. Contestó que él no usaba cuartos oscuros, claro, pero que no tenía inconveniente en que los gays que lo deseasen practicasen ese tipo de sexo, o cualquier otro, como les viniera en gana. Lo interesante de este episodio es que si hace unas pocas décadas la gente de bien ponía todo su empeño en demostrar su desprecio a las conductas disolutas que proliferaban a su alrededor, hoy día ocurre justo lo contrario: se ha vuelto prácticamente imposible recabar algún respeto entre tus semejantes si no enfatizas hasta el hartazgo tu compresión hacia todo tipo de conductas depravadas.
La actitud de Zerolo, quien resulta prosaico incluso en su defensa de los cuartos oscuros, no es ninguna novedad. Y es que poner el acento en la sensibilidad hacia la amplia variedad de conductas desordenadas se ha transformado en un patrón social del que resulta muy difícil sustraerse. Cada día cientos de miles de personas en España, y supongo que en el resto de los países occidentales, sacuden con fuerza la cabeza a la vez que aseguran que los cuartos oscuros, el sexo en los urinarios de los centros comerciales o el cruising en los parques municipales son algo así como el no–va–más del estilo de vida liberal (que es a su vez el estilo que todos deberíamos adoptar).
No sería honesto si no reconociera que yo mismo he puesto los pies en uno de esos cuartos oscuros, aunque ni en lo más remoto se me ocurrió jamás emplearlo para fornicar con un desconocido. (Ni, si vamos a eso, con un conocido.) Es sólo que durante tus primeros escarceos por las zonas homosexuales te dejas guiar por lo más experimentados: y claro, los veteranos ostentan con frecuencia ese tipo de filias. Lo que quiero decir es que no existe una línea de transición clara entre los locales de copas sanos, por así definirlos, y los demás; sin darte cuenta te has metido en una discoteca mixta con una puerta secreta que da acceso a todo un universo de placeres prohibidos. «Placeres prohibidos», qué curioso. Ya apenas si existen prohibiciones --no, desde luego, de carácter sexual--, de modo que quien se sumerge en la guarida del dragón lo hace siempre impulsado por sus deseos, y no por esa estupidez de que lo prohibido lo vuelve todo doblemente excitante, como si los humanos no contásemos con ese fastidio al que llamamos «voluntad».
Saco a colación este asunto no sólo porque, en lo concerniente a mí, pensar en Zerolo equivale a sufrir el asalto de escenas mentales de cuartos oscuros, cabinas, parques y demás porquería, sino también a causa de un póster que he visto esta mañana mientras consultaba las páginas del World Net Daily, un periódico extremadamente conservador no siempre de fiar, pero repleto de noticias interesantes que son difíciles de localizar en otros medios. La imagen es la siguiente:
Se trata del póster confeccionado por los organizadores de la Folsom Street Fair para la fiesta de este año, si no lo he entendido mal (o hay nada que entender; aparece bien claro en la imagen). Supongo que sobran las descripciones, pues la intención subversiva resulta bastante evidente: la fotografía muestra una reproducción blasfema de la Última Cena, con Jesucristo representado por un forzudo afroamericano y los apóstoles reducidos a parodias aún más grotescas, incluyendo actores porno, fetichistas del cuero, mujeres, fetichistas de las máscaras, del rollo militar, sadomasos, travestidos y osos situados detrás de una mesa repleta de parafernalia sexual.
Puede que llegados a este punto no quede mucha gente con la sensibilidad necesaria para escandalizarse ante semejante ostentación de perfidia y mezquindad. A fin de cuentas nosotros mismos, aquí en España, organizamos exposiciones pornográficas en el interior de los templos, o retratamos los monoteísmos como una ominosa fuente de conflictos. Claro que en la piel de toro nos limitamos a reproducir las modas y los vicios estadounidenses, sin prestar atención a sus virtudes.
Es curioso que los homosexuales, mis «disimétricos iguales», por expresarlo de algún modo, hayan interiorizado sin oponer la menor resistencia un resentimiento tan profundo contra la Iglesia católica, resentimiento que refleja, sospecho, un profundo anhelo insatisfecho. Dada su actitud, ése es un vacío que no parece probable que logren rellenar jamás. Yo comprendo el rencor producido por el comportamiento de la Iglesia a lo largo de los años, pues todos sabemos que no es perfecta y que no siempre ha sido todo lo comprensiva que le era propio. Ahora bien, los homosexuales que se disfrazan de monjas equipadas con penes de plástico, de cardenales afeminados y de sacerdotes con el trasero al aire, todos esos gays y lesbianas que tachonan las manifestaciones de lo que ellos consideran un orgullo --el exhibicionismo, la promiscuidad, la inmadurez-- no exhiben la misma buena disposición a ridiculizar a los verdaderos enemigos de los derechos de los homosexuales en los países no democráticos. Tampoco se sienten motivados a meterse en la mollera que la homosexualidad ha sido considerada siempre por la izquierda un desorden burgués. Parte del problema reside, yo creo, en que la Iglesia sigue abordando, aún hoy, asuntos tan dolorosos como la dignidad o la responsabilidad sexual. ¡Hablar de sexo maduro a todos esos tipos medio desnudos que bailan música dance en carrozas festoneadas de espumillones, purpurinas y flores de papel charol! Todos sabemos que las manifestaciones del orgullo gay constituyen exhibiciones a gran escala del ego masculino, además de magníficas oportunidades de practicar sexo sin compromiso, como cierto actor español reclamaba durante el euroOrgullo gay celebrado este año en Madrid. ¡Promiscuos de Europa, venid!
Recuerdo una reunión de cierta asociación activista GLBT a la que asistí allá por el 2003. Aquel día teníamos la visita de varias personas religiosas, no necesariamente gays, que nos ofrecieron sus puntos de vista sobre las relaciones de la sexualidad y la religión. Había un muchacho bastante formal, apuesto a su manera, que desplegó los encantos de su amabilidad y tuvo que conformarse con recibir a cambio los comentarios ásperos, si no hostiles, de algunos de mis compañeros. Era previsible, por supuesto. También era de esperar que los invitados se comportaran intachablemente. Otro de los expedicionarios era un tipo homosexual, de unos cuarenta años y calvo incipiente, que nos contó lo maravilloso que era sentirse respetado como hombre en la Santa Madre Iglesia --así la llamaba--. Parecía un hombre constructivo. A su derecha estaba situado un muchacho delgado y pálido, aparentemente muy seguro de sí mismo, que tenía el aspecto de uno de esos francesitos del siglo XIX que fumaban opio entre suntuosos cortinajes, leían la poesía más exquisita y flirteaban impúdicamente con los burgueses adinerados. La soltura con la que defendía a la Madre de Occidente captó entonces mi atención. Me gustó verlo enfrentarse a mis compañeros, que sólo con gran dificultad encontraban las fuerzas necesarias para vencer el impulso de ponerse a gritar como dementes en mitad de la sala.
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[Primera parte del post, aquí.]
–Finalmente todo quedó reducido a dos cartas –dijo ella–. Insistían en que, en lugar de llamar a la pizarra «tablón negro», la llamara «tablón de tiza». Todo se había reducido a las palabras «negro» y «tiza». No podía creer, y sigo sin podérmelo creer, que una persona sensata, cualquiera que sea el color de su piel, pueda poner objeciones a la designación de «tablón negro». Es un tablón y es negro. La palabra negro en sí no puede ser ofensiva. Yo he llamado así a ese objeto toda mi vida, así que no veo por qué han de obligarme ahora a modificar la manera de hablar mi propia lengua.
P.D. James, Intrigas y deseos.
El gran triunfo, y al mismo tiempo la principal ventaja con que cuentan los marxistas culturales y en general los izquierdistas en toda sus variantes fue persuadirnos de emplear las armas de su elección. Como escribí ayer, se infiltraron en la sociedad a través del sensible costado de la cultura, esa amalgama abstracta e impenetrable de ideas en la que casi cualquier cosa es posible, o por lo menos lo parece. Lo que quiero decir es que resulta muy difícil convencer a un ciudadano de que renuncie a las comodidades materiales a las que se ha habituado, y que son fruto del progreso capitalista, mientras que embaucarlo haciéndole creer que determinada idea artística es digna, incluso sublime, es una tarea muchísimo más sencilla. Después de todo, el arte es un concepto demasiado alejado de la vida cotidiana de la mayoría de las personas, y los supuestos artistas modernos están tan convencidos de que la porquería que producen tiene algún mérito, que uno apenas encuentra fuerzas suficientes para llevarles la contraria. Siempre pienso en un tipo al que conocí, pero cuyo trato perdí hace ya varios años, un muchacho larguirucho y desprovisto de energía vital que hablaba con una voz sorprendentemente grave y siempre parecía sumido en profundas meditaciones interiores. Pues bien, era un sibarita del Arte, una de esas personas con un sentido refinado y a un tiempo pedante de la belleza. El chico sostenía, para mi alborozo, que ni siquiera haría el esfuerzo de cruzar una calle para meterse en uno de esos museos modernos donde las escobas clavadas en un mazacote de materia fecal se considera arte. Si debo ser honesto, yo nunca he tenido ni la más remota idea de las disciplinas plásticas, así que me limito a reaccionar naturalmente a los estímulos que recibo; y mientras las abstracciones me producen tedio, incluso desconfianza, las pinturas antiguas me conmueven. Puede decirse que mi instinto es también mi premisa.
El problema reside en que mi conocido era considerado una especie de paria reaccionario en su facultad, y de vez en cuando se citaba a escondidas con una profesora para discutir lo que ambos consideraban verdaderamente Arte, Velázquez y etcétera. Los demás alumnos, decía mi colega, se correspondían con el tipo de esnob y falso excéntrico retratado en aquel episodio de Los Simpsons en el que Homer se convertía accidentalmente en escultor. Pero los demás alumnos, los esnobs, eran mayoría, y la verdad se había impuesto con tal determinación en la facultad, que todos los esfuerzos por abrir un debate intelectual estaban abocados al fracaso. Permitidme reproducir algunos párrafos extraídos de El periodismo canalla y otros artículos, de Tom Wolfe:
Frederick Hart murió a la edad de cincuenta años, el 13 de agosto de 1999, dos días después de que un equipo médico del hospital Johns Hopkins le diagnosticara un cáncer de pulmón. De esta forma repentina concluyó uno de los episodios más extraños de la historia del arte del siglo XX. Cuando contaba poco más de veinte años, Hart se propuso, consciente y deliberadamente, recuperar la suprema tradición de la escultura occidental, lo consiguió con asombrosa facilidad y acto seguido se volvió invisible, igual que el hombre invisible de Ralph Ellison, que era invisible «simplemente porque la gente no quería verme».
[...] Hart estaba tan abstraído en su «triunfo» que no sabía prácticamente nada del mundo del arte en los ochenta. De hecho, el mundo del arte existía sólo en Nueva York, y no era exactamente un «mundo», en la medida en que ese término involucra a un gran número de personas. En el único estudio sociológico sobre el tema, The Painted Word [presumo que se trata de La palabra pintada, del propio Tom Wolfe] el autor calculaba que el «mundo» del arte estaba compuesto por unas tres mil personas, entre galeristas, comerciantes,, coleccionistas, estudiosos, críticos y artistas. Incluso en los puntos más remotos del país, los críticos de arte estaban perfectamente satisfechos con su papel de sumisos propagadores del mensaje que recibía de Nueva York. Y el mensaje era que la escultura de la escuela renacentista, como la de Hart, no podía considerarse arte.
Las revistas especializadas abrieron los ojos de Hart hasta colmarlos de perplejidad. Las esculturas clásicas eran «imágenes en el aire». Utilizaban un truco artero, la --habilidad-- para engañar a la vista y sugerir al espectador que el bronce o la piedra se habían transformado en carne humana. En consecuencia, eran artificiales, falsas, ostentosas. En 1982, ningún artista ambicioso se habría atrevido a demostrar habilidad, suponiendo que la tuviera. Los grandes escultores de la época se aplicaban en grandes proyectos como dirigir a un grupo de payasos sindicados que alineaban piedras o ladrillos en el suelo, objetos que ellos, los artistas, jamás habían tocado (Carl Andre); o vertían hierro fundido en los bordes del suelo de una galería (Richard Serra); o sacaban tubos fluorescentes directamente de la caja de la ferretería y los disponían de una forma u otra (Dan Flavio); o soldaban vigas y trozos de metal (Anthony Caro) [y Homer Simpson, nota del blog]. Todo esto expresaba la verdadera naturaleza del material, su «gravedad» (nada de imágenes de piedra flotando en el aire), su «objetualidad».
Era la genialidad hecha escultura. Como dijo Tom Stoppard en su obra Artist Descending a Staircase: «La imaginación sin destreza nos ha dado el arte contemporáneo».
De acuerdo, si transcribo una sola palabra más es posible que los abogados de Ediciones B empiecen a ladrarme, morderme y sacudirme como a un trozo de carne correosa.
Saco a colación este tema porque ha llegado el momento de que extraigamos nuestros valores del maletín de las vergüenzas y pongamos al descubierto la evidencia. La habilidad, el talento y el arte son cosas diferentes, e incluso si no lo fueran, incluso si admitiésemos por un segundo que aun las peores procacidades producidas por chiflados holandeses son arte, eso no cambiaría nada. El arte es un instrumento de expresión humana tan falible y patético como cualquier otro. Y todo lo humano debe regirse por las mismas reglas a las que nos sometemos nosotros, los propios humanos. ¿De dónde diablos salió la idea, propagada como un virus maléfico que licua y pudre lentamente nuestras entrañas, de que el arte está más allá del bien y del mal, por encima de la moral, exento de juicios espirituales? ¿Debemos transigir frente a la teoría de que las peores fechorías están justificadas si sirven al supremo objetivo del Arte? La idea es demasiado estúpida para tomárnosla en serio, aunque ciertamente no faltan catetos dispuestos a apoyarla. Han sustituido los valores espirituales absolutos por los valores absolutos del arte, aunque ni siquiera ellos sepan muy bien a qué diablos se están refiriendo.
Pero de hecho esto es mucho suponer. Los excrementos de un drogadicto que tan sólo abandona su mugriento loft londinense para agenciarse una raya de coca no son arte. Un crucifijo metido en un frasco de orina no es arte. Es todo lo contrario: Degradación. Donde el arte sublima nuestra naturaleza imperfecta, la eleva graciosamente a niveles de los que sentimos orgullosos, donde el arte nos conmueve mediante flirteos de la realidad y la fantasía, la materia y el espíritu, la corrupción pseudo artística expone lo más pútrido que albergamos en nuestras entrañas, lo menos honorable y más enfermizo de nuestra humanidad, y trata de presentarlo como una insignificancia cotidiana, como si lo peor fuese irrelevante y lo mejor ni siquiera existiese.
Sin embargo, algún diabólico juego del destino ha conferido ventaja a los rojeras kulturales y, tal y como están las cosas, ellos deciden el peso de cada palabra, el valor de los significados. Incluso han determinado el significado del Arte y de expresiones tan jabonosas como las de «libertad de expresión», «libertad de elección», etc. Como decía, han sido ellos quienes han confeccionado y seleccionado las armas con las que luchamos, algunos de los principios sociales con los cuales nos interrelacionamos; desde este punto de vista, ¿qué posibilidades de éxito tenemos? Ninguna, si les seguimos el juego. Muchas, si rompemos la baraja y les arrojamos a la jeta los naipes marcados con los que nos han engañado durante tanto tiempo.
Me viene a la memoria la pregunta que un usuario de elmundo.es le realizaba a un crítico cinematográfico que había escrito una biografía del héroe español Nacho Vidal, un célebre actor porno que hace una temporada recorrió los platoes de buena parte de los programas de televisión españoles. La pregunta de marras, parafraseada, era la siguiente: «¿piensa usted que el cine porno será respetado algún día como lo merece?». El crítico de cine adoptó un hilarante tono beatífico y respondió que ojalá los españoles reconsiderásemos nuestra actitud con respecto al porno, como si la obscenidad fuera en realidad un bien cultural largamente oprimido por el rancio moralismo cristiano. Pues bien, ese mismo tipo es el responsable de ilustrarnos sobre la calidad de las películas, sobre el valor moral que poseen, sobre lo que merece la pena y lo que no. ¡Nada menos que un hombre convencido de que el porno debería empezar a ser respetado como una... sí, como una expresión artística!
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El episodio del templo católico transformado por los políticos ibicencos en el museo de los horrores pornográficos constituye un ejemplo perfecto de la hipocresía tanto de los artistas como de los politicastros que los alientan. Y no se trata tan sólo, que sin duda también, de que estos iconoclastas de medio pelo jamás se atreverían a romper las verdaderas normas que nunca se han agraviado --la imaginería islámica, por ejemplo--, sino de que fabrican su falso arte partiendo de premisas falaces.
Hace unos momentos he echado un vistazo a un artículo bastante bobo y complaciente sobre un artista británico vestido de mesa camilla publicado hoy por elmundo.es. El virtuoso de marras, Lindsay Kemp, además de ponernos al corriente de que mantuvo una relación homosexual con el cantante David Bowie, nos explica lo siguiente:
Todos los artistas rompemos las normas, somos inconformistas, sobre todo porque esta sociedad es una mierda.
Habría sido magnífico que precisara a qué normas se refiere, aunque no tuvimos esa suerte. El inconformista se limitó a pronunciar una teoría que nunca antes ningún humano expresó: «la sociedad es una mierda y yo me revelo contra eso». Para ser honesto, debo decir que no entiendo muy bien por qué tiene en tan baja estima a la sociedad; pero quizá sería excesivo exigirle una mayor hondura de análisis. Son artistas, las frases hechas bastan para darse a entender. ¿Cómo casar ese convencionalismo con el instinto ácrata del que presumen? A eso que responda Pérez.
Hasta donde yo sé, los artistas se sienten impulsados a recluirse en ghettos sumamente elitistas, pedantes y esnobs, a elaborar sus propias micro sociedades dentro de las cuales vivir sin trabas demasiado convencionales. Quizás haya llegado el momento de que, tal y como hizo Hart, el malogrado escultor que mencionaba Wolfe, rompan las normas del propio falso arte en el que se hallan sumidos. Quizás haya llegado el momento de que empiecen a realizar trabajos que causen verdadera admiración, que hagan mella en nuestros corazones, y no esa sensación de pasmo y estafa que experimentamos al contemplar la Torre Eiffel envuelta en látex o alguna cosa parecida.
Volviendo a la exposición obscena ibicenca, me asaltan todo tipo de dudas sobre la honradez de los responsables de la misma. La propia concejal de cultura, Sandra Mayans, saltó a la palestra mediática hace un tiempo debido a unas oscuras acusaciones de uso de dinero negro en el PSOE de Eibissa. Por aquella época ostentaba el cargo de concejal de Fiestas. Y es que se trata de una mujer muy festiva, como se puede deducir de sus declaraciones sobre el sucio espectáculo que ampara. Afirma que llevaría a su hijo a contemplar el material expuesto en la galería: la sodomía zoológica, la humillación del Santo Padre Juan Pablo II, la profanación de la figura de Nuestro Señor Jesucristo. Quién sabe, puede que el crío reconociera a su madre retratada en alguno de los collages. Y no es que desee ofenderla, por supuesto: sé muy bien que ella lo considera «lo más natural del mundo».
Afirma también la Mayans, esa chica guapa, decente, virginal, confiable, el tipo de mujer fatal que se deja ver en no pocas novelas negras, que en las Iglesias («y más arriba», lo que quiera que eso signifique) se observan cosas peores que las exhibidas en el museíllo. Lamentablemente la muchacha sigue la estela de Kemps, el ex amante de Bowie, y no entra en detalles. Las iglesias están plagadas de porno, muy bien. Es una teoría clásica que todos aprendimos durante las clases de catecismo. Porno por todos lados, una obsesión salvaje que provoca convulsiones espirituales. Por fortuna, existen todavía personas decentes, ejemplos de honor y dignidad, como la Mayans. Una concejal a la que, ni en lo más oscuro de mi rencor, relacionaría jamás con el porno. A ella no.
Es divertido escuchar a toda esa patulea de enfermos mentales, así, en abstracto, animales despojados de moral, exigir respeto. Sin embargo, ¿qué hay de nosotros, de quienes experimentamos a Jesucristo como un órgano más de nuestro cuerpo, como una parte fundamental de nuestro espíritu? ¿Qué hay del derecho a la dignidad que arropa a todas las personas, incluyendo a Juan Pablo II?
Creo sinceramente que la hipocresía se ha inflamado tanto que se encuentra al límite del punto de ruptura, al borde del colapso. Hemos sido pacientes durante demasiado tiempo. Ardo en deseos de pasar a la acción.
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A menudo menciono en el blog las relaciones que he mantenido a lo largo de mi vida con diversos izquierdistas, pues nada más eficaz para ponerlos en evidencia que desplazar a un lado toda la teoría anticomunista y colocar sobre el expositor un ejemplar del verdadero rojo: la ventaja no es sólo que una imagen vale más que mil palabras, según dicen, sino que los comunistas tarde o temprano se muestran siempre tal y como son. Diríase que sucumben a la pesada gravedad de su paranoia. Me figuro que se sienten incapaces de disimular el ímpetu genuinamente fascista que albergan en sus entrañas, y tarde o temprano, más temprano que tarde, empiezan a delirar abiertamente sobre la conveniencia de erradicar el capitalismo, la Iglesia y los agentes opresores mediante métodos violentos: ¡y es que resulta tan difícil aplacar el instinto revolucionario! Creo que tan sólo los necios y los predispuestos para ser embaucados se dejan seducir a estas alturas por los cantos de sirena de los seguidores de Castro, de Lenin, de Marx, de Chaves, etc.; los demás saben reconocer la monomanía histérica que sacude el alma (o el no–alma) de los commies en cuanto a estos les empieza a temblar la voz y una pasión malsana se manifiesta en sus ojos.
Recuerdo cierta conversación que mantuve durante el instituto con uno de mis compañeros de clase, un chico encantador pero bastante flácido que sostenía que llegados a este punto de la historia ya no tiene sentido preocuparse por la amenaza comunista. Pero mucho me temo que el muchacho había cometido un error de terrible magnitud al utilizar aquel argumento: los rojos, pese al papel infame que Llamazares y los de su calaña interpretan en la vida política española, han depurado y perfeccionado el instrumento de corrupción social que han venido usando durante las últimas décadas: el de la propaganda en todas sus variantes. Desde el cine, por ejemplo, y desde luego también desde la televisión. Existen asimismo aquellos comunistas organizados en asociaciones cívicas, generalmente incendiarias, que se arrogan una alta dignidad moral y catalizan las frustraciones y el deseo de justicia que sienten amplios sectores de la sociedad.
La expresión marxismo cultural alude al modo en que los rojos se han infiltrado en el mundo Occidental a través del flanco más blando y desprotegido, el de la educación, tanto la artística como la académica. Son ellos los que determinan qué cine es bueno y de qué cine podemos prescindir: el primero suele retratar familias disfuncionales, el lado menos benéfico del capitalismo, los errores óptimamente aumentados de la Iglesia católica, y así hasta que han carcomido como termitas las estructuras más íntimas de la sociedad occidental. La argucia ha consistido siempre en fracturar las herramientas de cohesión y de transmisión libre de valores, esto es la familia, y los métodos de promoción de los principios absolutos, aquellos sobre los que se asienta toda moral sólida, esto es la religión.
En realidad todos estos elementos, buena parte de las noticias más escabrosas y las modas más procaces a las que somos expuestos a través del cine, la televisión, la educación universitaria, las revistas y no pocos libros de ficción no son más que facetas aisladas de un gran fenómeno global, el del gusano que se arrastra bajo la superficie de nuestras vidas devorando las estructuras cívicas elementales, es decir, aquellas piezas sin las que no es posible desarrollar una civilización capacitada para sobrevivir a sí misma y a las presiones externas.
De todos ellos, quizá sea el relativismo el instrumento disuasorio más poderoso que ha caído en manos de la bazofia roja. A fin de cuentas, resulta imposible defender ninguna teoría, ningún modelo de vida constructivo, si llegamos al punto ciego en que no tenemos más que vacío, ninguna referencia prístina a la que aferrarnos. El problema reside en que «todos» hemos terminado por caer en la trampa, o dicho de otro modo, hemos acatado sus reglas de juego. Volar por los aires la gran impostura del relativismo, y de todas sus falaces leyes, es en este momento una cuestión de vida o muerte. Faltos como estamos de convicción en nuestras propias capacidades, de confianza en la dignidad intrínseca de nuestros principios, somos carne de cañón para los fanáticos, tanto en el caso de los comunistas culturales, como en el caso de esa otra creciente e ilimitada amenaza: el islamismo radical.
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Se me ocurre que la deformación del arte puro, es decir, aquél capaz de conmover el espíritu de los seres humanos mediante los estímulos armónicos de la pintura, la escultura, la música, la literatura, etc., no es más que otro ejemplo de los ardides que los decadentes emplean tanto para cuestionar la Gracia humana, como para romper en mil pedazos el sentido tradicional de la pureza. La obscenidad en el arte, la ofensa religiosa, es una de sus manifestaciones. No la única.
Creo que fue en marzo pasado cuando se desató el escándalo de las fotografías pornográficas de escenas bíblicas en un museo extremeño subvencionado por el gobierno de Ibarra. El autor de las instantáneas, un mercader sin talento y con evidentes disfunciones morales, se complació en llamar arte a la porquería infantiloide nacida de su escaso ingenio y menor sensibilidad espiritual. Posiblemente se trata del tipo de hombre con una visión tan distorsionada de la sexualidad que nunca podrá disfrutar íntegramente de ella. Además de repulsión, el hombre causa una cierta pena.
Sin embargo, este caso no responde a un fenómeno nuevo. Los símbolos sagrados del Cristianismo han sido ridiculizados, mancillados, humillados y reducidos a estiércol con frecuencia durante los últimos tiempos. Biblias enterradas en malolientes excrementos, crucifijos sumergidos en orina humana, Jesucristos aferrados a instrumentos fálicos: la sima de la depravación de esos chimpancés del arte moderno --es decir, primates del no–arte-- es casi tan profunda como el agujero del infierno en el que arderán durante la Eternidad.
De este asunto se habló abundantemente en su momento, a menudo con una lucidez admirable, pero yo deseo rescatarlo por un momento y añadirlo, como en una sucia amalgama, a este nuevo caso de blasfemia y ofensas religiosas que ha estimulado un poco la desazón que experimento, que experimenta la gente decente, cuando las cosas puras son viciadas. Me refiero, claro está, a la exposición pornográfica anticristiana que se ha celebrado en un templo católico ibicenco bajo los auspicios de las autoridades políticas locales. De hecho, me gustaría discutir la falacias que los politicastros de la isla han utilizado para justificar su abstención frente a un ejemplo tan claro y hediondo de perversión, ofensas a la sensibilidad religiosa y depravación. Pero eso, mañana.
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WorldNetDaily: Kathy Griffin: 'Suck it, Jesus!':
Kathy Griffin, the star of the Bravo show 'My Life on the D-List,' used her appearance on the Emmy awards program to tell Jesus to 'suck it' and to claim full credit for the honor for herself. Griffin, at the 59th annual Creative Arts Emmy Awards held recently, was honored for having the Outstanding Reality Program, overtaking ABC's 'Extreme Makeover: Home Edition' after several attempts.
WorldNetDaily: 'Jesus' deflowers virgin sexpot in new comedy:
A new comedy spoof on the Ten Commandments portrays Jesus Christ deflowering a sexy virgin, and is raising some eyebrows in the Christian community.
Libertad Digital: El actor Joel Joan hace suyas las palabras de Xirinacs y se declara "amigo" de ETA:
El actor catalán, Joan Joel –más conocido por su papel de 'Willy' en la serie de Periodistas–ha hecho este martes suyas unas declaraciones de 2001 del ex senador independentista recientemente fallecido, Lluís Maria Xirinacs, en las que éste, en un acto por la Diada en el Fossar de les Moreres de Barcelona, se declaró 'amigo de ETA y de Herri Batasuna'.
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They say people in hell suffer eternal pain because of the loss of God. ... In my soul I feel just this terrible pain of loss, of God not wanting me, of God not being God, of God not really existing. Jesus please forgive the blasphemy.
Las cartas que la Madre Teresa de Calcuta envió a lo largo de su vida a sus consejeros espirituales, y sobre las cuales impuso la condición de que fueran destruidas, han sido recopiladas y publicadas recientemente [en breve] en un polémico libro que en opinión de algunos ofrece una nueva perspectiva, maravillosa y sorprendente a un tiempo, de la intimidad más profunda de la Madre Teresa; según otros, como por ejemplo el marchante del mercado ateo Christopher Hitchens, quien imprimió su postura en las páginas de la progre Newsweek (basta leer la siguiente propaganda: «Making socialism work» sobre un favorecedor retrato de Zapatero, ¡en portada!), se preguntan cómo interpretar esto, aunque ninguna de las posibilidades que sugiere Hitchens suena demasiado benéfica: por un lado sostiene que la Iglesia ha querido sacar partido de la anciana transformándola en un objeto de consumo de masas; y por otro se inquiere si los romanos no estarán cometiendo el error de luchar contra la evidencia atea de la propia Madre Teresa de Calcuta. Bien, sería injusto omitir que Hitchens es, como mencioné líneas atrás, un beneficiario del creciente centro comercial en el que se ha convertido el ateísmo internacional, con Dawkins, Harris y demás ralea haciendo caja y carcajeándose insolentemente de la religión, a la que detestan en el mejor de los casos, y a la que consideran una bruja malévola en el peor. (Irónicamente, el hermano menor de CH, Peter, es un hombre religioso y socialconservador. Juguemos a identificar a la oveja negra de la familia.)
Las excentricidades de Ateo Hitchens han sido rebatidas elocuentemente en diversos ámbitos, aunque quizá una de las réplicas más persuasivas sea la que el teólogo Dr. Anthony Lilles ha publicado a través del blog del conservador Hugh Hewitt. Digamos que Lilles somete a Christopher Religion Sucks! Hitchens a un barrido de sopapos más bien psicológicos y sociológicos, y teológicos llegado el momento propicio. Utiliza Lilles uno de los argumentos que yo suelo emplear cuando me enfrento a los sin–Dios, y se trata de la incapacidad y la autoindulgente ofuscación manifestada por estos para comprender la fe en toda su magnitud. Por supuesto no puedo exigir a nadie que la experimente, pero sí que realice un esfuerzo para entender las dimensiones y hondura de mis motivos.
Sin embargo, no estoy seguro de que Hitchens posea la altura moral necesaria para percibir los pliegues ni las sutilezas de la fe, ni para comprender que la duda forma parte de la pasión religiosa del mismo modo que la inquietud se compromete con la búsqueda del conocimiento.
En realidad todo este asunto es irrelevante desde el punto de vista del conflicto convicción – ateísmo, y de hecho no es nada nuevo. A la Madre Teresa de Calcuta intentaron ya mancillarla con todo tipo de argucias hace tiempo: y es que su convencimiento de que el aborto es una aberración de proporciones cósmicas no es plato de buen gusto en nuestros días. Hace unos meses, tal vez un año, Baltasar Magro entrevistó a un famoso escritor que había conocido a la Madre Teresa, y se esforzó sin éxito en desatar una polémica con su invitado afirmando que, después de todo, la buena mujer cometió en su momento gravísimos errores que probablemente costaron infinidad de vidas. Afirmaba Magro que la Madre Teresa debió de aprovechar las ventajas que ofrecen los medios de comunicación de masas para hacer notar el hambre en la India. Claro que a Juan Pablo II lo tachaban de arrogante por utilizar los mass media para difundir la buena nueva de la Iglesia. Aclaraos de una vez, maldita sea.
Craig se larga.
A guisa de posdata: leo en Fox News online, vía PajamasMedia.com, y en elmundo.es que Larry Craig, el senador republicano por el Estado de Idaho al que multaron por conducta indecente en un aeropuerto de Minnesota, ha decidido darse el piro, como le exigían tanto sus compañeros de partido como sus votantes. No es oficial, pero supongo que a estas alturas su caída es inevitable. Sin embargo, hoy me he preguntado: ¿es posible que un caso de semejante magnitud pudiera ser fruto de una gran mentira a la que habríamos sucumbido incluso los conservadores? No lo afirmo, es sólo una inquietud absolutamente abstracta.
No hace mucho tiempo, Larry Craig sonreía.
Por cierto que tenía intención de escribir una entrada sobre los conservadores en la industria del cine --he pasado un rato recopilando información--, pero tal vez lo deje para mañana. Estoy un poco cansado para meter mano a un post de envergadura, y el peliagudo asunto de la Madre Teresa de Calcula se interpuso desde Christinity Today. ¡Feliz fin de semana!
Nota: ¿Norman Hsu? Generoso contribuyente de la campaña de la señora Clinton... con oscuro pasado. Mañana.
Etiquetas: ateos, Iglesia, progres, religión, USA
Cuando el cardenal protodiácono Jorge Arturo Medina Estévez salió al balcón abierto a la Plaza de San Pedro y pronunció el último «Habemus Papam» oído hasta hoy por el orbe católico, en referencia al nuevo Sucesor de Pedro, Benedicto XVI, yo permanecía sentado eufórico en el borde del sofá del salón de mi casa, sonriendo felizmente y con los ojos clavados en la pantalla del televisor. No solo el Navío católico contaba con un nuevo timonel, sino que los progres de todo el mundo habían tomado dos tazas de té bien caliente.
Fue una época extraña para mí, y ciertamente interesante para todo el mundo, que parecía haberse detenido y puesto la mirada en el Vaticano: el pequeño estado gobernado por el Papa se había convertido en el único punto de atención verdaderamente relevante en todo el planeta.
Los días transcurrieron lentamente, y todos conocíamos el primero de los inevitables desenlaces. La muerte de Juan Pablo II fue recibida con tristeza por la gente de bien, y con una miserable alegría por los ímprobos. Tras su marcha de regreso a la Casa del Padre, el segundo final había de ser resuelto: se precisaba un líder para los cientos de millones de católicos del mundo.
Se hicieron tantas apuestas que uno cayó enseguida en la cuenta de que la mayoría de ellas no tenía demasiado sentido: todas las propuestas se planteaban desde un punto de vista político, y pocas de ellas entraban en consideraciones religiosas: ¿cuál es la Voluntad de Dios? Sólo Él la conoce. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que las bocas de los orgullosos e improvisados expertos en ciencias vaticanas, por decirlo de algún modo, realizasen sus cábalas y manifestasen una variedad inagotable de argumentos y posibilidades.
El recuerdo más intenso y divertido que conservo de aquellos días de tristeza y felicidad simultáneas es la buena disposición de los progres a ofrecer sus consejos socio–teológicos a una Iglesia a la que por aquel entonces despreciaban casi tanto como la desprecian hoy.
Los amables ateos solían actuar en base a una premisa fundamental: que la Iglesia carece de fondo moral absoluto --concepto éste que se niegan obcecadamente a asimilar y a tomar en consideración--, de modo que da lo mismo ocho que ochenta: urgía un cambio de rumbo radical, incluso aunque eso supusiera alejarse de los principios que la Madre romana había sostenidos durante los últimos dos milenios.
En lugar de servir a Dios y de someterse a una estructura de pensamiento que bastante a menudo, por no decir siempre, resulta impopular y políticamente incorrecta, la Iglesia había de aproximarse a lo que los progres consideran los usos de la modernidad, fundamentalmente la promoción de métodos anticonceptivos y el aborto. Afirmaban, pues, que para que la Iglesia recobrase un papel destacado en la vida cotidiana de los occidentales, debía adaptarse a los tiempos de hoy. Y eso se conseguía, decían, aceptando lo que la sociedad había aceptado primero. ¡Maravilloso! ¿Quién necesita las enseñanzas expresadas en la Biblia cuando se puede ser cool tirando por la borda dos mil años de existencia, y haciendo suyo el aborto, la militancia homosexual y todo eso? Claro está que los progres se habían descrito: habían vuelto sus cartas y dejado claro aquello que subyace bajo toda esa vacía palabrería a la que son tan aficionados: los principios son arbitrarios, intercambiables, como piezas de un juego de Lego, el único factor a tener en cuenta es el éxito social, o, por decirlo de otro modo, la aproximación al Poder. Típico.
Una vez que todos teníamos claro el nuevo rumbo... un rumbo verdaderamente rompedor, desde luego... que debía asumir la Iglesia, era el momento de plantearlo de manera práctica. Por tanto, los cardenales reunidos en cónclave habían de aprovechar la oportunidad de elegir al Papa más izquierdista posible. Un teólogo de la liberación, a ser posible, un tipo moderno, tal vez homosexual, que se preocupara por los pobres niños hambrientos del Tercer Mundo --a diferencia del malvado Juan Pablo II, famoso por su absoluta falta de caridad cristiana--. Lo cual es fantástico, claro: todos sabemos que los hispanoamericanos y los africanos son personas sumamente respetuosas con la homosexualidad, los derechos de las mujeres y, por qué no, con el consumo de drogas. Los africanos son, digámoslo así, ciudadanos particularmente progres: cada mañana, mientras se toman el café, pasan las páginas de El País y dedican tiernos poemas a las madres solteras. Un Papa rodeado de los Village People los seduciría al instante, y todos felices. Lo mismo que simpáticos progres fumados de maría.
Así estaban las cosas cuando los príncipes de la Iglesia se recluyeron en el Vaticano y alrededores para realizar la delicada tarea de identificar al Papa más adecuado para estos difíciles tiempos que nos ha tocado vivir. Alguien brillante y tenaz, claro, un hombre virtuoso y célebre por su refinamiento intelectual. Ni que decir tiene que Joseph Ratzinger era el candidato ideal. Se ajustaba perfectamente al perfil dibujado por los progres... en sus visiones del Anticristo. Y así salieron las cosas. El mundo obtuvo una mente capaz de hacer frente a los envites del mundo moderno: el relativismo moral, la deriva de la fe, la incapacidad política de medio Occidente, la cobardía y el auto–desprecio europeo. Y los progres obtuvieron el enemigo perfecto para seguir expresando enfáticamente su odio... entre calada y calada. Supongo que, en el fondo, todos quedamos contentos: los virtuosos, porque un hombre excepcional había sido designado para asumir el mando de una tarea espiritual de terrible magnitud, y los réprobos, porque tenían un buen motivo para continuar quejándose en las columnas publicadas por el diario El País.
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Varios meses atrás me habitué a perder el tiempo echándole un vistazo a la tertulia La mirada crítica de Telecinco, el programa de análisis político y entrevistas presentado por Vicente Vallés. (Curiosamente, este tipo de enormes ojos azules y cara de niño bueno cae bien a casi todo el mundo, aunque de hecho se trata de un mandamás de los medios desinformativos de «la cadena amiga», que es también la cadena del despiporre y el despelote y la zafiedad y todo lo demás.) Lo interesante de la edición que tengo en mente es que algún pirado había solicitado que la catedral de Córdoba fuera utilizada ecuménicamente (¡ecuménicamente!) para celebrar cultos islamistas, asunto éste que había suscitado una cierta polémica. Bien, Vallés preguntó a los tertulianos qué opinión tenían respecto a esta cuestión, y uno a uno los tres tristes tigres la fueron manifestando con esa explosiva alegría de vivir que parecen compartir todos los analistas políticos televisivos, que son algo así como el equivalente moderno y pseudo–racional de los hechiceros y los echadores de runas de nuestros ancestros. Hasta donde recuerdo, uno de los felices gnomos del Tío Vinnie sostuvo que la petición de los musulmanes tenía sentido, y que a la Iglesia católica se le presentaba una oportunidad magnífica de contribuir al entendimiento de las civilizaciones, lo cual, traducido al lenguaje honesto de los blogs --por lo menos, de este blog-- significaba lo siguiente: la Iglesia ha tocado los co****s durante los últimos dos mil años, quizá le haya llegado el momento de dejar de comportarse como una vieja beata melindrosa y de besarnos el culo a nos los progres, que somos muy guapos y nos vaporizamos el pelo de laca con muchísima gracia.
La segunda tertuliana se mostró cansada de que tengamos que ser siempre los occidentales quienes damos el brazo a torcer, y que había sobrevenido la hora de exigirles a las naciones islamistas que permitan celebrar cultos cristianos en sus tierras abundantes en petróleo y dátiles.
Por último, un tipo elegante, engominado y con tupido bigote negro explicó que era posible llegar a un acuerdo en relación con esa oferta de fraternidad religiosa, y que ceder un rincón de la catedral de Córdoba para uso musulmán tal vez derivaría en, bueno, un paso más hacia la amistad.
Resulta obvio que mi opinión se aproxima, al menos si me veo forzado a elegir, a la posición de la tertuliana, pero en ese caso tendría que renunciar al contenido de esta entrada. Y es que esas tres lumbreras habían pasado por alto un elemento fundamental de la discusión: el factor espiritual.
El problema que discuto afecta a prácticamente todos los ateos y agnósticos e incluso a buena parte de quienes profesan alguna fe. Y es que pasan por alto que la religión es, por así definirla, el modo en que se organiza y experimenta en comunidad una serie de creencias sobrenaturales. Es decir, no se trata de un club social en el que se reúnen ciudadanos con determinados intereses comunes, sino un reflejo materializado de una vivencia extremadamente íntima y de naturaleza trascendente. O dicho con toda sencillez y reduciéndolo al contexto católico: la Iglesia no es un templo de piedra ni un concurso de normas arbitrarias que pueden adaptarse a las circunstancias; la Iglesia es el reflejo de la Voluntad de Dios. No se pone al servicio de los intereses de los hombres, sino que sirve humildemente a una Verdad universal y absoluta que jamás cambia, que fue antes de los tiempos y que permanecerá perfecta e infalible cuando todo este universo se haya ido al infierno.
Los tres tertulianos consideraban la catedral de Córdoba un instrumento al servicio de necesidades puramente humanas, negándoles la trascendencia y la faceta espiritual. Ni puedo exigir ni exijo que crean el contenido específico de la doctrina católica, faltaría más, pero sí puedo conminarles a que nos tomen en consideración a nosotros, las personas de fe. Y la idea es que si se presta un recinto consagrado católico a cualquier religión diferente de la apostólica romana, entonces se profana dicho recinto. Esos ateos, y también los falsos creyentes que combinan accesoriamente la Resurrección de Jesucristo con, pongamos por caso, la reencarnación budista, afirmarán probablemente que Dios desearía sin duda que se prestasen los templos a Él consagrados en beneficio de la Paz. ¡Acabáramos!, los ateos siempre están dispuestos a interpretar el pensamiento de un Dios en el que no creen y cuya Gloria rechazan, y de Quien sospechan que, de existir, sería una especie de Súper Zapatero Intergaláctico de quien todo el mundo se ríe a sus espaldas.
Ocurre tan a menudo que a estas alturas nadie se esfuerza en resolver el entuerto: los descreídos consideran la fe como una excentricidad política, una convicción casual e irrelevante que contribuye a hacer más llevadera la vida cotidiana. Raramente tienen en cuenta, por supuesto, que quienes albergamos creencias religiosas observamos lo que ocurre en este mundo, nuestra propia vida y la de nuestros congéneres, desde dos puntos de vista: el estrictamente terrenal, cuyo sentido práctico cobra importancia en el día a día; y el espiritual, que además de influir con mayor o menor intensidad en los actos de nuestra vida diaria, nos hace conscientes de una existencia que se desplaza sobre nuestras cabezas, a través del tiempo. Y esas dos estructuras de nuestra existencia están tan imbricadas que tratar de separarlas tan sólo conduce a la frustración o, lo que es peor, a un desastre moral.
Lo cual me lleva a pensar en la influencia que esa tosca manera de observar la religión tiene sobre la relación del mundo occidental, y en especial de los progres, con la Iglesia católica, aunque de eso escribiré mañana.
Etiquetas: Cristianismo, Iglesia, islamismo, progres, religión, telecinco
Leí esta mañana una columna publicada por Aaron Hanscom en Pajamas Media en la que el editor disertaba sobre una frase bastante maniquea pronunciada por la célebre show–woman Rosie O’Donnell. Decía O’Donnell lo siguiente:
Radical Christianity is just as threatening as radical Islam in a country like America.
Establecía así Oronda O’Donnell una equivalencia muy poco sibilina entre ambas religiones. A decir verdad, nunca espero demasiado de las glotonas estrellas de Hollywood, ya se trate de la pizpireta Gwyneth Paltrow, siempre hermosa y sonriente , ya se trate del Atractivo Actor de Un Solo Registro, George Clooney, ya se trate de... bueno, de una lesbiana militante anticatólica a favor del control de armas y de una dieta rica en grasas... como decía, Rosie Oronda O’Donnell.
De acuerdo, uno de los lectores de la columna de Hanscom, un tal Gerald Gibson, firmó un comentario que resultaba sencillo rebatir incluso antes de leerlo. El problema reside en que cuando fui a contestar al muchacho, descubrí que los comentarios habían sido bloqueados. He pensado que estaría bien aprovechar mi blog para desahogarme un poco. Reproduzco a continuación el argumento propuesto por Gibson:
If it wasnt for the seperation of church and state in the USA Christianity would also put gays to death. Apparently none of you have read the history of Christianity. Radical RELIGION whatever its name is a danger to a free country. Christianity has been pacified. Once Islam is pacified under the rule of law it too will be more like Christianity is today. If Christianity is allowed to mold our laws in its image then we will once again see free people being put to death for exercising their freedom. This should not be seen as a knock against Christianity but rather a PROOF from history that radical religion and freedom do not mix.
Ni que decir tiene que Gibson empieza especulando de manera bastante aparatosa, ejercitándose en ese estilo esotérico izquierdista de «el planeta está a punto de saltar por los aires, de calentarse tanto que se volverá inhabitable, de contaminarse con los residuos de las centrales nucleares y... bueno, ya me entendéis, Bush debe de estar maquinando una de las suyas», empieza especulando, decía, sobre lo que ocurriría en un mundo que no es real, y sobre el que nada estamos en condiciones de saber De acuerdo, hombre, tómate tu píldora neuroléptica, empieza a babear y prosigamos.
Yo, que a diferencia de Gibson carezco de poderes sobrenaturales, no sé muy bien qué sería de Estados Unidos de no hallarse sujeto a la separación Iglesia–Estado. Tampoco sé si los homosexuales americanos tendrían alguna oportunidad de sobrevivir bajo ese sistema político–religioso, y si dicho sistema sería específicamente teocrático. Sin embargo, veo muy claro que los Estados Unidos no serían lo que son en la actualidad, es decir, la nación más grande que ha alumbrado el Sol, de no contar con un sentido tan preciso tanto de las libertades individuales como del sentido de la vida en sociedad y de la democracia. Por otro lado, resulta evidente que los homosexuales no son asesinados en el Vaticano, estado habitado por ciudadanos a los que podríamos calificar de «cristianos radicales», por lo menos si entendemos por radical la profundidad de las convicciones, en lugar de la intensidad con que éstas se manifiestan. A fin de cuentas, ¿no es precisamente el Vaticano un fervoroso promotor de la paz en el mundo? La respuesta objetiva es que sí. ¿No fue el cardenal Etchegaray enviado por Su Santidad Juan Pablo II a Washington, capital de Estados Unidos, para tratar de encontrar una solución negociada a lo que llegó a ser la Guerra de Irak? Lo que quiero decir es que, bueno, resulta muy difícil situar en el mismo grupo moral a quienes promueven ese oxímoron llamado Guerra Santa y a los que se esfuerzan en combatirla mediante la palabra y la inteligencia.
No obstante, eso no responde a la pregunta especulativa de qué sería de los homosexuales en unos improbables Estados Unidos donde no existiese separación Iglesia–Estado. Así que en este momento pienso en todos esos homosexuales cristianos organizados, en muchos casos conservadores, hombres y mujeres temerosos de Dios y respetuosos de Su Majestad, que luchan a favor de sus derechos como humanos, que han de ser los mismos que sus derechos como homosexuales. Hay abundantes ejemplos de este tipo de ciudadanos honorables, y por si la realidad no es suficiente, incluso tienen alguna representación en la a menudo infame industria del espectáculo: por ejemplo, David Fisher, protagonista de la «degradada» A dos metros bajo tierra, producida por la corrupta HBO, es un chico homosexual serio, responsable... y religioso. (Tristemente, el muchacho se convierte en una auténtica puta, lo que resultó bastante decepcionante, pero no esperaba otra cosa. No de Alan Ball.) Sería verdaderamente magnífico identificar grupos de musulmanes que lucharan tan valientemente por conciliar su fe y su religión. Claro que si se pronuncian en voz alta, los matan. Literalmente. Y he ahí una diferencia. Punto para los cristianos.
Afirma asimismo Gibson que «la religión radical, cualquier que sea su nombre, es una amenaza para un país libre». La trampa planteada por el muchacho es tan obvia que siento un gran pudor de mencionarla, pero entiendo que es mi obligación hacerlo. Y es que los radicalismos constituyen todos ellos, religiosos o no, una amenaza para los ciudadanos. Sin embargo, los países democráticos*, en su inmensa mayor parte de tradición judeocristiana, cuentan con sus propias herramientas específicas destinadas a combatir los radicalismos, sean de origen musulmán, sean de origen ateo, sean de origen no–religioso. No sé si los grupos antiglobalización profesan convicciones espirituales, pero ¿alguien duda de que conforman una amenaza real al orden público y a las libertades de los ciudadanos? Lo que trato de sugerir... no, de expresar abiertamente, es que existe la trampa, la gran impostura, de situar el foco de atención de toda agresividad social sobre la religión, cuando de hecho la hostilidad humana es una forma de energía disfuncional susceptible de manifestarse en una amplia variedad de formas. (*La verdad es que los islamistas cuentan con patente de corso para expresar su furia, a diferencia de los cristianos, que estamos sometidos por los resentimientos de buena parte de la izquierda.)
Otra de las premisas sugeridas por Gibson es que «el Cristianismo ha sido pacificado», lo cual entraña una nueva trampa que puede plantearse en forma interrogativa. ¿Quién y cómo ha realizado el trabajo que el muchacho denomina pacificación? ¿Fueron alienígenas procedentes del planeta Marte, extraterrestres con trompetillas y trajes plateados, los que enmendaron a los cristianos, o fueron los propios cristianos quienes se depuraron mediante el desarrollo social, intelectual, cultural y religioso? Lo cual es lo mismo que decir: mientras que el cristianismo tiende a ordenarse y democratizarse, muchísimos musulmanes se disipan y se vuelven violentos. Pongamos por ejemplo a los islamistas–terroristas–bomba de Londres; recuerdo específicamente a uno de ellos, un muchacho nacido en Inglaterra en el seno de una próspera familia árabe. Su padre conducía un automóvil alemán de lujo. Pero el chico asesinó a varias personas y, debo decir que esto me importa un bledo, se suicidó. No fue pacificado por una sociedad avanzada y democrática, ni siquiera por la disponibilidad de dinero y de todas las oportunidades que se despliegan para gozo de los hombres libres.
El resto del mensaje escrito por Gibson es redundante, de modo que no seguiré examinándolo. Su teoría no es sólo inexacta, sino también injusta. El problema estriba en que esas mismas premisas, esos mismos axiomas del biempensante pseudoprogresista, están tan extendidos hoy día que resulta muy difícil combatirlos. Y mientras eso ocurre, ¡BUM!, los cinturones y los coches bomba continúan estallando...
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Cristianos.com » Archivo » Falleció Tammy Faye Messner: "La ex mujer del televangelista estadounidense Jim Bakker, junto con el que levantó uno de los mayores emporios económicos de la historia de la telepredicación estadounidense falleció el viernes 20 de julio a los 65 años, víctima de un cáncer de colon."
Por cierto que el día previo a su fallecimiento Tammy Faye ofreció una teleentrevista a Larry King.
Jay Bakker, hijo de Tammy Faye, hereda la misión y prosigue la tradición familiar de situar la religión tan en el extremo de la cultura popular que a menudo se ven saltar chispas. Jay Bakker es fundador de la Iglesia de la Revolución, en la que los gays son acogidos con los brazos abiertos.
Etiquetas: gay, religión, USA
Recuerdo cierta escena en el aula de informática de mi antigua facultad. Han pasado unos cinco años desde entonces, tiempo suficiente para desintoxicarme del aire viciado que se acumula en la atmósfera de las facultades de comunicación. Un profesor rollizo y barbudo, bastante excéntrico, a decir verdad, nos había endosado un trabajo de grupo que consistía en realizar un seguimiento de las elecciones norteamericanas del 2000 (ahora que caigo, han sido siete años, no cinco; ¡tempus fugit, muchacho!). El caso es que yo estaba sentado a una de las anchas mesas, equipadas con monitores y torres de ordenador y toda la parafernalia electrónica, que se repartían en aquella sala de techo alto y sin ventanas. Yo no me había mantenido al corriente de las elecciones USA 2000, de modo que me vi obligado a preguntarle a un tipo situado a mi lado si conocía la fecha en la que aquéllas se habían celebrado. Él me respondió amablemente que no lo recordaba, pero me animó a que consultara la sección de archivo de la web de El País. ¿La web de El País? Bendito sea el cielo, me metí en Google para buscarla, y el chico, dándose cuénta de cómo estaban las cosas, me indicó la dirección correcta.
Me figuro que cualquier conservador captará el mensaje velado sin necesidad de que lo especifique letra pero letra, pero de todas formas ahí va: el futuro periodista había dado por sentado demasiado. Y, por supuesto, el futuro periodista se había descrito.
Menciono todo esto porque aquer por la tarde fui a dar con un interesante encuentro digital organizado por ese manual del buen progre online que es elpais.com, ya me entendéis, una de esas reuniones virtuales en las que una celebridad o un especialista en alguna disciplina responde las preguntas que le envían los visitantes del sitio web. El invitado en cuestión era Víctor Cortizo, responsable de Juventud de la Conferencia Episcopal. Demasiado diplomático para mi gusto --para cada una de sus respuestas yo habría hecho detonar un Tomahawk en las narices de los anticatólicos recalcitrantes ubicados al otro lado--, pero con una sagacidad veloz como el rayo. Para ser franco, sus respuestas, siempre corteses y ajustadas al estilo católico español, me interesaron mucho menos que las preguntas que le formulaban los internautas. Y no porque resultaran agudas, pues no lo eran en absoluto, sino por la profunda necedad que parecía flotar sobre ellas como el cadáver de una rata en un estanque de agua turbia.
Diablos, ¿en eso consiste todo? ¿Son ellos los enemigos del pensamiento ordenado, noble, digno? ¿Toda esa ignorancia anquilosada en forma de frustración es la oposición al virtuosismo intelectual conservador? ¡Sí, lo he llamado Virtuosismo Intelectual Conservador! ¡Hemos avanzado!
Casi todas las preguntas que realizaron a Cortizo llevaban impreso no sólo el rencor–marca–de–la–casa de los lerdos anticatólicos, sino también un matiz presuntuoso que me hizo reflexionar: ¡si estos simios piensan, piensan realmente, que hay algo de intelectual, de astuto y erudito en sus inquisiciones! Me los imaginaba examinándose el cuero cabelludo en busca de piojos que llevarse a la boca, ¡y se las daban de listos! ¡Ellos! ¡Los progres! ¡Los cachorros de Sardá y sus Millones de Izquierdas, de Ramoncín y... bueno, y su Pollo Frito, de Enric Sopena el Untuoso y de María Antonia Iglesias Aerostática! Me dieron ganas de llorar y me flaquearon las fuerzas.
Fue verdaderamente refrescante leer una pregunta razonable. Me refiero a la que sigue:
angel – como superar el binomio católico-derecha tan arraigado en este pais, cuando es cierto que gran parte de los jóvenes católicos comprometidos tenemos ideas en materia de justicia social que son netamante de izquierdas, pero la izquierda española tiene arraigados grandes prejuicios anticatólicos y para aceptarnos a a cambio nos exige la renuncia a gran parte del mensaje de la Iglesia, por lo que en la práctica nos vemos en terreno de nadie, supongo que es el precio a pagar por la coherencia.
Habría sido interesante que el tal Ángel entrara en detalles sobre su disyuntiva entre fe y política, pero me bastó con que alguien planteara una cuestión intelectualmente sólida. Mientras ese pobre tipo se esforzaba en hallar una respuesta a su conflicto interior, los demás se limitaban a reproducir como chimpancés adiestrados los diez mandamientos del buen ateo, aunque de hecho estos se reducen a sólo dos o tres. (Puede que de lo contrario el asunto se volviera demasiado satánico.) Me refiero a lo siguiente:
- La Iglesia debe adaptarse a los tiempos modernos. Para lo cual habría de renunciar a sus propios principios, es decir, a su sumisión a la Voluntad de Dios. Ello significa que los mismos que acusan a la Iglesia Católica de pesetera, le sugieren amistosamente, pero siempre desde una prudencial distancia agnóstica, que se convierta en una multinacional. ¡Chicos, ha llegado el momento de adaptar la Biblia a los tiempos modernos, de envolverla en el celofán de la corrección política! ¡Y por lo que más queráis, evangelistas renovadores, olvidaos por completo de Ese tipo... el llamado Jesucristo! Y es que si no borran definitivamente Su nombre, es posible que un par de locos se muestren dispuestos a empezar todo ¡desde el principio!
- El verdadero demonio no es el sexo, sino el dinero. Puede que éste sea uno de mis axiomas progres favoritos. ¿No denota una obsesión erótica verdaderamente sórdida?
- Los jóvenes abandonan la fe católica. Como las ratas abandonan el barco, pero esto último es cosa mía. Si se trata de los mismos jóvenes que se fanatizan con Gran Hermano, encumbran como ídolos a los muchachos de Operación Triunfo y han convertido a Sardá en su líder intelectual, creo que las piezas encajan sin oponer la menor resistencia. Quizás haya llegado el momento de abandonar esa miserable e ingenua fantasía de que los jóvenes somos pura virtud sometida por los rigores de la sociedad occidental, y empezar a juzgarnos todos con un poco de perspectiva.
- Yo soy ateo, pero creo que si Jesucristo volviera renegaría de la Iglesia. Bueno, si Jesucristo volviera tú tendrías un serio problema, colega.
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